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En 1971, Klaus Kinski era un actor alemán conocido por sus dotes histriónicas y sobre todo por sus películas de clase B. Además de teatro, desde la década de 1950 había trabajado en policiales y westerns de bajo presupuesto, debiendo hablar en diferentes idiomas.

Pero en 1971 decidió dar un vuelco en su carrera y hacer aflorar toda su potencialidad sobre el escenario. Para eso, y luego de una década de rumiar el proyecto, adaptó a un monólogo el Nuevo Testamento, en una obra que tituló Jesucristo salvador. La idea era recitar un largo parlamento donde se describiera a Jesús como un convicto, como un buscado por la ley imperante, como alguien digno de ser sospechoso y por lo tanto investigado, juzgado y condenado.

El texto de Kinski era osado y desafiante. Su retrato de Cristo, polémico: sostiene que su mesías tenía tendencias anarquistas y estaba por fuera de los partidos políticos, incluso de los cristianos. Es un Cristo despreciado, periférico, que se mueve entre vagabundos, roñosos, prostitutas y perseguidos.

Un excéntrico empresario del espectáculo alemán, encantado con el texto de Kinski, le había pagado la cifra sideral de un millón de marcos para que representara cien veces la obra. La estrategia del actor era hacer una gira con este monólogo por Alemania y luego por el mundo, pero la realidad le demostró otra cara. El 20 de noviembre de 1971, en el teatro Deutschlandhalle de Berlín, Kinski realizó la premiere del espectáculo y fue la única. Por suerte para la humanidad, el cineasta Peter Geyer rodó el show.

A pocos de comenzar el monólogo de Cristo, cuando Kinski se refiere a la pobreza del personaje, desde el público comienzan los gritos. Acusan al actor de ser un mentiroso. De que su actuación no vale los diez marcos del precio de la entrada. Grupos cristianos habían acudido al teatro a demostrar su rechazo a la visión de Kinski y querían demostrarlo encima del escenario, en una época donde este tipo de actos de desafío a las convenciones era moneda corriente.

Kinski reacciona con furia, interrumpe el monólogo e invita a los gritones a que se suban al escenario a decir su palabra. Un integrante del público sube y argumenta su visión del Jesús verdadero. Kinski explota, lo echa y lo insulta. Otra persona quiere subir y un seguridad lo golpea y lo saca. Kinski sigue vociferando contra la multitud. La gente entona cánticos contra el actor y lo llama “fascista”. Kinski se va del escenario.

Todo podría haber quedado por ahí: un show suspendido por incidentes. Pero los creyentes sabían que todavía faltaba el milagro. Kinski vuelve a escena y comienza de nuevo con su monólogo, como si fuera una oración. La gente vuelve a gritarle y él vuelve a enfurecerse. Es un hombre atacado: no creen en él ni en su prédica ni en su esencia. Y él les responde con la única arma que posee: actúa.

De nuevo se enoja, grita y ataca, patea el micrófono, les pide que se vayan, que no desea seguir. Pero regresa. Y continúa con su texto. Toma el escenario por asalto. Su mirada de cejas caídas y sus ojos demoníacos dominan la oscuridad que lo rodea, surcada por los conos de las luces sobre su cara. Mick Jagger es un bebé de pecho frente al poder cautivante de Kinski. Lo que hace es teatro rock, teatro punk. Las referencias a Cristo se entremezclan con su propia circunstancia intentando salvar un espectáculo maldito desde el principio.

Varias veces va y viene entre los telones de fondo, escupido e insultado, aplaudido y crucificado. Al final, con las luces a media luz, decide bajar del escenario y juntarse con los últimos espectadores que todavía no se han ido. Y recita los versos del monólogo como el mesías entre los discípulos, en voz baja y con resignación, como un monstruo divino, como un ángel caído en calma. Recién en 2008 se conoció la filmación de Geyer de aquella memorable noche de actuación. Se puede ver entera en internet. Ese cable sigue dando electricidad.

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