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Dicen que la realidad supera la ficción, pero donde la realidad suele volverse solemne, la ficción encuentra el resquicio para la risa. Esto es lo que vuelve a proponerse la dupla del director Larry Charles y el actor Sacha Baron Cohen, y vaya si han encontrado material para hacerlo, después de que el mundo albergara un dictador con un Ejército de amazonas vírgenes y otro que afirmaba no ir al baño porque era un ser divino.

Tras haberse mofado del american way of life en Borat: lecciones culturales de América para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán y que se burlara del mundo de la moda en Bruno, el cómico inglés vuelve a la carga con una película que narra las desventuras de un líder absolutista norafricano, que en su cruzada para que la democracia no llegue a su país, se ve obligado a pisar el suelo de la nación que detesta, EEUU.

Haffaz Aladeen, es el líder supremo antisemita, misógino y genocida que gobierna desde la infancia un país rico en petróleo llamado República de Wadiya (que en la hilarante página web de la película está situado como un agregado al Cuerno de África, al lado de Somalia). Su mano derecha es su tío Tamir (Ben Kingsley, quien repite con Baron Cohen luego de La Invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese), quien ejerce de jefe de la Policía Secreta, jefe de Seguridad y proveedor de mujeres.

Pero todo cambia cuando Aladeen llega a Estados Unidos y por distintas circunstancias se ve obligado a deambular por las calles como un ciudadano anónimo.

Siempre polémico

A diferencia de las dos anteriores películas de la dupla, El dictador no apela al falso documental. Este recurso causó gran confusión en Borat, cuando Baron Cohen, aun desconocido para el gran público, interpretó a un reportero de Kazajistán, igual de grosero y homófobo que el líder absolutista de su nueva película.

Sin embargo en El dictador, el cómico no se distancia del humor que lo hiciera famoso en sus películas anteriores, siempre en el borde de la crítica social y el mal gusto, que le trajo el fanatismo de algunos y las quejas de otros, como la Alianza de Gays y Lesbianas contra la Difamación y el gobierno de Kazajstán.

El dictador se revela como una cinta más medida en ciertos aspectos que las predecesoras, aunque no por ello Baron Cohen deja de despacharse contra los absolutismos (el actor de origen judío cuida de hacer referencia al Islam), pero también de la democracia estadounidense.

Inherente a la marca Baron Cohen, la película ha dividido a los especialistas. Por un lado, están quienes festejan su crítica social desprovista de hipocresía y desafiante de lo políticamente correcto, o los que incluso ven en el actor trazos de los dotes de comediante de Peter Sellers (ídolo de Baron Cohen, tampoco se salvó de ser tildado de racista por su inolvidable actor indio Hrundri V. Bakshi en The party). Otros ven en el trasfondo social un simple vehículo para el humor fácil y chabacano.

Pero en lo que unos y otros coinciden es que el filme representa un claro homenaje a El gran dictador de Charles Chaplin, algo que la cinta deja en claro con el discurso final de Aladeen sobre la democracia.

El mundo como escenario

Pero acaso otro aspecto tan interesante como la película sea esa mezcla de obsesión y agresiva estrategia de marketing de Baron Cohen al permanecer siempre en personaje durante la promoción de sus películas e incluso durante el rodaje de las mismas.

El actor, exalumno del prestigioso Christ’s College de Cambridge donde se graduó con una tesis sobre la implicación judía en el movimiento por los derechos civiles de la década de 1960 en Estados Unidos, ha sabido convertir al mundo en su propio escenario.

Esto ha llevado a su dictador a esparcir las supuestas cenizas del difunto líder norcoreano Kim Jong-Il en la alfombra roja de los Oscar, pasear en dromedario por las lujosas tiendas de Cannes y simular un amorío con Elisabetta Canalis (y su posterior asesinato), en un yate en el Mediterráneo.
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