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Para Peirce, el teórico fundacional más importante de la semiótica, “no tenemos ningún poder de pensamiento sin signos’’. De tal modo, es evidente que todo lo que pueda decirse como expresión del pensamiento, sobre cualquier cosa, operará con las reglas de manifestación del signo como tal.

¿Cómo referirnos, pues, a una gestión de gobierno o a la figura del presidente si no es en relación con los múltiples signos que les definen?, y ¿cuál sería el significado más aceptable para poder adjetivarlas?

Podríamos, en principio, referirnos a los aspectos de la figura del presidente, sin dudas muy peculiar, si se la compara con la de sus predecesores. Indudablemente la figura de Mujica ha significado una ruptura de la isotopía de la imagen presidencial: desistir de la corbata, vivir en su chacra, incorporar a su perra Manuela en algunos escenarios, despreocupación por el lenguaje, espontaneidad exacerbada, contradicciones sin pudor. Estos rasgos de la persona conviven con la figura del presidente y bien pueden significar, para muchos, un signo de autenticidad del que ocupa ese cargo (o “changa” en palabras irónicas del propio Mujica) y creemos que, hasta cierto punto, es un significado correcto. Para otros, esos rasgos significan una suerte de “bochorno” que lacera la figura de la Presidencia de la República, representando, a su vez, la decadencia cultural del país, lo que también puede considerarse un significado correcto.

Luego de las emociones y los conceptos emergentes del discurso inaugural del flamante presidente Mujica –con la emblemática imagen ecuestre del gran caudillo de los orientales a sus espaldas y la viva presencia de fondo de su compañera, y un amigo y militante “de los imprescindibles de abajo...’’, en un marco de flameantes banderas frentistas y entusiasmo popular– comenzaría el peregrinaje en el poder de uno de los personajes más atrayentes y polémicos del espectro político del país.

El recorrido se inicia mostrando señales de apertura hacia adentro y hacia afuera de la República, lográndose, en cuanto a lo primero, la participación de los partidos de oposición en los organismos de contralor y entes descentralizados, y en cuanto a lo segundo, el desbloqueo de los puentes que por mucho tiempo estuvieron ‘’impedidos’’ de su papel integrador. Y para mejor coronar este último acontecimiento, hubo de inaugurarse el llamado Tren de los Pueblos Libres, como símbolo de unión y progreso de los ya no resentidos hermanos latinoamericanos. Sin dudas, en términos de dar señales, un comienzo bien aspectado.

Sin embargo, grandes temas de la sociedad no han podido encontrar aún su respuesta en lo que va de la gestión: la inseguridad pública, las drogas, la menoscabada educación, los problemas de vivienda, las asimetrías culturales y la fragmentación de la comunidad, parecen seguir siendo “síntomas” intratables de cierto deterioro del tejido social; deterioro que –a esta altura– ya resulta muy difícil ubicarlo como causa o efecto.

La gestión de gobierno será evaluada, mucho más, por cómo impacte la creciente inflación o el déficit fiscal en la vida de los ciudadanos. Será recordada por una mise en scène pocas veces vista, alrededor de un ave desPLUNAda, ¡otro símbolo del Uruguay que ya no es! Se le endilgará que no resolvió los problemas de seguridad pública; que se gastó más en cárceles “dignas’’ que en indemnización de víctimas de la delincuencia; que buena parte del dinero de los contribuyentes que trabajan o generan trabajo fue a parar a los llamados ‘“nini’’, desnaturalizando el valor del sacrificio y el esfuerzo; que se promovieron leyes a contrapunto de la Constitución; que no se respetó la independencia de Poderes; que se pretendió reformar el Estado invirtiendo el principio de la jerarquía de las normas...

Una cosa parece bastante clara: Mujica y la gestión del segundo gobierno frentista no son sinónimos conceptuales. El fin y los medios se confunden en una tormenta de signos.

Sin dudas, no es fácil gobernar. Llevar el timón del país, en medio de una crisis de valores, trasciende a una gestión de gobierno.

Las interpretaciones abundan. En el gobierno de los significados, los significados del gobierno se multiplican por la cantidad de interpretantes. La polisemia de las conductas políticas es la piedra de tropiezo para cualquier mensaje que se le quiera dar al ciudadano. No pudimos encontrar el común denominador de significación del pensamiento político colectivo ni la adjetivación más aceptable para el presidente y su (la) gestión. Porque en el universo de los significados posibles quienes tendrán la última palabra serán los decisores de su hado, sin importar qué decidan ni por qué lo hicieron.

(Esta columna es el resumen de una más extensa elaborada por el experto)

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