Diario de China, siglo XXI (parte II)
Para los nuevos chinos, la sabiduría está en los libros, no en las redes sociales
En el cuento largo El coronel no tiene quien le escriba, no cesa de llover. Llueve todos los días. En Chengdu también. "La lluvia es distinta desde esta ventana", le dice en determinado momento el coronel a don Sabas, quien responde: "La lluvia es la lluvia desde cualquier parte". Después de estar una semana en esta ciudad china, impresionante en tamaño y actividad, llego a la conclusión de que el coronel no tenía quien le escribiera, pero tenía razón. Aquí la lluvia no es solo diferente según el lugar de donde se la mire, sino que también cambia de acuerdo a la hora del día. Son casi la una de la madrugada y en el extraño panorama humano y edilicio de una ciudad que a esta hora parece desierta a pesar de tener más de 30 millones de habitantes, la tenue lluvia ha ido cambiando de aspecto según las horas fueron corriendo.
La de este momento ya no es la misma que la de hace un rato. Lo mismo que la vida misma, nunca es igual a la de antes. Odia repetirse. No sé con cuál quedarme. La que suele caer al atardecer tiene un apariencia rarísima, tal vez por eso haya sido la fuerza de fondo que le otorgó la identidad anímica a la poesía de Li Bai (701-762) y Du Fu (710-770), majestuosos representantes líricos de la dinastía Tang, quienes en este lugar del mundo melancólico y de nubosidad variable hicieron todo lo correcto para aspirar al "premio vano/de la inmortalidad" de la más mutua manera.
En Chengdu amanece nublado unos 300 días al año, de los cuales pocos son fríos y casi 150 lluviosos. Sin embargo, nada de fácil tiene intentar acostumbrarse a la casi constante ausencia de sol, la cual a lo largo de los tiempos ha colaborado en grande para imprimirle la característica distintiva a la mejor poesía china que se ha escrito en esta provincia, la de Sichuan, con siglos continuos de melancolía al servicio de la originalidad literaria, la cual hoy en día, verdad y belleza obligan, ya no es tan original. A China le sigue costando mucho acomodar su pasado a los cambios tan rápidos del presente. Esto no solo se constata en la literatura que se escribe hoy en día, en la cual son contados los casos de originalidad, sino en la poderosa maquinaria industrial y tecnológica capaz de producir lo que sea –desde un juguete hasta un avión– a un ritmo vertiginoso, pero sin hacer aportes de innovación. Los chinos han encontrado la menos costosa forma para abaratar los costos (y que la redundancia se entienda), aunque no para crear novedades a partir de lo ya inexistente.
Lo mismo que los maestros de caligrafía que a la perfección podían hacer mímica de cualquier pictograma, los chinos aprendieron a copiar lo que fuera con tanta calidad y esmero que en algunas áreas del diseño ni se nota. La versión china de un par de zapatos Ferragamo es tan igual y buena como la propia italiana, y lo mismo pasa con casi todos los productos de renombre mundial que aquí pueden encontrar su perfecta clonación.
La versión trucha de las remeras Lacoste puede adquirirse en esta megaurbe a precios ridículamente módicos, pues con tal de proteger la mano de obra local las autoridades miran para otro lado a la hora de perseguir a la piratería. Al mismo tiempo, a poca distancia de la tiendas especialistas en piratería están las sucursales oficiales de Gucci, Versace, Lacoste, Chanel, Armani, lo que sea y se pueda comprar a sumas desorbitantes, las cuales, en el país con mayor cantidad de millonarios del mundo, resultan ínfimas para miles de chinos, quienes, cuando el tedio los visita, salen a gastar lo que tienen y les sobra. Dejaron de ser pobres y no quieren ser austeros.
"Después de diez mil, / de cien mil otoños" (tal como dice la conclusión del poema Soñando con Li Po, de Du Fu), de tantos años de miseria impía e inconsolable, con hambrunas monstruosas auspiciadas algunas de ellas por el gobierno de turno, los chinos han arribado a estos tiempos de hipercapitalismo, uno cuyo prefijo refiere al desengaño con el capitalismo previo, y que al mismo tiempo ya no sabe bien qué fue el comunismo ni se esfuerza en saberlo, para qué.
