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Romeo Santos ha agotado estadios tanto en Nueva York como en Argentina. Y ahora sumó Uruguay. Con más de 20 mil personas en el Gran Parque Central, el neoyorquino de origen centroamericano se presentó por primera vez en el país. Sin embargo, tal vez el público no era tan “aventurero” o “romeísta” –nombres que adquirieron los fans del grupo Aventura y suyos– “al 100%” como esperaba.

El panorama oscilaba entre un público eufórico y otro un poco más apático. Estaban los que bailaban y los que se quedaban quietos mirando el escenario, los que se cantaban todas las canciones y aquellos que estaban más preocupados por filmar cada momento para ver quién sabe cuándo. Se estableció una disonancia de emociones que se sentía en especial cuando los gritos ensordecedores menguaban.

Con su show, Santos invitó a sus fans a ingresar a su castillo, ilustrado en unas imágenes 3D que dejan mucho que desear. A lo largo de los primeros temas ofreció un paseo por diferentes rincones del palacio: una galería con cuadros del cantante, vitrales que también arman el perfil del artista y un salón con arañas de techo. Dos leones dorados franqueaban la entrada alfombrada de rojo y a la espera del cantante una jirafa dorada, cuyo pie tenía forma de corona.

El rey consiguió que sus invitados se sintieran como en casa. Con una sonrisa blanca y seductora se hizo camino hacia el escenario, recibiendo los aullidos y gritos con una pizca de soberbia y agradecimiento. Al sonar su primer tema, Inocente, era difícil escuchar a él y a su banda de 13 cuerpos debajo de tanta emoción. Cualquiera de sus movimientos –en especial sus meneos de caderas– causaban picos de decibeles.

Su setlist incluyó desde sus más recientes éxitos en solitario como Cancioncitas de amor o Eres mía, hasta los clásicos de Aventura, como Noche de sexo, Hermanita y por supuesto, Obsesión.

Haciendo honor a su nombre, el cancionero se centró en el romance, pero mucho más en el sexo. Y su espectáculo hizo visible lo que se canta.

Su show, al igual que el de otras estrellas latinas como Ricardo Arjona, se compuso de diferentes elementos: canciones que causan suspiros, sonrojos y deseos, intercaladas con consejos para la pareja –el hombre tiene que pensar “primero en su mujer, segundo en su mujer, tercero en su mujer y cuarto en usted”, dijo en un momento– e interactividad con el público.

Ese último aspecto era el más esperado en el público femenino. Para su tema Solo por un beso, el cantante pidió a una “gordita” para subir al escenario. Allí, la muy tímida asistente – súper tímida, comparado con videos de otras invitadas que circulan en la red– se quedó petrificada mientras Santos tomaba sus manos y hacía que recorrieran desde su torso a su pelvis.

Luego fue el turno de los “romeístas” masculinos. Allí Santos invitó a quien sería su máximo fan, para acompañarlo en los coros de un puñado de viejos temas de Aventura. Si no la sabía, afuera. Lamentablemente el cantante tuvo que intentar la excesiva cantidad de ocho veces para encontrar a su fanático ideal. Ahí a las cansadas, cuando se lo notaba cada vez más enojado, subió el octavo chico, que mereció la espera. Entre los dos interpretaron el reggaetón Ella y yo, de Aventura con Don Omar. El romeísta se ganó el escenario interpretando a la perfección el tema con actuación incluida.

Pero el gran final estaba guardado para su éxito del momento: Propuesta indecente. Tras el falso final de Obsesión –el tema más coreado por lejos por el estadio completo–, una cama fue ensamblada sobre el escenario. Santos invitó a otra fanática, esta vez más seductora, para dedicarle el tema con ambos sentados en la cama. Luego de un leve coqueteo, ambos terminaron acostados y tapados con la sábana. Gritos de envidia asegurados.

Santos, que se autoproclama “rey de la bachata”, se pone en el papel de marido y galán de su público femenino, y en un nivel por encima de los seguidores masculinos. Con estadios repletos que mueren a sus pies, no es por nada que exclama cada tanto “que bueno es ser rey”.

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