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La ciencia ficción resulta especialmente fascinante y desafiante para la imaginación. En muchos de sus aspectos podríamos considerarla una imagen del futuro capaz de generar la tensión suficiente para el avance de la humanidad. ¿Quién creería posible los viajes a la luna en la época de Julio Verne?

Este encanto lo comparto con mi hijo, quién es fanático de las películas. Hace pocos días me comentó que en mayo de este año se estrena “Días del Pasado Futuro” en una nueva entrega de la franquicia de los X-Men. En pocas palabras, el guión trata que ante un presente de destrucción uno de los protagonistas deba viajar al pasado para cambiar una decisión y dar lugar a un futuro distinto…

Corría el mes de abril de 1962, según cuenta la historia el Consejo Nacional de Gobierno se aprontaba a firmar un importante decreto; la prohibición del uso de hormonas destinadas a promover el engorde de animales cuyas carnes u otros productos se destinaran al consumo humano.

Se dice que a último momento no se firmó el decreto y prevaleció la idea que resultaría desventajoso para el sector agropecuario privarse del adicional de kilos que brinda el uso de hormonas. Quienes fueron testigos narran que en la redacción del decreto se valoraban los riesgos del uso de estas sustancias y su eventual efecto en la salud pública, pero por sobre todas las cosas, se aludía a la posición de Uruguay como país exportador de carnes a la luz de las demandas de los principales mercados.

Hoy, a más de 50 años del suceso, hay quienes se preguntan cuál hubiese sido el presente alternativo en caso de haberse prohibido el uso de hormonas.

Quizá nuestros campos lucirían distintos, sin largas extensiones de corrales de engorde. Seguramente el manejo de efluentes fuese más sencillo, representando menores riesgos para los planes de manejo de la contaminación. Incluso los animales llegarían a las plantas de faena con menores cargas microbianas.

Probablemente no existiría una alta concentración de empresas agropecuarias en la etapa de engorde, ya que producir a pasto parece requerir menores niveles de inversión y exposición del capital.

Si bien puede argumentarse que una menor cantidad de kilos por animal afectaría la rentabilidad de las empresas, también puede decirse que la variabilidad de los precios de los granos tiene efectos negativos sobre los márgenes. Incluso esto último sea la razón del porqué de la concentración en la etapa de engorde.

¿Cómo sería la promoción de nuestras carnes en un país sin hormonas? Quizá podríamos utilizar el concepto de natural, accediendo a nichos de mercado que ejercen una influencia positiva sobre el resto de los mercados. Seguramente la relación con la Unión Europea fuese más sencilla y los requisitos para acceder al cupo Hilton y la cuota 481 menos severos. No sería necesario identificar en forma diferencial los animales y los predios en los que no se utilizan hormonas.

Quizá tendríamos una mayor cantidad de carne magra proveniente de los cortes menos valiosos del animal, pudiendo colocarla en las grandes compañías de alimentos que necesitan este tipo de producto para la elaboración de sus platos. Incluso, quién sabe, podría significar una mayor presencia en el mercado internacional y una mayor valorización de la totalidad del animal.

Claro está que imaginarse un país sin hormonas no es tan simple ni lineal y la mayoría sean premisas con sus bemoles. Sin embargo, parecería razonable suponer que la discusión no sea sólo de cuánto más o menos kilos se producen por animal. Hace 50 años, en oportunidad del decreto que se desestimó, seguramente se realizaron éstas y otras consideraciones, tratando de inferir el futuro que se elegía construir y la posición competitiva que ocuparía Uruguay.

Si tuviéramos en nuestras manos la opción que nos brinda la ciencia ficción, si pudiéramos influir en la decisión de firmar aquel decreto, ¿qué haríamos?... en realidad, quizá ya lo hicimos y estemos viviendo los nuevos “días del futuro pasado”.

En reconocimiento a quienes tuvieron la visión y coraje de realizar una renuncia, base de toda estrategia.
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