5 de junio de 2026 5:05 hs

El lunes veinticinco de mayo, en el Vaticano, pasó algo que no había pasado nunca. Un Papa presentó personalmente su primera encíclica. Y lo hizo sentado al lado de un ateo canadiense de treinta y tres años que cofundó una empresa de inteligencia artificial. León XIV a la izquierda. Christopher Olah, cofundador de Anthropic, a la derecha. Entre los dos, un documento de unas 200 páginas titulado "Magnifica Humanitas". Sobre la protección de la persona humana en tiempos de IA. Cuarenta y dos mil palabras. Un libro entero.

Un pontífice y un científico ateo, juntos, frente a una sala llena de cardenales y teólogos, hablando del mismo miedo. Porque en el fondo, por caminos completamente distintos, los dos llegaron al mismo lugar: esto se nos puede ir de las manos.

León XIV firmó la encíclica el quince de mayo. Ese día se cumplieron exactamente 135 años de Rerum Novarum, la encíclica que León XIII escribió en 1890 y una sobre los derechos de los trabajadores durante la Revolución Industrial. Rerum Novarum es uno de los textos más influyentes de la historia moderna. Fundó la doctrina social de la Iglesia. Dio origen a legislaciones laborales en medio mundo. Inspiró el derecho del trabajo en la Argentina. León XIV eligió esa fecha a propósito. El paralelismo es explícito. Está diciendo: la IA es la Revolución Industrial de nuestro tiempo. Y necesita su propia respuesta moral.

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Olah dijo algo en su discurso que no esperaba escuchar de un CEO tecnológico. Dijo que todos los laboratorios de IA, incluyendo el suyo, operan dentro de un sistema de incentivos que a veces entra en conflicto con hacer lo correcto. La presión comercial, la presión geopolítica, la ambición. Y que por eso necesitan gente de afuera de esos incentivos. Gente que no tenga plata en juego. Gente dispuesta a decirles las cosas difíciles. Fue al Vaticano a pedir que la Iglesia sea su crítico. Pensá en eso un segundo. El cofundador de una de las empresas de IA más poderosas del mundo fue al Vaticano a pedir que lo vigilen.

Anthropic, la empresa de Olah, es la misma que este año le dijo que no al Pentágono cuando le pidieron usar su IA para armas autónomas y vigilancia masiva sin supervisión humana. El gobierno de Trump los penalizó. Los clasificó como "riesgo en la cadena de suministro". Anthropic los demandó. Y una semana después, el cofundador estaba sentado entre cardenales. La secuencia dice mucho sobre dónde estamos: una empresa de tecnología pelea con el gobierno más poderoso del mundo y busca refugio moral en el Vaticano. Suena a novela. Es la realidad.

La encíclica no es blanda. Time la describe como un llamado a frenar el desarrollo tecnológico y garantizar supervisión ética y política sobre la IA. Advierte que la automatización puede dejar a millones de personas en lo que el Papa llama "inactividad forzada", minando la dignidad humana y la estabilidad social. Y arranca con una frase que podría ser el epígrafe de esta época: "La humanidad, creada por Dios en toda su grandeza, se enfrenta hoy a una elección crucial: construir una nueva Torre de Babel o edificar la ciudad en la que Dios y la humanidad habiten juntos".

Olah planteó tres preguntas en su discurso que me parecieron las correctas. La primera: el deber con los pobres del mundo. Si la IA desplaza trabajo a gran escala, sostener a los desplazados va a ser una obligación moral histórica. Pero el desarrollo de la IA está concentrado en un puñado de países ricos. ¿Cómo garantizamos que las ganancias se repartan globalmente? "No tenemos un mecanismo para eso", dijo. "Es un problema sin resolver, y es el tipo de problema que la Iglesia históricamente se negó a dejar que el mundo ignore".

La segunda pregunta es sobre qué significa vivir bien cuando las máquinas hacen buena parte de lo que hacíamos. Los padres ya están preocupados por la cabeza de sus hijos. Los trabajadores, por su futuro. Esas preguntas, dijo Olah, no las puede responder un laboratorio. Las pueden responder tradiciones que llevan siglos pensándolas.

