El dilema de la nominación presidencial: ¿votar o pactar?
Lo más conveniente en el corto plazo puede no ser lo más conveniente en el mediano y largo plazo.
Recientes declaraciones de la intendente nacionalista
Adriana Peña ("sigo bregando por lo que vengo diciendo hace tres años: nosotros el año que viene tenemos que ir con un candidato a presidente único"), invitan a detenerse en una pregunta que suelen hacerse los partidos, cada vez que se acercan las elecciones primarias (fijadas para el 30 de junio de 2019). ¿Qué es lo que más le conviene a un partido para maximizar su desempeño electoral en la elección nacional? ¿Definir la candidatura presidencial votando o, antes, de ser posible durante el año previo, negociando? Estas preguntas, a su vez, conducen a otra todavía más importante: ¿qué es lo mejor en términos sustantivos, en el mediano y largo plazo, pensando ahora en la fortaleza de los partidos y en la calidad de la democracia? Los dos asuntos merecen nuestra atención.
Pero una primaria competitiva también puede ser poco funcional al menos por dos razones. En primer lugar, porque los fondos que permiten sostener las campañas son un recurso escaso: por definición, lo que se gasta en la primaria no se puede invertir en octubre y noviembre. Este factor es muy importante dado que, propaganda televisiva mediante, durante los últimos veinte años ha crecido de modo considerable el costo de las campañas electorales. En segundo lugar, porque también se desgastan las buenas ideas, los giros retóricos llamativos, las propuestas comunicativas ingeniosas. El "efecto novedad" que ayudó, en 2004, a
Jorge Larrañaga a vencer a Luis Alberto Lacalle Herrera, o una década después, a Luis Lacalle Pou a derrotar a Jorge Larrañaga, puede disiparse en los pocos meses que van desde la primaria a la elección nacional. Además, una alta exposición durante la primera mitad del año ayuda los estrategas de los otros partidos a visualizar los puntos débiles de cada uno de sus posibles rivales. Es cierto que las primarias competitivas ayudan, como argumentó recientemente José Mujica, a "movilizar a los militantes". Pero está fuera de discusión que el momento decisivo para un partido es la elección nacional. La primera y la segunda vuelta, ésas son las dos instancias que requieren el máximo de movilización de las bases de cada partido.
Lo más conveniente en el corto plazo puede no ser lo más conveniente en el mediano y largo plazo. El ejercicio de las primarias obliga a los líderes a tomar nota de necesidades y demandas, de ilusiones y enojos, de sus dirigentes intermedios, militantes de base y electores "cautivos". Cada primaria opera como un plebiscito para los líderes. En esa instancia ratifican, o no, su vigencia. Las primarias constituyen un mecanismo idóneo para detectar imperios internos declinantes y abrir espacio para los liderazgos partidarios emergentes. Cada vez que, gracias al veredicto de las urnas, irrumpe un nuevo líder, el partido se fortalece (remito, otra vez, a Larrañaga en 2004 y Lacalle Pou en 2014). El fortalecimiento de los partidos, a su vez, impacta directamente sobre la democracia. Se precisan partidos fuertes para que la democracia persista. El vigor de los partidos, que depende de la capacidad de representación de sus líderes, hace a la calidad de la democracia.
Los manuales de ciencia política enseñan que los partidos constituyen un sistema. No es una frase hecha.