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La espera fue larga. Silvio Rodríguez había estado en Montevideo el 1º de marzo de 1985, como parte de los festejos por el retorno a la democracia en Uruguay, con la asunción del presidente Julio María Sanguinetti.

Esta vez fue un sexteto, con batería, percusión, cuerdas y vientos, entre los que se destacó la solvencia de Niurka González en flauta y clarinete.

La mayoría llegó al Charrúa para escuchar las mismas canciones de esa última vez, en la explanada de la Intendencia, aunque seguramente la gran mayoría no estuvo presente en aquella oportunidad.

Pero las viejas glorias son las mismas y hubo unas cuantas que aparecieron para deleite de todos: En el claro de luna, Pequeña serenata diurna, Días y flores, El mayor y Playa Girón, de su primer disco, Días y flores (1975); Canción del elegido, Ojalá, La era está pariendo un corazón y Óleo de mujer con sombrero, del segundo disco, Al final de este viaje (1978); Te doy una canción, de Mujeres (1978); La gaviota y La maza, de Unicornio (1982); y Ángel para un final y El reparador de sueños, de Tríptico (1984).

Esa quincena de clásicos y varias canciones más del siglo XXI, como las incluidas en su último disco, Segunda cita (2010), como Demasiado y Sea Señora, se mezclaron en un recital de poco más de tres horas que fue muy disfrutado por una concurrencia de treintañeros y cuarentañeros, en su gran mayoría.

La noche era perfecta y el Charrúa lucía muy adecuado (ese estadio dentro del bosque, que asoma por los cuatro costados) pero la acústica en la parte de la cancha que daba a la Colombes (por usar de referencia al Estadio Centenario, con el escenario en la Amsterdam) era un poco más complicada y llegó a haber alguna queja.

Afuera también hubo algún problema, porque habilitaron una sola entrada para los que iban a la Colombes y hubo grandes dificultades para entrar, por lo cual muchos llegaron tarde y ofuscados.

Entre amigos
Adentro, Rodríguez empezó mostrándose vulnerable. Alguien del público gritó: “Gracias, Silvio”, y él retrucó que, al contrario: “Gracias a ustedes, que están aquí soportando el frío”. Las risas empezaron con timidez pero pronto desbordaron en carcajada general. Era una noche espléndida. El cantautor se percató de que se reían de él y acláró: “Para los cubanos, esto aquí es un frío bárbaro”.

El hielo ya se había roto. El cantante se las ingenió para homenajear a Viglietti, a Zitarroza y a Sendic, ganando fácilmente los aplausos, y se elevó el cartel que decía “Viva Cuba y su poeta”. Pero pronto se creó un ambiente intimista, con sutiles punteos de guitarra y empezó a cantar una balada que se escuchaba como quien oye un secreto.

Toda la velada, hasta la última tanda de bises, estuvo pautada por esos cambios de clima, entre La maza coreada a los gritos por 15 mil personas, hasta una atmósfera de música de cámara con una canción más sosegada.

Hubo tiempo también para entregarle al cantante el titulo de Visitante Ilustre de la Ciudad de Montevideo y también para que Rodríguez instaurara una suerte de lucha de clases dentro del Charrúa, cuando interrumpió la canción El mayor para decir: “Los que están más lejos, que han pagado una entrada más barata, los que menos tienen, para ellos está dedicada esta canción”, y la empezó otra vez.

El público, dentro de lo que cabe esperar para 15 mil personas escuchando a una figura tan emblemática, fue muy sobrio: pocas palmas y solo algunos tímidos: “Olé, olé, olé, Silvio, Silvio” (sic).

Los bises ocuparon casi la mitad del espectáculo. La primera vez que se encendieron las luces, Rodríguez aclaró: “Voy a cantar un par más, pero les voy a pedir una cosa: sonrían, por favor”, y sacó una cámara de video y empezó a filmar al público. “Es para poner en mi blog, porque si no, no me creen”, explicó.

Al final había una sensación general de que el espectáculo había valido la pena, con comentarios del estilo de “me había olvidado de lo bueno que era este tipo”, y “no podía creer que lo tuviéramos ahí”.
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