Cuando se celebran los 25 años de la caída del muro de Berlín, el mundo vive hoy tiempos convulsos, en el momento de mayores tensiones entre Rusia y Occidente desde aquel hito histórico que jalonara el derrumbe del bloque comunista.
Cuando se celebran los 25 años de la caída del muro de Berlín, el mundo vive hoy tiempos convulsos, en el momento de mayores tensiones entre Rusia y Occidente desde aquel hito histórico que jalonara el derrumbe del bloque comunista.
El fin de semana en la cumbre del G 20 en Australia, los líderes occidentales le tendieron una emboscada política al presidente ruso, Vladímir Putin; lo que provocó que este adelantara su regreso a Moscú sin asistir al almuerzo con los demás líderes y antes de que se emitiera el comunicado con las resoluciones de la cumbre.
Uno a uno, varios gobernantes de Occidente tomaron su turno en Brisbane para fustigar a Putin por su participación en la crisis de Ucrania, donde sigue avivando el fuego de los separatistas prorrusos con armas, dinero y hasta incursiones militares. El primer ministro británico, David Cameron, y Barack Obama llevaron la batuta de la arremetida contra el líder ruso y amenazaron con imponer más sanciones a Moscú. Pero los siguieron otros; y el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, le llegó a decir a bocajarro: “¡Salga de Ucrania!”.
El episodio parece marcar el punto más alto de las tensiones desde el fin de la guerra fría. Asistimos hoy a lo que podría llamarse una guerra tibia.
Al influjo de Putin, la Rusia poscomunista ha regresado por sus fueros zaristas. El espíritu expansionista del líder ruso, su nostalgia de la grandeza imperial y de “la Madre Rusia” como potencia hegemónica, choca permanentemente con la idea occidental de ensancharle las fronteras a Europa, a la democracia liberal y a la economía de mercado. Ucrania no es más que uno de los teatros de operaciones en esa pugna, acaso el más importante y donde ese choque de intereses se refleja en forma más clara e incontaminada de otros factores regionales, como sucede en Siria y otros países.
Más que el mero hecho de la expansión territorial, lo que está en juego en esta guerra tibia son dos modelos y culturas políticas: el modelo de democracia autoritaria y capitalismo prebendario de Putin, y la democracia liberal de Occidente con capitalismo convencional, cada uno con sus pros y sus contras.
En el modelo ruso se inscribe también la China moderna, surgida del posmaoismo –de la mano de Deng Xiaoping– a un capitalismo con los mismos vicios del ruso. Y ahí están los dos bloques claramente definidos, en un escenario que se presenta muy similar al de la guerra fría. Importa poco si los rusos pueden votar a sus gobernantes y los chinos no. El modelo es el mismo. Como ha explicado el internacionalista e historiador holandés Ian Buruma, la forma en que ambos gobiernos operan es casi idéntica: jefes de partido todopoderosos, magnates hechos y beneficiados por el poder (a los rusos les llaman “oligarcas”), burócratas corruptos y mafias enquistadas en el gobierno se reparten la torta, al tiempo que promueven el chovinismo y los “valores tradicionales”, sean estos los de la Iglesia ortodoxa rusa o los del confusionismo chino. Y los jueces se compran o se intimidan para que los jefes estén por encima de la ley.
El mismo giro moderno de bonapartismo, o democracia delegativa, se da también con matices en otros países del mundo, incluso en algunos de la región.
El tiempo dirá cuál de estos dos modelos en pugna prevalece, o sobrevive al colapso del otro, y hasta dónde llega cada uno. Como también apunta Buruma en su más reciente columna sindicada –la que publican los grandes medios de Europa, Estados Unidos y Asia–, hay quienes sostienen que el modelo ruso y chino es más exitoso que la democracia liberal occidental por su mayor competitividad en el mundo de hoy.
Pero como decía Churchill, la democracia liberal sigue siendo el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás… incluidos el chino y el ruso, podría agregársele.
Y eso es lo que está en juego en esta nueva guerra mundial de baja intensidad, que este fin de semana en Australia tuvo una de sus demostraciones más abiertas de hostilidad.