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Desde arriba: copas de pinos, dos líneas de cemento armado separadas por una línea de pasto seco, formas rectangulares casi ovaladas de colores allá abajo. Hay que buscar comida, aunque la sequía sea grande y las lombrices hayan dejado la tierra dura. Porque la pichonada pide almuerzo y no se puede decir “no”. Fabricó el nido con el mismo gen que ahora le indica que debe alimentar a su progenie. Escupió y cuchareó barro sobre la columna del semáforo.

Desde arriba: el Rufus furnarius, para nosotros “el Hornero”, divisó el mismo preciado botín que los machos alfa en la dulce mano de la chica. Realizó un planeo súbito sobre la calle, en el momento que la luz verde hacía que las líneas de cemento se cubrieran de más rectángulos.

Desde arriba: hornero de Punta; fernandino con rancho en la costa. Un paisano de balneario. Cantó con la hornera al unísono porque un golpe de suerte le solucionó el día. Es un pálido recuerdo del poeta Fernán Silva Valdés, en un banco de escuela. Lentejuelas de nativismo barato en la avenida hacia la selva glam del ornitólogo más aficionado.

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