Opinión > ANÁLISIS - FINANCIAL TIMES

Divisiones urbano-rurales, el gran separador global

Un fenómeno político está enfrentando a las élites metropolitanas contra los populistas de las pequeñas ciudades

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04 de agosto de 2018 a las 05:00

La dificultad en entender el fenómeno Trump ha creado una pequeña biblioteca de libros acerca de "Middle America", los conservadores estadounidenses de la clase media. Pero pudiera ser igualmente útil estudiar a Tailandia o a Turquía, ya que el ascenso del presidente estadounidense es parte de un fenómeno político –visible a nivel mundial– que está enfrentando a las "élites metropolitanas" contra los populistas basados en las pequeñas ciudades y en el campo.

En las elecciones de 2016, Donald Trump perdió en todas las grandes ciudades estadounidenses más grandes –a menudo por enormes márgenes–, pero fue conducido al triunfo de la Casa Blanca por el resto del país. Este espectacular fracaso en las grandes ciudades de EEUU replicó el patrón del referéndum del brexit en el Reino Unido a principios de ese año, cuando la campaña en pro de la salida ganó a pesar de perder en casi todas las áreas metropolitanas. La división urbano-rural también fue una división educativa. En el Reino Unido, los votantes que abandonaron la escuela sin cualificaciones educativas votaron en 73% a favor de salir de la Unión Europea (UE), mientras que aquellos con títulos de posgrado votaron en 75% a favor de permanecer.

En EEUU se observó un patrón similar, el cual llevó a Trump durante la campaña electoral a declarar exultantemente: "Amamos a los que tienen un bajo nivel de educación".

La división entre una élite metropolitana y unas populistas áreas fuera de centros urbanos es clara en la política occidental. Menos notado es el hecho de que la misma división define, cada vez más, la política fuera del Occidente, abarcando lugares con culturas y niveles de desarrollo extremadamente diferentes como Turquía, Tailandia, Brasil, Egipto e Israel. En Turquía, los residentes de exclusivas áreas urbanas como Besiktas, en Estambul, están tan consternados con su presidente, Recep Tayyip Erdogan, como lo están los residentes de Brooklyn con Trump. Pero la élite secular tradicional de Turquía ha sido sistemáticamente anulada por los votantes religiosos de las ciudades pequeñas, movilizados por Erdogan.

En Israel, mientras que el país en su conjunto se ha movilizado hacia la derecha nacionalista, Tel Aviv, su ciudad más globalizada, se ha mantenido como un bastión del liberalismo secular con un alcalde de izquierda.

La misma división corre por el sureste de Asia. En Filipinas, Rodrigo Duterte, un populista al 'estilo Trump', ganó el poder después de competir contra la élite liberal de la "Manila imperial". En Tailandia, una amarga, y a veces violenta, división entre Bangkok, la capital, y el norte rural ha definido la política durante la última década. Incluso los términos utilizados para describir las divisiones son similares. En Turquía, hablan de turcos "blancos" y "negros"; en Tailandia son los rojos rurales contra los amarillos urbanos; en EEUU, son los estados rojos y los estados azules.

Al trasladarse a Europa, la división es aún más obvia. Mientras Italia se inclinaba hacia los partidos populistas en las recientes elecciones, Milán, la ciudad más rica del país, se resistió a la tendencia y se mantuvo fiel a los centristas derrotados. En Francia, la rica París central ha apoyado con entusiasmo las reformas del presidente Emmanuel Macron, mientras que los populistas prosperan en las regiones del país que se han quedado atrás. Mientras Hungría y Polonia se deslizaban hacia el autoritarismo, hubo enormes manifestaciones antigubernamentales en Budapest y Varsovia, las ciudades capitales, mientras que los partidos gobernantes, liderados por Viktor Orban y Jaroslaw Kaczynski respectivamente, cuentan con el apoyo de las pequeñas ciudades.

Entonces, ¿qué es lo que separa a los urbanitas del resto? Los habitantes citadinos anti-Trump, anti-brexit, anti-Erdogan y anti-Orban tienden a ser más ricos y mejor educados que sus oponentes políticos.
En contraste, el 'grito de guerra' que une a los seguidores de Trump, del brexit, de rdogan y de Orban es una versión de la promesa de hacer que sus países "recobren su grandeza".

Los urbanitas también tienen más probabilidades de haber viajado o estudiado en el extranjero o de ser inmigrantes recientes. Más de un tercio de las poblaciones de Nueva York y de Londres, por ejemplo, nacieron en el exterior. Es tentador describir a las ciudades como bastiones del liberalismo y a las zonas rurales de los países como reaccionarios. Si bien eso pudiera ser cierto en lo que se refiere a los valores sociales, también existe una incipiente tendencia a que los vencidos urbanitas se decepcionen de la democracia.

En Egipto, muchas de las clases medias urbanas, las cuales habían hecho campaña a favor de la democracia en 2011, terminaron apoyando un golpe militar dos años después porque temían que el gobierno de la Hermandad Musulmana elegido convirtiera al país en una teocracia.

En Tailandia en 2014, un golpe militar que puso fin al gobierno de los 'camisas rojas' parecía contar con un considerable apoyo de las clases medias de Bangkok. En Brasil, en este momento, las clases profesionales de San Pablo y de Río de Janeiro tienden a estar a favor del encarcelamiento, por cargos de corrupción, del izquierdista expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, a pesar de que bien pudiera ganar la presidencia nuevamente si se le permitiera postularse para la candidatura presidencial más tarde este año.

Las élites metropolitanas del Occidente aún no se han puesto en contra de la democracia. Pero algunas pueden albergar dudas. En el Reino Unido, muchos defensores ardientes de permanecer dentro de la UE están ansiosos por revocar el voto para salirse de ella.

En EEUU, como señalan los politólogos Yascha Mounk y Roberto Foa, "la tendencia hacia la apertura a alternativas no democráticas es particularmente fuerte entre los ciudadanos que son jóvenes y ricos. En 1995, sólo el 6% de los jóvenes estadounidenses ricos creían que sería 'bueno' que el ejército asumiera el control; hoy en día, este punto de vista es apoyado por el 35% de los jóvenes estadounidenses ricos".

Si algunos votantes de las grandes ciudades tienen sentimientos ambivalentes con respecto a la democracia, los votantes de las ciudades pequeñas se ven cada vez más atraídos por el nacionalismo expresado por los presidentes como Trump y Erdogan.

El nacionalismo resurgente puede elevar la tensión internacional, pero la creciente división urbano-rural sugiere que las presiones políticas más explosivas actualmente pueden estar dentro de los países mismos, en lugar de entre ellos. l
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