ver más

En estos días hay un debate interno entre los funcionarios de Cristina Fernández: en el Banco Central promueven medidas ortodoxas para controlar la inflación. Pero en el ministerio de economía hay preocupación por la recesión y se impulsan medidas fiscales expansivas.

Para un gobierno argentino, y con más motivo para un gobierno peronista, el tener que resignarse a que la recesión es la mejor vía para superar los problemas es mucho pedir. Es por eso que, en estas horas, el debate más intenso entre los funcionarios K es cómo superar un dilema desagradable:

*Si se prioriza la lucha contra la inflación, entonces resulta necesario mantener elevadas las tasas de interés para retirar liquidez del mercado. Además, se necesita un mayor esfuerzo de austeridad fiscal. Y esto implica un enfriamiento de la economía.

*Si, por el contrario, se intenta reactivar la economía a través de más crédito y de un impulso al consumo, se pone en riesgo la relativa estabilidad lograda, y se corre el peligro de una disparada del dólar y de los precios.

Los diagnósticos que hacen los economistas independientes son de una elocuencia que asusta: “Si reactivan, explota”, sintetiza Javier González Fraga, ex titular del Banco Central y uno de los analistas más escuchados del mercado.

Su explicación es que el equilibrio macroeconómico actual es muy frágil, al punto que el gobierno no puede darse el lujo de impulsar un nuevo boom consumista sin que, inevitablemente, se genere un nuevo pánico en el plano cambiario.

“Hay que asumir que este no es un buen año. Y que acá hay una sola política anti-inflacionaria que funciona, y es el enfriamiento de la economía. Lo del programa “Precios Cuidados” es para la gilada, y obviamente no funciona”, agrega González Fraga, en una frase que generó la furia del ministro de economía, Axel Kicillof.

¿Lo peor ya pasó?

En la “interna” del gobierno, Kicillof representa al grupo de quienes creen que lo peor ya pasó, y que luego de la devaluación de enero se logró frenar la expectativa de movimientos bruscos con el tipo de cambio. Como además en mayo empieza el “trimestre dorado” de la economía argentina, porque se produce la entrada de los dólares de la soja y, encima, los salarios se actualizan por inflación, la facción que lidera el ministro se entusiasma con que haya una reactivación.

El bando opuesto es liderado por el presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, frecuentemente elogiado por economistas y banqueros, por haber tenido mano firme para impedir una crisis cambiaria-inflacionaria en el verano y por haber revertido la alarmante caída de reservas internacionales.

Desde un punto mínimo de 26.700 millones tocado hace un mes, las reservas ya se aproximan al nivel de 28.400. Lo cual, ciertamente, no termina de alejar fantasmas, porque la Argentina debe pagar al menos US$ 6.000 millones sobre fin de año, por concepto de vencimiento de bonos.

Fábrega logró esta “pax cambiaria” con mano dura: aplicó una fuerte aspiradora de pesos, que ha llevado a que la base monetaria tenga ahora una expansión anualizada de 20%, en una economía con una inflación del 37%.

Pero la advertencia generalizada de los economistas es que esto debe ser acompañado, desde el ministerio de economía, por un recorte del gasto público. En la medida en que ambas “facciones” del gobierno llevan adelante políticas contrapuestas, el efecto que se genera es una extracción de recursos del sector privado –mediante el encarecimiento del crédito– para financiar al sector público.

La apuesta por la reactivación

De manera que la pregunta del momento es cuál de las dos posturas terminará prevaleciendo. Y, a juzgar por las primeras señales, parecería que hay más probabilidades de que triunfe el sector liderado por Kicillof.

Ocurre que en el gobierno hay urgencia por cambiar el tono de las noticias económicas: el consumo masivo cayó en abril un 7,5%, mientras los mercados de autos y motos se desplomaron, con variaciones negativas de 35% en términos interanuales.
Al mismo tiempo, empieza a corporizarse el mayor terror de los argentinos: la vuelta del desempleo: unos 12.000 operarios de la industria automotriz están suspendidos, y el efecto amenaza derramarse sobre otros sectores.

En este contexto, las presiones por reactivar la actividad económica se multiplican en la interna del gobierno.

Pero los economistas advierten sobre el riesgo de que, en el intento por reactivar, no sólo no se logre esquivar la recesión sino que, además se pierda la estabilidad lograda.
De todas formas, los analistas apuestan a que el “ala racional” no claudicará fácilmente.
“Creo que Fábrega no se va a bajar de esta postura porque él sabe que si baja la tasa y no hay medidas paralelas del ministerio de economía, es imposible evitar una crisis”, sostiene el influyente Aldo Pignanelli.

Para este ex titular del Banco Central –que asegura no envidiarle el cargo a su colega Fábrega– el segundo semestre será el momento del gran desafío: deberá emitir 120.000 millones de pesos, equivalente a unos US$ 15.000 millones, para financiar al Tesoro. En ese contexto, cree que al gobierno no le quedará otra opción que sostener las tasas de interés altas y volver a un esquema de mini devaluaciones mensuales, como forma de absorber parte de esa liquidez y evitar una corrida.
Seguí leyendo