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Otro giro de “Marty” a su carrera cinematográfica. Y no solo por la increíble producción en 3D sino porque, también, por supuesto que en La invención de Hugo Cabret nadie funde a tiros a nadie, ni le parte un vaso de vidrio por la cabeza. En vez de todo eso, Scorsese se metió de lleno en una fantasía de la niñez que, de alguna forma, también logra cruzarse y conectar con la sensibilidad de la adultez. Y todo eso en una película que su hija pudiera ver, que era lo que el director quería, según confió a la prensa días antes del estreno.

El centro de la cuestión es un chico de 12 años que se mueve por una enorme estación de trenes ubicada en las cercanías de la torre Eiffel (París) y no tiene padre. Allí fue abandonado en tiempos de entre guerra, condenado a los drenajes y relojes enormes entre los que intenta preservar la tradición de su padre, un fabricante de relojes muerto tiempo atrás.

En el camino de Hugo hay un villano, o mejor dicho, dos. En primer lugar, el torpe inspector de la estación (un Sacha Baron Cohen completamente fuera de su rol esperable) y su perro, un dóberman “especializado en cazar huérfanos”, según dice el inspector. Papa Georges, el dueño de la juguetería interpretado por Ben Kingsley, también está en el reparto. Hay una amiga en la niña Isabelle, cuyo papel está a cargo de Chloé Grace-Moretz.

En medio de toda la historia, Hugo tiene que reparar el automaton que su padre le dejó. Dentro de él puede o no haber un mensaje que su padre le dejó antes de morir.

El experimento mágico de Scorsese incluye también algunos homenajes a ídolos propios como los célebres y pioneros hermanos Lumiére, que en parte le han contagiado ese espíritu siempre emprendedor que lo ha llevado a utilizar de manera espectacular la nueva tecnología.
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