Decía Michel Foucault en Vigilar y castigar que el surgimiento de las prisiones conllevó un cambio en el concepto de castigo, que dejó de ser una forma de inscripción corporal –ejecuciones, torturas públicas– para ser un disciplinamiento del “alma” (en teoría), a través del encierro del delincuente. Al hacer esto, sin embargo, la función de rehabilitación que también pretendía el aislamiento carcelario se diluyó en la segregación, que se convirtió en una forma de “venganza” social. El castigo, entonces, dejó de estar en el cuerpo expuesto, sino en el oculto, apartado, en el que se “pudre en la cárcel”.
El crimen y el castigo
Los modelos penitenciarios más exitosos priorizan las penas alternativas