Un pelotón de 120 presos en un galpón, enredados en frazadas y ropa, sobre dos hileras de cuchetas. Un colchón pegado al otro. Muchachos de 18 y 20 años desnudos, tirándose baldes con agua, la mirada tensa ante los extraños visitantes. “No saquen fotos, ya está”, advierte un guardia en un portuñol riverense y con un gesto indica que el vistazo fue suficiente.

En la madrugada del 25 de abril, centenares de presos se amotinaron y destruyeron los módulos 4 y 5 del Comcar. Fue una noche infernal. El fuego resplandeció en la televisión, hasta que se apagó. En medio del temblor del sistema carcelario, la mayoría de los prisioneros amotinados fueron trasladados a los tres patios del módulo 8, donde todavía permanecen, tras 230 días con sus 230 noches. Si el resto de la cárcel es el infierno, los patios del módulo 8 deberían ser rotulados como un infierno dentro del infierno: dos duchas y dos inodoros para 120 personas y un olor a excremento que viborea en el estómago.

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Los reclusos que se amotinaron en abril estuvieron a la intemperie hasta el 18 de junio, cuando el gobierno finalizó el techado de los patios, la solución provisoria para que sobrevivieran (ver foto a la derecha). Tras casi dos meses a cielo abierto, el director del Instituto Nacional de Rehabilitación, Luis Mendoza, destacó que los reclusos accedieron a “las condiciones básicas necesarias” y pasaron a estar “controlados permanentemente por los equipos médicos de ASSE”. Lo que sucedió durante esos dos meses quedará entre las paredes del módulo, donde un baldazo de agua fría es un tesoro.

“Pero lo peor no está en esos patios; lo peor está en los módulos 1 y 2”, dijo a El Observador el comisionado parlamentario para cárceles, Álvaro Garcé.
Ya lo había advertido el relator especial de las Naciones Unidas sobre tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes, Juan Méndez, que visitó Uruguay a comienzos de este mes, cuando llamó la atención de las autoridades sobre “los niveles de hacinamiento que persisten en lugares como los módulos 1 y 2 y el patio del módulo 8 del Comcar”.
La situación de “emergencia carcelaria” que declaró el expresidente Tabaré Vázquez al asumir el cargo, el 1º de marzo de 2005, se mantiene, coincidieron Garcé y Méndez.

Dentro del infierno carcelario, hay varios anillos, algunos de ellos impresentables a la prensa y a la opinión pública. “Lo que ocurre es que desde el punto de vista sanitario y desde el punto de vista del hacinamiento es todavía peor a los patios lo que se vive en los módulos 1 y 2”, agregó Garcé.
Estos módulos se han deteriorado en los últimos dos años. Ambos tienen una capacidad para 500 presos, pero hoy viven allí 1.300. “Los módulos están casi destruidos. La mayoría de las celdas están boqueteadas”, informó el comisionado parlamentario.

Para Garcé, la situación de hacinamientos de estos módulos “es casi la misma” que tenían los módulos 4 y 5 en abril, cuando estalló el sistema carcelario en “la crisis más profunda de la década”, tal como la definió. Dos causas provocaron la eclosión de las cárceles en abril, una de fondo y otra ocasional. “El escenario de fondo estuvo dado por un hacinamiento crítico, similar al de hoy”, recordó. La causa ocasional fue la crisis que provocó el disparo del recluso Brasil Sastre, que mató al policía Oseas Pintos, el 19 de abril, y el anuncio inmediato de los guardias que suspendían, como medida de protesta, las visitas en diversas cárceles.

“Esto no quiere decir que esté preanunciando un motín. Describo una situación de hecho que tiene puntos de comparación muy fuertes”, advierte Garcé.
En algunas áreas de los módulos 1 y 2, el hacinamiento llega a 300%. Pueden llegar a dormir entre 13 y 14 personas en celdas aptas para tres o cuatro. Duermen en el piso, unos pegados a otros.

El último anillo

Si los módulos 1 y 2, vedados para los ojos de la prensa, están un anillo debajo de los patios del 8, los boxes del Comcar son las brasas en los pies. El relator de la ONU, en las conclusiones preliminares de su última visita, explicó que en este sector “las condiciones de reclusión son totalmente inaceptables” e “inhumanas”, y recomendó su clausura. El 24 de agosto de 2009 murieron cinco reclusos en los boxes, producto de un incendio. Allí hay hoy entre 10 y 30 presos expulsados de otros sectores por conflictos internos. Los boxes son calabozos sin baño en los que caen, sobre todo, adictos a la pasta base.

A pesar de la recomendación de Méndez, Garcé no avizora su pronta clausura. El horizonte está en mayo de 2013, cuando el gobierno espera inaugurar un nuevo módulo del Comcar para 1.000 reclusos, la bocanada de aire que el sistema pide a gritos. De todas maneras, esto no asegura el respiro. Muchos presos generan la destrucción y el deterioro. Cuando Luis Mendoza presentó este miércoles la reforma del módulo 3 del Comcar, destacó que “el desafío es mantener y mejorarlo, porque muchas veces se inaugura y al tiempo se destruye”.
Navidad en las trincheras

La situación de crisis permanente se acentúa cada diciembre. “Sobre fin de año aumentan las tensiones, no solo por el calor, sino también por el estado de ánimo de los presos y los funcionarios. Las fiestas hacen que la frustración de la privación de libertad sea mayor. Esas tensiones generalmente se resuelven en hechos de violencia o través del consumo de psicofármacos, lo que hace que el momento complejo se difiera y no sea el 24 o el 31 de diciembre, sino los primeros días de enero”.
Un ejemplo de lo que puede ocurrir en días así: en la Nochebuena de 2005, los reclusos Diego “El Cosita” De León y Rafael “El Sapo” García mataron y se comieron partes de Roberto “El Caramelero” Rodríguez, otro preso que compartía la celda con ellos. 

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