La tercera me frenó en seco. Olah, que lidera el equipo de investigación sobre qué pasa adentro de los modelos de IA, dijo que siguen encontrando cosas "misteriosas, incluso inquietantes". Estructuras que reflejan resultados de la neurociencia humana. Evidencia de introspección. Estados internos que funcionalmente imitan la alegría, la satisfacción, el miedo, el duelo. "No sé qué significa eso", dijo, "pero creo que amerita un discernimiento continuo". Un científico ateo pidiéndole a la Iglesia Católica que lo ayude a entender qué está pasando adentro de la máquina que él mismo construyó.

Para los que leemos esto desde el Río de la Plata, Magnifica Humanitas pega distinto. León XIV, Robert Francis Prevost, nació en Chicago pero vivió más de treinta años en Perú. Habla español. Entiende América Latina. La encíclica pone a los migrantes y refugiados como "prueba de fuego" de la justicia social. Habla de garantizar el derecho a quedarse en la propia tierra en paz. Y habla de que el desarrollo de la IA está concentrado en países ricos mientras el Sur Global mira de afuera.

Eso nos toca de cerca. Hace unas semanas escribí en esta columna sobre un informe de Microsoft que mostraba que solo el diecisiete punto ocho por ciento de la población mundial en edad laboral usó IA generativa. La brecha entre el Norte y el Sur Global se está ampliando. América Latina representa el catorce por ciento de las visitas a plataformas de IA pero recibe apenas el uno punto doce por ciento de la inversión global. Y Rerum Novarum, el texto que León XIV toma como punto de partida, fue una de las bases de la legislación laboral argentina y uruguaya del siglo veinte. Hay una línea directa entre lo que ese Papa escribió hace ciento treinta y cinco años sobre fábricas y obreros y lo que este Papa escribe hoy sobre algoritmos y trabajadores desplazados.

Argentina y Uruguay son países profundamente católicos en su tradición cultural, más allá de la práctica individual. La doctrina social de la Iglesia influyó en nuestras constituciones, en nuestros sindicatos, en nuestras leyes de protección al trabajador. Si Magnifica Humanitas tiene la mitad del impacto que tuvo Rerum Novarum, va a cambiar la forma en que los gobiernos de la región piensan la regulación de la IA. Y si no lo tiene, la pregunta es por qué un documento que habla de proteger a los trabajadores frente a la automatización no genera la misma urgencia que su antecesor de mil ochocientos noventa y uno.

Hay algo en la encíclica que me resulta más provocador que cualquier paper académico o reporte de consultoría que haya leído sobre IA. Y es el tono. Es un documento sin gráficos, sin benchmarks, sin proyecciones de mercado. Tiene algo que los informes de Silicon Valley nunca tienen: una pregunta sobre el sentido. ¿Para qué estamos construyendo todo esto? ¿Quién se beneficia? ¿A quién dejamos afuera? ¿Qué tipo de vida queremos?

Esas preguntas, que suenan ingenuas en una sala de directorio de San Francisco, suenan urgentes en una sala del Vaticano. Y sospecho que suenan aún más urgentes en un aula de Lanús, en una oficina de Ciudad Vieja, en una fábrica de Pacheco. Porque los que van a sentir primero el impacto de la automatización masiva no son los ingenieros de Anthropic. Son los trabajadores de acá. Y para ellos, esta encíclica habla de supervivencia.

Olah cerró su discurso con un pedido: "Necesitamos críticos informados que nos digan a los laboratorios cuándo estamos fallando. Necesitamos voces morales que los incentivos no puedan torcer". Lo dijo en el Vaticano. Lo podría haber dicho en cualquier congreso de la CGT.

Me llevo una imagen de esa mañana del veinticinco de mayo. Un Papa que vivió treinta años en Perú y un ateo de treinta y tres años que estudia lo que pasa adentro de una inteligencia artificial, sentados juntos, asustados por lo mismo. Si esos dos, que no comparten ni la fe ni el idioma ni la biografía, llegaron a la misma conclusión, quizás sea momento de prestarles atención.

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