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Más de la cuarta parte (27%) de los niños que nacen con bajo peso —léase menos de 2.500 gramos—, repiten en la escuela al menos una vez. Entre aquellos con un peso normal, el promedio de repetición desciende al 18%. Esta misma diferencia se constata entre quienes nacen prematuros —antes de la semana 37 de gestación— y aquellos que no. E incluso es más pronunciada aún entre quienes son hijos de una madre que se controló correctamente durante su embarazo y los hijos de madres con controles insuficientes (la brecha entre ambos supera los 15 puntos porcentuales). ¿El éxito o el fracaso escolar pueden predecirse desde el útero?

El estudio "Modelos de riesgo escolar y estrategias de identificación temprana en la enseñanza primaria", liderado por el sociólogo Santiago Cardozo y financiado por el Fondo María Viñas, viene demostrando que son muchas las variables que inciden en la trayectoria de los estudiantes. Por ejemplo: en tercero de escuela, aquellos hijos de madres que alcanzaron la universidad tienen un desempeño en lectura equivalente a casi dos años de escolarización más avanzados que aquellos cuyas madres apenas llegaron a Primaria. Con el correr de los años, la distancia entre unos y otros se va ensanchando y ya en quinto de escuela equivale a tres años de escolarización.

Cardozo siguió a unos 15.500 niños que, en 2016, representaban a la mitad de quienes cursaban nivel 5 de la educación pública en Uruguay. Con el correr de los años, y analizando distintas variables de las condiciones de vida, del ambiente familiar y hasta de antecedentes de los padres, pudo comprobar que “cuando los niños tienen tres o cuatro años es posible predecir un futuro fracaso educativo”.

Ese mismo estudio —para el cual el investigador accedió a los datos sin nombre  de los certificados del nacido vivo— muestra “diferencias estadísticamente significativas” entre los que nacen en determinadas condiciones versus otras. Entre los que su madre se controló correctamente el embarazo, por ejemplo, los resultados en las pruebas de lectura demuestran que están casi un año de escolarización entero por encima de sus pares hijos de madre que no se controlaron lo suficiente.

Pero, como dice el propio Cardozo, una correlación no es sinónimo de una causalidad. Es decir: A varía cuando cambia B, pero no significa que B es la causa de A.
El catedrático de Neuropediatría, Gabriel González, lo sabe: “El neurodesarrollo, que es el que tiene incidencia en los aprendizajes, tiene incidencia biológica, genética y ambiental”. En criollo significa que un prematuro extremo (sobre todo quien nace antes de la semana 28) tendrá un cerebro menos maduro que aquel que nace a término. Pero también importará cuánto al niño le lean en su casa, cuánto jueguen con él, cuánto lo estimulen.

En esa misma línea, el neonatólogo Daniel Borbonet explica que “se sabe que la falta de hierro causa alteraciones en el desarrollo embrionario, pero no es lo mismo una madre que deja de consumir carne por razones filosóficas y es capaz de tomar complementos durante la gestación, que aquella que no accede al alimento por dinero y no tiene manera de complementar”. Entonces, dice, “al final muchos indicadores de riesgo perinatal son el reflejo de contextos problemáticos mayores”.

El caso extremo, dice, es aquella madre que no se hizo los controles suficientes del embarazo (que antes eran un mínimo de seis y ahora de nueve). “El mal control de embarazo siempre va asociado a una falta de la educación adecuada para reconocer el riesgo que significa no estudiarse. Esas madres con falta formación es probable que, a la vez, tengan una mala nutrición, mala higiene y, a fin de cuentas, es un combo de variables que acaban incidiendo en el neurodesarrollo del recién nacido”.

En ese sentido, los doctores González y Borbonet insisten en que “no es lo mismo un prematuro de 36 semanas de gestación que uno de 28 que deberá desarrollarse mucho más fuera del útero en condiciones que no son las idóneas. Pero tampoco es lo mismo dos prematuros de 36 semanas, uno que nació antes de término porque contrajo una infección por parte de su madre y otro que el obstetra decidió sacarlo antes de tiempo porque la madre tenía presión arterial elevada”.

Esta combinación entre lo biológico y lo social, dice Borbonet, no siempre se entendió así. De hecho, “los CTI de recién nacidos cambiaron un montón en los últimos años: ahora se sabe que al prematuro que está en una incubadora hay que ponerle música, que la madre tiene que estar presente y no solo como una visitante, que es importante el contacto piel con piel, que hace la diferencia el tener al bebé en brazos ni bien se pueda, darle amor…”.

Pero, ¿cuánto de las diferencias de resultados escolares “estadísticamente significativas” son fruto de la biología y cuánto del ambiente (lo social)? El doctor en Ciencias Biológicas Juan Valle Lisboa, líder de las investigaciones en Lenguaje en el Centro de Investigación Básica en Psicología, admite que para dar respuesta a esta pregunta se necesitaría hace un experimento para la cual, la ciencia, aún no tiene todos los elementos.

En la literatura científica internacional, dice Valle Lisboa, se manejan tres escenarios que influyen: por un lado, la falta de algún factor nutricional o la presencia de aspectos ambientales impactan sobre el desarrollo del sistema nervioso, tornándolo un cerebro incapaz de aprender Por otro, el cerebro está estructuralmente bien, pero su historia de estimulación o de experiencia es insuficiente para sustentar aprendizajes ulteriores (como el caso del niño que no le leen). Y por último, el niño que se desarrolla en un ambiente con necesidades básicas insatisfechas está adaptado para ese entorno.

Ariel Cuadro, director del Departamento de Neurociencia y Aprendizaje de la Universidad Católica del Uruguay, dice que los estudios internacionales muestran cómo “la motivación de los niños por aprender a leer aumenta cuando sus adultos referentes muestran sensibilidad hacia las actividades alfabetizadoras. Esto hace que el desempeño en habilidades prelectoras por parte de los niños que crecen en contextos familiares alfabetizadores sea mejor que el de niños que no cuentan con un contexto familiar alfabetizador”.

Temas:

psicología congnitiva bajo peso control del embarazo

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