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La información principal en el noticiero vespertino de CGTN, único canal de televisión en inglés (hay más de cien en chino mandarín), no tiene que ver con política. Tampoco con la economía ni con el posible comienzo de una tercera guerra mundial al norte del país, donde, vaya ironía, es el sur para los coreanos. Lo que paraliza a gran parte de los 1.403.500.365 chinos es la muerte de Basi, considerada algo así como la Confucio o Mao Tse Tung de los osos pandas, pues fue maestra en el difícil arte de enseñar a vivir tras haber aprendido a sobrevivir.

Su vida fue una metáfora de la historia de este país inaudito, con tanto para ofrecer a la sorpresa del extranjero, obnubilado en tierras lejanas. Si los chinos se caracterizan por ser longevos, Basi les ganó a todos. El promedio de vida de los osos panda es de entre 12 y 15 años. Basi vivió 37. Quiso competir con la eternidad y por poco consigue su objetivo. Como si estuviera hablando del presidente universal de esa cordial especie, el informativista brinda detalles sobre la vida y las causas de la muerte (cirrosis y falla renal) de la blanquinegra Matusalén.

Cuando tenía 4 años de edad la encontraron desnutrida y lastimada por haberse caído de un árbol a un río congelado (por poco muere de hipotermia), fue rescatada y enviada a vivir en una reserva natural donde las buenas condiciones de vida y de alimentación le permitieron alcanzar una admirable longevidad, que le ha valido estar incluida en el libro Guinness de récords. La osa nunca tuvo cría, pero pronto tendrá una estatua y seguirá siendo venerada, pues en China el amor colectivo auspicia la posteridad. Al lugar donde murió el animal le gente fue a dejar mensajes de condolencia, miles. El alma de los osos panda, tal parece, sabe leer post-mortem. Después del largo reporte sobre el fallecimiento de la panda gigante, vienen las otras noticias, las que hoy no importan tanto, como una posible guerra nuclear entre Estados Unidos y Corea del Norte, una recesión económica mundial, o los irreversibles cambios climáticos que enfrenta el planeta asociados en estas fechas a los huracanes y terremotos recientes.

China es un lugar incomparable, con sus propias reglas de juego. Además, por ninguna parte se encuentran las instrucciones de uso. El visitante siente que está en un territorio ignoto donde realidad y ficción se cruzan y superponen y en determinado momento hacen difícil, más bien imposible, distinguir una de la otra.
China es un lugar incomparable, con sus propias reglas de juego. Además, por ninguna parte se encuentran las instrucciones de uso
Llegar aquí, desde donde ahora escribo tratando de entender la realidad excesiva que me rodea, ha sido una odisea. El vuelo non-stop en Air China entre Houston y Pekín duró 16 horas; luego tres horas de espera en el aeropuerto; y finalmente, cuatro horas más de vuelo entre Pekín y Chengdu, la cuarta ciudad en tamaño, con más de 30 millones de habitantes, y considerada la capital de la cultura china, pues en ella vivieron Li Bai (Li Po) y Du Fu, los dos grandes poetas del país milenario, y el adjetivo no es broma ni exageración. Es también la capital de los poéticos osos pandas, pues aquí está la mayor reserva natural del mundo de estos hermosos animales, que cuando miran parecen estar diciendo: "tengo algo bueno para decirte amigo". Verlos a corta distancia, y sin rejas de por medio, comiendo cañas de bambú, una tras otra, y luego echarse a la sombra de un árbol para dormir siestas a cualquier hora del día, no sin antes haberse rascado por un rato largo la panza, es la poesía en estado de cumplimiento.

Si bien los osos pandas, según vengo a saber, cambiaron de categoría y pasaron de "especie en peligro de extinción" a "especie vulnerable", aun exigen cuidado especial para poder sobrevivir en un planeta donde se ha visto reducido drásticamente su hábitat natural. De todas maneras, hay quienes creen convencidos que este será el último siglo en que veremos osos pandas vivos, y no estatuas de estos, taxidermia de yeso, como la que planean construir de Basi. Es uno de los panoramas aterradores que uno puede presumir viendo el crecimiento desmesurado de urbes y población en un país donde lo más seguro es que nadie sabe qué podrá pasar en el futuro. Una cosa es el crecimiento económico –que será sostenido hasta el año 2040, tal cual vaticinan expertos en el tema– y otra es la vida como tal, según la hemos entendido desde mediados del siglo XIX hasta el presente, con sus conflictos (hasta ahora todos posibles de resolver), desafíos, y asimismo logros extraordinarios en todas las áreas, desde la medicina hasta la tecnología, pasando por las artes. Ese mundo, al que hemos llamado moderno, parece estar llegando a su fin, uno irremediable. En Chengdu, ciudad impresionante por donde se la mire, hay momentos en que la presunción se convierte en certeza. Ya nada será igual, ya todo está dejando de ser lo mismo.

Al llegar, el viajero debe lidiar con un desorden visual preponderante. Hay tanto para ver (y para peor uno solo tiene dos ojos), que resulta casi imposible saber por dónde empezar. Sí, ¿por dónde? Nada ni nadie lo indica. ¿Por los árboles tupidos cuyos nombres desconozco y cuyas copas llegan hasta el quinto piso del hotel, por los pájaros rarísimos que aunque no pueda verlos cantan igual, por los miles –no exagero– de rascacielos a punto de tocar el cielo y hasta incluso más arriba, por las calles excesivamente anchas, que parecen hormigueros, pero con hormigas que usan tapabocas por la contaminación y manejan motonetas eléctricas y modelos de autos súper lujosos que nunca antes había visto? ¿Qué ver primero, qué orden darle a lo que voy a ver después aunque no quiera, pues en China, las imágenes se imponen y se aparecen de sopetón sin ser llamadas? La derecha y la izquierda unidas nunca serán vencidas. El comunismo y el capitalismo unidos vencen a quien sea, incluso al sentido común mejor preparado. Nada aquí lo parece; todo es extra-ordinario, en el sentido más literario del término; nada es común, y menos la comida.
Los placeres de la lengua no solo tienen que ver con la pronunciación de las palabras en Chengdu. Los olores y aromas a comidas inexplicables perfuman las calles
Chengdu es la perla de la provincia de Sichuan, cuna del arte culinario chino, donde el picante reina y uno gustosamente quiere sentirse súbdito. Los placeres de la lengua no solo tienen que ver con la pronunciación de las palabras. Los olores y aromas a comidas inexplicables perfuman las calles, son la invisible banda sonora, perdón, gustativa, que guían a quien, afortunadamente, no sabe adónde va.

Hasta el propio destino va a la deriva. Con el cambio de horario siento como que no sé bien dónde estoy. Recién acabo de llegar, hace apenas dos horas, y me siento tan abrumado como un niño la primera vez que lo llevan al Parque Rodó (el de antes, no el de hoy en día).

Le pregunto a la asistente china, de apenas 20 años de edad, que los organizadores del festival internacional de poesía a donde vine invitado me han asignado, si me puede acompañar a dar una vuelta por las inmediaciones del hotel. Habla inglés y español.

Salimos a la calle, ya estamos en las entrañas del hormiguero, uno de los miles que por todas partes tiene la mega urbe, y Lyris Lee, así se llama, me habla en inglés. Durante los seis días que me acompañará durante mi estadía usará solo ese idioma, aunque, vaya uno a saber por qué, en las mañanas, en vez de decir "good morning", dice "hola". China es así. Un lugar inexplicable y mágico, donde la realidad habla el idioma que ella quiere.
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