Perspectivas económicas 2024: desafíos y optimismo para Argentina según el Banco Mundial
Hay una frase que le escuché a mi padre varias veces en su vida. La decía sin solemnidad, casi al pasar, como quien constata un hecho: "No llegaremos nunca, porque llegar es detenerse". La atribuía al Dr. Carlos María Fosalba, el médico que marcó a fuego al gremialismo médico uruguayo y empujó la creación del CASMU. La versión completa es todavía mejor: estaremos siempre en movimiento, porque siempre habrá ideales no alcanzados, hechos a crear, nuevas ideas para transformar en realidad. Durante años la tomé como una filosofía de vida. Hoy sospecho que es, además, la mejor definición de política de desarrollo que conozco.
Cada primero de julio, el Banco Mundial actualiza su clasificación de países por nivel de ingreso. La edición 2026 cubre 218 economías: seis subieron de categoría, ninguna bajó. Uruguay integra el grupo de renta alta desde julio de 2013 —trece años ininterrumpidos— con un ingreso nacional bruto per cápita de US$ 21.580, el más alto de América Latina (Banco Mundial, método Atlas). Pero hay un detalle que solemos pasar por alto: el umbral que define la renta alta no es fijo. Hoy exige superar US$ 14.375 y se ajusta cada año por inflación. Es un blanco móvil: como la Reina Roja de Lewis Carroll, hay que correr con todas las fuerzas para permanecer en el mismo sitio. Cruzarlo no es llegar; es apenas ganarse el derecho a seguir corriendo. Fosalba, sin proponérselo, anticipó por ochenta años la metodología del Banco Mundial.
¿Cómo llegó hasta acá un país sin petróleo, sin escala y sin milagros? No por un golpe de suerte de las materias primas ni por un tipo de cambio fotogénico, que fabrican ricos transitorios. El propio Banco Mundial lo describe: instituciones sólidas, políticas económicas que conservaron credibilidad a través de gobiernos de distinto signo, un complejo agroexportador sofisticado y una plataforma creciente de servicios globales. En buen romance: previsibilidad convertida en ingreso. El resultado social está a la vista: la clase media más grande del continente —más del 60% de la población—, pobreza baja para la región e indigencia casi inexistente (Banco Mundial, panorama Uruguay).
La foto regional dimensiona el logro. Desde 1987, la proporción de economías de ingreso bajo en el mundo cayó de 30% a 11% (Banco Mundial): casi todos avanzaron algo. El problema es el último escalón. El World Development Report 2024, titulado sin eufemismos "La trampa del ingreso medio", documenta que 108 países siguen atrapados en esa categoría: albergan 6.000 millones de personas, el 75% de la humanidad. Desde 1990, apenas 34 economías lograron el salto (Banco Mundial, WDR 2024). La trampa no es de tamaño ni de recursos: es de productividad. Se agota el trasvase de mano de obra del campo a la ciudad, se apaga el viento de cola de los commodities, y sin un motor propio de innovación y capital humano el país queda orbitando. Brasil, México y Argentina conocen esa órbita de memoria.
Hasta acá la luz. Veamos sus sombras. Kahneman y Tversky demostraron hace casi medio siglo que una pérdida duele aproximadamente el doble de lo que satisface una ganancia equivalente. Esa asimetría —la aversión a la pérdida— no es una curiosidad de laboratorio: es la trampa psicológica de los países que llegaron. En un país de renta alta, las mejoras adicionales son marginales, caras y lentas —mover la aguja de la educación o de la productividad toma décadas y no corta cintas—, mientras que cualquier deterioro se siente de inmediato y se cobra caro. El incentivo se invierte: quien promete cuidar lo que hay le habla a una emoción que pesa el doble que la de quien propone arriesgar para mejorarlo. Administrar el confort rinde más que construir el futuro. El statu quo se convierte en el candidato más competitivo de todos. Pero posiblemente el germen del estancamiento.
Y sin embargo, el mismo organismo que nos celebra nos deja los deberes: resultados educativos por debajo de lo que corresponde a nuestro nivel de ingreso y una productividad que no acompaña el estatus alcanzado. Ahí está el nuevo punto de partida. Renta alta no es un trofeo para la vitrina: es la base de lanzamiento hacia los estadios más profundos del desarrollo —educación, innovación, inserción internacional inteligente—, esos donde las mejoras ya no se decretan sino que se construyen. La discusión que Uruguay se debe no es cómo defender la foto, sino cómo producir la película.
¿Hasta dónde llegaremos, entonces? Si el umbral se mueve todos los años, si el desarrollo es una carrera sin línea de meta, la única respuesta posible es la que mi padre repetía sin saber que hacía teoría del desarrollo: a ningún lado. No llegaremos nunca. Y esa, bien mirada, es la mejor noticia posible.