Los montevideanos están en plena formalización de su romance con la alta coctelería. Después de años de oscilar como un péndulo entre el daiquiri de frutilla y la caipiroska o negarse a salir de la clásica tríada cerveza-vino-whisky, el paladar de los habitantes de la ciudad empieza a aceptar nuevos sabores y ampliar sus gustos.
El café y el té se convierten en los reyes de la noche
Estas infusiones salen de su hábitat más evidente y se incorporan a tragos con y sin alcohol en un momento en que las barras de la ciudad se sofistican cada vez más