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Cada 22 de marzo el diplomático español Miguel Fernández Palacios llama por teléfono al coronel uruguayo Ricardo Fernández para agradecerle o simplemente para recordar el día en el que ambos vivieron momentos de terror en la lejana y caótica Kinshasa. En la capital de la República Democrática del Congo, y en todo el país, el Ejército regular congoleño se enfrentaba con las tropas rebeldes de Jean Pierre Bemba. Y, sin comerla ni beberla, aquel 22 de marzo de 2007 la embajada de España en el Congo sufrió los embates de esa guerra en un episodio en el que las fuerzas de paz uruguayas cumplieron un papel fundamental para lograr evacuar la sede diplomática sin pérdida de vidas.


Allí adentro estaba el embajador Miguel Fernández Palacios quien, en recuerdo de aquella balacera, escribió el libro “49 horas en Kinshasa”, que será presentado mañana jueves en el Palacio Legislativo. Afuera de la sede estaba el coronel Ricardo Fernández, en aquel momento jefe de las fuerzas de paz del Ejército uruguayo y uno de los principales protagonistas del rescate y del libro que lo rememora.


“Es difícil imaginar en esta parte del mundo lo que es estar en medio de esas situaciones. Acá nos asombramos de lo que pasó en Pocitos pero episodios como ese en el Congo se vivían todos los días”, afirma el coronel Fernández a El Observador.


Lo que para el embajador Fernández Palacios fue un hecho que dividió su vida en un antes y en un después –el diplomático celebra el día de su salvataje como si fuera un cumpleaños– para el coronel Fernández fue algo terrible pero no inesperado. “A los soldados nos preparan para vivir situaciones límite. Pero me llevó dos años poder hablar sobre el tema…¿si vi morir gente? Son cosas que no me gustaría recordar”, dice el coronel Fernández.


La acción que le valió a él y a otros militares uruguayos la distinción de varias medallas por parte del gobierno de España empezó a gestarse en el marco del enfrentamiento entre el ejército regular del Congo, presidido por Joseph Kabila, y las fuerzas del ex vicepresidente, Jean Pierre Bemba. El encuentro se produjo en el centro de Kinshasa, en la zona donde se encuentra la embajada de España.


“Imáginese 18 de Julio y que, en cada vereda, hay tropas del Ejército regular y de los rebeldes. En el medio estábamos nosotros pertrechados con vehículos y bolsas de arena. Y caía munición pesada, de mortero”, recuerda el militar. El 22 de marzo las escaramuzas se trasladaron a la zona de embajadas y el edificio de la delegación española se llevó la peor parte.


El embajador Fernández Palacios escribió en su libro: “Sentimos una tremenda sacudida acompañada de un ruido estremecedor. El edificio entero se ha movido. Por un momento me recuerda el terremoto que viví en Argelia en 1996. Un silencio seco se apodera de todos nosotros. En un primer momento no sabemos a qué atenernos. Nos miramos. No nos atrevemos a decir nada. No sabemos qué ha podido suceder”. El coronel Fernández sí sabía lo que estaba ocurriendo. “Cuando las fuerzas de gobierno avanzaron, la milicia empezó a huir y ahí llegan a las embajadas. Hay disparos de tanque, saqueos… Yo ordeno operaciones de evacuación. Cuando pierde las referencias que lo podían ayudar, el embajador me llama y lo fui orientando para que se mantuviera lo más tranquilo posible hasta que lo evacuáramos”, dice el coronel.


Entre tiros de metralla y esquirlas que cruzaban el aire, los soldados uruguayos empezaron a sacar a mucha gente que necesitaba un apoyo inmediato. “Aquello era un infierno. En la primera misión se estableció una base de seguridad para evitar que siguieran disparando contra el edificio. En la segunda misión sacamos al embajador de España y en la tercera a un grupo importante de civiles”, apunta Fernández.


“Cuando los combates comienzan no se siente miedo, se siente una gran responsabilidad porque está en juego la vida de mucha gente. Jamás voy a olvidar las órdenes que di”, agrega. Fernández considera natural que los civiles sufran aún más las consecuencias de “estar envueltos en esa locura de tiros, de esquirlas que pasan rozando y de polvo que tapa todo”. Por eso no es raro que el embajador Fernández Palacios haya escrito un libro que se llama “49 horas en Kinshasa” y que su principal protagonista sea un militar uruguayo que le estiró la mano en la circunstancia más traumática de su vida.
Tampoco es raro que, cada 22 de marzo, se llamen por teléfono como si fuera un cumpleañosl

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