Mao es una figura que de disimulada manera se ha ido borrando de la memoria colectiva; para la tan posmoderna china, solo el presente existe y es válido. Para millones de jóvenes actuales que son la nación de pasado mañana, Mao es solo un poeta que hubiera sido mejor de no haberse dedicado a la política. Es la China que hoy prevalece y que me cuesta tanto entender por haber tantas conviviendo en simultáneo (la moneda tiene varias caras), la China de quienes practican el despilfarro y el exhibicionismo materialista, aunque haya aún campesinos que ganan US$ 10 por mes. Aunque estoy en la capital cultural de China, tal cual mis anfitriones me han repetido infinidad de veces soltando loas sobre Chengdu, encuentro más locales, falsos y oficiales, de marcas prestigiosas que librerías. ¿Dónde están, las hay? ¿O a los chinos de hoy les interesa más el tiempo de los Rolex y Longines, que el tiempo lento y preciosista de las novelas rusas como las de Tolstoi, en las cuales debían pasar decenas de años y cientos de páginas antes de que la vida alcanzara una estable plenitud?
Casillas, quien cursa la maestría en filosofía y literatura para ser algún día profesor "en un instituto prestigioso de educación secundaria", me dice que hay librerías, pero que no son muchas. No se llama Casillas, pero para su álter ego, que habla inglés y castellano muy bien, eligió ese nombre luego de ver la final del Mundial de 2010. Esta tarde hemos caminado varios kilómetros en una ciudad que por su tamaño llevaría meses recorrer de punta a punta. Mientras esperamos en una esquina a que cambie la luz del semáforo, me dice que ha leído las obras completas de Shakespeare y de Charles Dickens. Le pregunto por qué y Casillas, con la exacta serenidad de un francotirador que pone el ojo donde la bala, responde con escandalosa naturalidad: "Porque quería". De modales impecables, el muchacho de no más de 22 años de edad, representante de la China culta, educada y respetuosa que empecé a amar desde la primera vez que vine aquí, me dice que no necesita de Google, de Yahoo! ni de otras plataformas "informativas" prohibidas en su país, para poder pensar con rigor y criterio.
"La sabiduría está en los libros, no en las redes sociales, que son una gran pérdida de tiempo", comenta mientras tomamos la segunda taza de té verde en un local maravilloso, que parece salido de lo más profundo de la honda poesía oriental y donde venden más de 100 variedades de ese producto tan identificado con este país, cuna civilizatoria del mundo. "Medio kilo del mejor té negro cuesta unos US$ 1.000", me dice la gran connoisseur y propietaria del comercio, quien me propone hacer una especie de tour gratis de sabores y variedades, de acuerdo a la región de donde provengan las infusiones. Para cuando terminamos pasaron más de tres horas. Si bien todavía desconozco cómo es China, al menos sé qué sabor tiene. Entiendo la lengua china mediante los placeres de la lengua. Casillas insiste en seguir hablando de libros. Su mesura a la hora de emitir opiniones es admirable. Cuando me dice que "de las cosas que no sé mucho prefiero no opinar", siento una especie de recatada felicidad, pues en tiempos cuando cualquier inculto se siente con derecho a opinar, casi siempre en tono agresivo, emitiendo comentarios sin argumentos y mal escritos cada vez que lee algo que no le gusta o no entiende, es reconfortante saber que aún quedan sitios en este mundo, afortunadamente no tan global como parece, en que el rigor a la hora de pensar y opinar mantiene vigencia. Si por fin en esta tan diversa y superpoblada sociedad consiguen prevalecer voces inteligentes, bien leídas, y lúcidas como la de Casillas, no me caben dudas de que China se va a comer al mundo, y no solo a la soja y al arroz de este.