Extraña cosa, el tiempo. “¿Qué es, pues, el tiempo? Si no me lo preguntan sé lo que es. Pero si alguien me lo preguntara, no puedo expresarlo”, escribió san Agustín en sus Confesiones.
Extraña cosa, el tiempo. “¿Qué es, pues, el tiempo? Si no me lo preguntan sé lo que es. Pero si alguien me lo preguntara, no puedo expresarlo”, escribió san Agustín en sus Confesiones.
Aunque parezca una reflexión demasiado sesuda para iniciar un artículo sobre una película como Bañeros 4: los rompeolas, creo que el tiempo tiene mucho más que ver con lo que envuelve a esta película que lo que aparenta a primera vista.
Lo que sucede aquí es una superposición de estilos y actores de un período de casi 20 años del cine argentino.
La saga de Bañeros comenzó a mediados de la década de 1980, con dos películas protagonizadas por Emilio Disi y por Berugo Carámbula, donde aparecían también actores entonces no muy valorados fuera del ámbito de la comedia televisiva, como Gino Renni y Guillermo Francella. Era a su vez una adaptación de Brigada explosiva, un policial en broma al estilo Locademia de policía.
La infaltable presencia femenina (en tanga cavada de rigor) le correspondía entonces a (la escultural) Mónica Gonzaga, una modelo que había surgido de los shows de Juan Carlos Calabró y Alberto Olmedo.
El formato de las dos primeras Bañeros (filmadas en 1987 y 1989) incluía historias descocadas donde los protagonistas se decantaban por embudo a Mar del Plata y la ciudad balneario funcionaba como escenario ideal para esos delirios.
El estilo era mersa, los chistes fáciles y taquilleros, y las tangas iban hasta el extremo permitido y más allá.
Dede entonces, la saga de Bañeros se transformó casi en un estándar de la comedia argentina.
Luego de algunos intentos en 2008 de reflotar Brigada explosiva, con Disi y Renni en franco deterioro físico, llega ahora a salas uruguayas Bañeros en su cuarta versión.
Quien tomó la posta para esta Bañeros 4 fue uno de los grupos más importantes del humor argentino de la década de 1990, con Fredy Villarreal, Pablo Granados y José María “Pachu” Peña a la cabeza.
Salidos del universo de Marcelo Tinelli a mediados de la década menemista, en programas como Ritmo de la noche y El show de Videomatch, Villarreal, Peña y Granados homenajean ahora aquellas películas que seguro disfrutaron en su juventud.
Entonces se genera esa superposición temporal que produce cierta extrañeza. Porque cuando este trío (acompañado por otros, como Toti Ciliberto, Carna y varios más) irrumpió en la pantalla pretendían hacer un humor rupturista, que de alguna forma se burlaba de sus precedentes inmediatos. Y, a su manera, les dio resultado.
Durante una década, estos cómicos fueron una de los dos columnas del humor argentino. La otra era Cha cha cha. Durante años fueron la referencia de las bromas más populares en todo el Río de la Plata.
Pero el tiempo, sin remedio, siguió pasando. Y los cómicos de los años de 1990 se convirtieron en algo del pasado. La perpetua imitación del expresidente Fernando de la Rúa caducó, como caducó súbitamente el mandato de este. Cuando el trío Villarreal, Peña y Granados se embarcó en un proyecto como No hay dos sin tres, en 2005, los chistes seguían funcionando, pero solo para los incondicionales.
Que más de 10 años después el mismo trío salte a la pantalla grande, cercados de dos carrileras como las modelos Karina Jelinek y Stefy Xipolitakis más la presencia “especial” de Emilio Disi, genera que en Bañeros 4 la nostalgia de una década se arrastre hacia la nostalgia de otra.
¿Es una película para treintañeros? Quizá. ¿El argumento? Poco importa. Los chistes siguen siendo fáciles y previsibles, y los cuerpos siguen siendo (previsiblemente) esculturales.
Como todo estándar, como si fuera un cover de un cover, bajo las capas la estructura es la misma. Si empezamos con un filósofo, terminemos con otro: la comedia argentina, dijera Nietzsche, tiene aquí su “eterno retorno”.