El éxito del Festival Sónar: nombres importantes y tecnología de punta
La semana que viene se estará realizando uno de los más importantes festivales de música de Europa. Su 19º edición confirma el éxito de su formato: vincular la electrónica con la tendencia
Algunos festivales musicales nacen, otros mueren y solo algunos logran permanecer en el tiempo. Algunos marcan una época en su primera versión, como Woodstock, que por sí solo resumió la estética y la ética hippies. Otros marcan la contracara de esa misma época, como el Festival de Altamont, que ayudó a confirmar que el sueño hippie podía desembocar en una pesadilla de puñaladas y Hell’s Angels.
Dentro de los modernos festivales europeos que han logrado permanecer y desarrollarse a lo largo del tiempo, se destaca el Sónar, el macro evento de música electrónica que desde 1994 se celebra cada mes de junio en la ciudad de Barcelona.
El Sónar no es el único festival europeo que ha logrado esa permanencia. Ahí están el Womad, el Pink Pop y Glastonbury, por citar algunos de los más conocidos.
Sin embargo, el Sónar se desmarca del pelotón por su continua referencia a la tecnología como segundo gran pilar de su propuesta, inmediatamente después de la música.
Quizá se deba a lo que solía decir un conocido que se dedicaba a vender championes de estética californiana a los jóvenes uruguayos en los 90: “no se trata de vender championes, se trata de vender un modo de vida”. Y es precisamente lo que parece hacer el Sónar, hoy transformado en una de las “marcas” de vanguardia mejor vendibles y vendidas dentro del circuito musical europeo.
Ya desde sus comienzos, el festival barcelonés se planteó como un evento que, si bien giraba en torno a la música, no lo hacía enfocado a un género específico. A pesar de que la música electrónica en varias de sus muchas vertientes es el leit motiv, no lo era en tanto género o estilo per se, sino en tanto género o géneros vinculados de una forma específica al uso intensivo de tecnología de punta.
No se trata solo de traer a determinados artistas, sino de mostrar a través de diversos shows cuál es la tecnología que permite crear y recrear esas músicas. También funciona como plataforma de los sellos, grandes y pequeños, que aseguran la existencia de esas escenas.
Por supuesto, esto implica cierta forma específica de comunicar el evento. No se trata solo de anunciar bandas o artistas más o menos exitosos (que también) sino de generar una suerte de mapa de estilo, de quién es quién en el rubro de lo “cool” y lo tecnológico.
Esto supone a su vez la presencia de socios poco habituales para un festival de rock. Pioneer, Vestax, Stanton y otras empresas tecnológicas relacionadas con la cultura del DJ y la fiesta nocturna, encontraron en el Sónar el espacio para mostrar sus mejores y más llamativos dispositivos, no solo a través de su presencia en los showcases y stands del Sónar Día –el festival se divide en dos secciones bien distintas, el Sónar Día con su aire de feria y sus artistas emergentes; y el Sónar Noche, con sus dos o tres shows masivos de música electrónica y sus cercanías– sino directamente aportando los elementos técnicos de avanzada que el festival necesita para sus noches.
Así, a lo largo de los últimos 18 años el Sónar ha logrado mantener su perfil “cool” y “alternativo” (sí, entre comillas) desarrollando al mismo tiempo una marca global y relativamente masiva.
Así han desfilado por sus mayores escenarios artistas como Björk, que actuó un jueves, logrando convocar cerca de 20 mil fans, que en su mayoría se retiraron en cuanto terminó de cantar; los Pet Shop Boys, que como buenas divos del pop global ocuparon más de la mitad del comedor de artistas con su propia cocina y su cocinero jamaicano; Yo La Tengo, que se sentaron a comer como cualquier hijo de vecino en ese mismo comedor de artistas; Carl Cox, DJ que se puede considerar cualquier cosa menos alternativo; Massive Attack, que sorprendió con un show casi metálico; y docenas de artistas, más o menos masivos, siempre conocidos.
De hecho, en fechas más recientes el Sónar se ha especializado en una cierta “tematización” anual del festival, convocando a varios muertos no tan frescos como Grace Jones, Devo y Yazoo por ejemplo, armando una suerte de noche de la nostalgia para gente “cool” que jamás bailaría una canción de Creedence.
El público que asiste al Sónar es, pese a todo el “cool” mencionado, bastante diverso: pueden ser fans de un artista específico y marcharse en cuanto este termina su show –como con Björk–, puretas británicos o escandinavos capaz de viajar la tarde del sábado desde Manchester o Bergen para regresar a mediodía del domingo solo para ver a, digamos, Richie Hawtin; y también hay una fuerte presencia de público español más bien de los llamados “pastilleros” que buscan emociones al por mayor. Eso sí, solo mientras dure el set de los Chemical Brothers.
Justo es decirlo, esta variopinta fauna jamás causa demasiados problemas y, quizás por la presencia de Energy Control, una ONG que controla gratuitamente la calidad de las drogas que la gente piensa consumir esa noche, el festival prácticamente no registra incidentes médicos de entidad. En el Sónar Día es un público aún más variado y de hecho hasta tiene cierto ambiente familiar.
Este año el festival se celebra los días 14, 15 y 16 de junio y tiene como cabezas de cartel a New Order, Die Antwoord, James Murphy, The Roots y Fatboy Slim, entre otros.