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Bruce Springsteen ha sido por años el cronista más sincero, directo y comprometido de lo que le pasa al estadounidense promedio, tierra adentro. Los ejemplos son tan aleatorios como la experiencia misma de quien lo ha escuchado; en este caso pueden aparecer las baladas ruteras entre las que discurren las ficciones de Nebraska (1982) o la fuerte crítica a los valores y consecuencias del capitalismo de Born in the U.S.A. (1984). Sin embargo, les sería muy difícil a esos dos discos competir en verticalidad y desidia con este Wrecking ball, el disco más reciente del Jefe nacido en Nueva Jersey.

Se trata del primer disco —desde Devils and dust, en 2005— que Springsteen se lanza por un álbum sin tener por detrás suyo a esa disciplinada máquina que es su E-Street Band. Y bien podría considerarse el más abyecto de su carrera. Tema a tema, Springsteen transpira bronca en las letras ante la desolación de un país que viene caminando desde hace ya varias décadas y que, al parecer, nunca había visto tan descompuesto. Sus historias, a menudo ficciones en las que se pone en la piel de otros (en este caso desempleados y víctimas de la crisis con mayor o menor grado de resentimiento y ganas de matar a los peces gordos) conservan de todos modos ese costado melancólico que su voz y sus arreglos han sabido madurar con el paso de los años y los discos.

Y es que del otro lado está la música. Y aquí puede venir también un lugar común, pero Wrecking ball es un emocionante disco de canciones, un trabajo en el que se revela esa impresionante capacidad de remover con música, que otros como Arcade Fire han sabido adaptar tan bien a oídos con cabeza más joven e indie. De hecho, varios de los integrantes de la banda canadiense, una de las recientes grandes sensaciones de la música anglosajona, han reconocido la influencia de la música de Springsteen en su proyecto musical colectivo. Aquí habría que añadir una pequeña salvedad: este disco no deja de ser rockero pero mantiene también toques del tremendo homenaje que en 2006 hizo al cantautor folk Pete Seeger en We shall overcome.

Springsteen deja claro el tono de Wrecking ball hasta en los colaboradores. No podría entenderse de otra manera la inclusión de Tom Morello, guitarrista de l apotente y en algún tiempo reivindicativa Rage Against The Machine, una banda que parecía iba a desatar una revolución en cada riff de discos como The Battle of Los Angeles. No es que Springsteen suene con esa agresividad ni mucho menos (de hecho, Morello se ha introducido en la canción acústica de autor en sus proyectos solistas), sino que el guitarrista del Overol no es un colaborador más en el plano de lo simbólico, con un disco tan contestatario como este, un trabajo en el que ataca de frente a la codicia y la hipocresía de aquellos tipos de poder de su nación a los que ya conocía en sus primeros años como cantautor.

Por fuera del sonido, que es lo que a un escucha latino encanta, se encuentra un por momentos angustioso y por momentos eufórico vaivén poético, que encuentra por ejemplo a un hombre que no hace otra cosa que trabajar esperando a que la crisis pase mientras la paciencia se le agota (Jack of all trees) y a otro que implora compañía en medio de una depresión cuyo concepto se desdobla en dos: la depresión personal y la del contexto(This depression).

De todos modos, es otra la canción bisagra de este disco: varias publicaciones como la Rolling Stone señalaron el vínculo de la canción Death to my hometown con My hometown, tema incluido en el disco Born in the U.S.A. en la que no se veía más que un pueblo lleno de gente que se iba por mejores horizontes dejando todo en estado fantasmagórico. En aquel entonces, Bruce se limitaba a mirar el lugar con tristeza. Ahora su letra dice: “Escuchame, hijo, estate listo cuando vuelvan/porque ellos volverán como el sol que siempre sale (...) Mandemos a los barones del robo al infierno/ esos ladrones codiciosos que se comieron toda la carne que encontraron y que caminan las calles como gente libre”.

El mensaje es otro y también, una vez más, puede ser tachado de lugar común; ¿quién va a ir a la revolución en Estados Unidos? Sucede que los tipos como Bruce Springsteen nunca se convertirán en cínicos. Gente como Bruce Springsteen, que debería liderar una posible liga antiposmoderna, no van a dejar nunca de decir las cosas como deberían ser. Esto es lo que lo hace ser el Jefe y a la vez una especie de padre de muchos norteamericanos. Un tipo que va a sacar la cara por ellos, al menos en los discos. Y la sinceridad, en tiempos en que el cinismo lo domina todo de forma insoportable, emociona.

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