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A pesar de contar ya con cuatro premios Nobel (Wole Soyinka, Naguib Mahfuz, Nadine Gordimer y John Maxwell Coetzee) la literatura africana sigue siendo un misterio para la mayoría de los lectores occidentales, especialmente para los sudamericanos. La distancia, la condición periférica de ambos continentes y un prejuicio histórico sobre todo lo que pueda venir de allá han colaborado para que las cosas sean así.

De un tiempo a esta parte las cosas vienen cambiando, como lo demuestra la literatura de José Eduardo Agualusa, escritor angoleño de ascendencia portuguesa que ha logrado romper las fronteras con su particular estilo que mezcla con eficacia lo particular con lo universal y lo narrativo con lo lírico.

El vendedor de pasados conjuga esas virtudes y les suma el humor, que se cuela cada dos páginas en esta novela que tiene como protagonista a Félix Ventura, un hombre que se dedica a construir y venderle a hombres poderosos de Angola, como ministros y empresarios, un pasado que les brinde la alcurnia que no tienen.

Pero no se trata solo de hablar de ricos y pobres, sino de mostrar los mil caminos posibles para la construcción de una identidad nacional post colonialismo. Agualusa plantea varias ideas originales al respecto, algunas contradictorias, pero de enorme fuerza conceptual, como cuando expresa que el pasado es lo único que permanece inalterado, cierto e inequívoco para el ser humano, pero al mismo tiempo dice que ese mismo pasado puede manchar de sangre el presente si no se lo deja atrás de una vez por todas. Y todo eso en un país que vivió de la venta de esclavos a Brasil, que se desangró varias veces en luchas sin sentido y que fue escenario de una de las puestas en escena más espectaculares de la guerra fría, con cubanos y rusos incluidos. Un país donde el presidente antes aparecía en público escribiendo con la mano derecha y ahora lo hace con la izquierda, ya que se trata de un doble. Un país "donde hay más minas terrestres que angoleños".

Lo curioso, lo formidable, es que Agualusa sea capaz de hablar de todo esto en una novela que, como si fuera un exponente más del realismo mágico latinoamericano, tiene una lagartija como narrador omnisciente y varios pasajes más donde la fantasía y los sueños se imponen.

Todo se pone aún más interesante cuando un cliente le pide a Ventura que le cree un árbol genealógico completamente falso y también una identidad nueva. Es fantástico cuando el rebautizado José Buchmann sale en busca de su familia inventada. Y consigue pistas, y visita la tumba de su padre, y viaja a Estados Unidos en busca de su madre anciana que, descubre, aún puede estar viva.

A ese eco rulfiano y también algo quijotesco hay que sumarle el homenaje explícito a Jorge Luis Borges, escritor de cabecera de Agualusa, presente en la narración desde el epígrafe mismo del libro. Pero también en los espejos que aparecen varias veces en la narración, en la edición de Las mil y una noches del capitán Burton que se menciona y en un abuelo militar al que el protagonista envidia por su coraje, que no heredó.

En la mejor escena del libro, un joven Félix Ventura debuta sexualmente con una prostituta que su padre frecuentaba asiduamente y que le recomienda. En la pieza hay varios espejos que reflejan el pasado y el presente de lo que está sucediendo, y se multiplican los significados y los pensamientos perversos de forma magistral.

Hay además un sinfín de momentos estupendos, como cuando se cuenta la historia de un joven angoleño perdido en Berlín que nunca vio un semáforo. Cuando aparece el mendigo comunista con la camiseta estampada con la hoz y el martillo. O cuando se narra un ataque feroz de hormigas guerreras ocurrido en la infancia del protagonista.

El vendedor de pasados no es perfecta porque tiene algún pasaje discursivo innecesario, pero transmite felicidad y esperanza. No es poco.

El vendedor de pasados


De: José Eduardo Agualusa
Editorial: Edhasa
Páginas: 178
Precio: $ 650

Temas:

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