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Se asocia siempre el nombre de Nabokov a su novela más famosa y escandalosa, Lolita, llevada al cine en varias oportunidades con mayor o menor acierto. En ella se cuenta, a grandes rasgos, la historia de un amor prohibido entre un hombre maduro y una adolescente. Tras la publicación del libro, la polémica, muchas veces sinónimo de éxito, transformó al escritor ruso nacionalizado estadounidense en una figura de referencia.

Pero lo cierto es que más allá de esa cumbre literaria, Nabokov fue siempre un escritor de fuste, con textos anteriores y posteriores a Lolita de enorme valía. Novelas como Ada o el ardor, Pálido fuego o La dávida, son un claro ejemplo del talento de este hombre de intelecto superior, que fue también crítico literario, profesor, experto en mariposas (un par llevan su apellido) y en ajedrez, donde destacó como creador de ingeniosos problemas.

Gloria, que ahora se traduce al español, reúne todas las virtudes literarias de Nabokov a pesar de que se trata de una obra de juventud, escrita originalmente en ruso. Pertenece al ciclo de nueve novelas que escribió cuando deambuló por Europa, antes de tener que huir del continente ante el ascenso del nazismo.

Ambientada en 1924, la novela cuenta el viaje iniciático del joven Martin Edelweiss, que tras el divorcio de sus padres y la posterior muerte de su progenitor, parte hacia Europa con su madre, primero a Suiza y después a Inglaterra, donde estudiará en Cambridge.

Los primeros capítulos son sensacionales, un manual de cómo empezar un novela y poner en marcha al lector, que asiste con asombro a un juego de magia, que lo hace ver con claridad cosas que no son ciertas e intuir otras, que parecen veladas.

En 20 páginas Nabokov ofrece más información que otros en 500. Se conoce la estirpe de la familia, cómo son el padre y la madre, la relación del matrimonio, la ruptura conyugal, la agonía del hombre y el arrepentimiento de la mujer ante su muerte. Pero también, y no menos importante, todo lo que le pasa por dentro a Martin, un muchacho sin ningún talento en especial pero dotado de una sensibilidad particular que lo hace siempre caminar hacia adelante, por más que no vea la salida del túnel.

Ya en Inglaterra, Martin conocerá a Sonia (que se llama igual que su madre para deleite de la crítica psicoanalista) de quien se enamora al instante a pesar de que ella, a lo largo de toda la novela, lo denigra constantemente aunque también le permite algún beso de tanto en tanto.

También hará amistad con un par de compañeros y con un profesor experto en Rusia, Archibald Moon, que resulta impagable por la caracterización del personaje y por el jugo que le saca Nabokov, que lo destrata cuando se da cuenta de que es un fanático, que solo lo quiere a Martin para examinarlo como a un espécimen típico de la sociedad rusa de entones.

Es sublime cuando Nabokov narra cómo Martin huye definitivamente de ese maniático, francamente asustado cuando comienzan a repetirse, por las noches, unos débiles golpes en la puerta de su cuarto de interno, que claramente insinúan la búsqueda de algo más por parte del veterano profesor.
Luego, como confiesa el propio Nabokov en el prólogo de esta edición, no pasa nada demasiado destacable, salvo el plan descabellado que idea Martin para regresar a Rusia y así impresionar a Sonia. En cada página de esta novela sencilla, pero sumamente agradable de leer, hay una lección de sabiduría literaria. La prosa es magnífica. Y el libro, solo por eso, ya vale la pena.

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