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Pepe Vázquez dice que está jubilado. A sus 73 años, acaba de ganar un merecido premio Búho al mejor actor de teatro por Almacenados, que presenta los viernes en La Gringa y exhibe los fines de semana en el programa de Teatro por los Barrios de la Intendencia de Montevideo. Los lunes, además, interpreta El cuervo, en el ciclo de Poe de Paullier y Guaná. Pero para alguien que no ha parado de actuar desde la adolescencia, que pasó por el teatro ambulante en Cuba en los tiempos de la revolución y se consagró en Costa Rica, que ha hecho reír en la televisión con Telecataplum y Plop, que formó parte de la Comedia Nacional, y realizó un sinfín de obras y giras por el interior del país junto a su mujer Imilce Viñas (fallecida en 2009), tener algunos días libres puede sonar a jubilación. “Mientras la cabeza me funcione, voy a hacer teatro”, declara Vázquez, quien recibe a El Observador en el living de su casa en la Ciudad Vieja.

“Mi historia la he contado diez mil veces, la gente va decir de vuelta este viejo contándola”, advierte Vázquez un tanto reticente, pero en cuanto empieza a hablar su narración es generosa, detallada y cargada de sentimientos, como si relatara escenas de una película entrañable.

“Cuando tenía 10 u 11 años me escapaba de mi casa y veía cine de lunes a domingo. Cuando mis padres se dormían, yo salía por la ventana y saltaba la verja del jardín. Con las películas francesas, que eran no aptas, les dábamos unas propinas a los porteros y las veíamos en el gallinero del cine. Las primeras mujeres con pechos al aire que vi en el cine eran todas francesas”. Fue así, como imitando las historias de la radio y jugando a ser cowboy y Tarzán, Vázquez encontró su vocación. Sus padres soñaban con “m’hijo el dotor”, pero apenas cumplidos los 18 años se fue de Treinta y Tres a Montevideo y empezó a tomar clases de teatro con Nelly Goitiño.

Cuando sobrevino la revolución cubana, Vázquez pensó: “He estudiado las historias de las revoluciones que nos enseñan en el liceo, y todas eran en idioma extranjero, esta es la primera que es en español”. Después de trabajar un año como empleado de ANCAP, se fue hacia la isla, donde resultó seleccionado para integrar un grupo de teatro ambulante, que se trasladaba en camión presentando funciones al aire libre en cooperativas de vivienda. “Ahí fue que me hice actor profesional”, comenta. “Fueron años muy inolvidables, porque te acostabas a dormir y cuando te levantabas te enterabas de que habían cambiado un montón de cosas”.

Pero pasaron los años, Vázquez volvió a Uruguay y un día se topó con el amor de su vida. “A Imilce la conocí primero como actriz, pero la encontré en el primer restaurante macrobiótico que hubo en el país haciendo una dieta para adelgazar, porque yo tenía que hacer un papel y los dos éramos gordos. A mí me gustaba mucho, era una mujer muy bonita y me acuerdo que bajé 20 kilos y ella también bajó. Y ahí, entre las bolsas de arroz integral, nos enamoramos”, dice, y a continuación relata una escena digna de una versión costumbrista de Romeo y Julieta. “A los tres meses yo había ido a almorzar con una amiga al restaurante de AEBU y de ahí se veía el balcón del restaurante (macrobiótico) donde estaba sentada Imilce. Y me dice mi amiga: ‘No parás de mirar ese balcón, ¿qué estás esperando para casarte con ella?’, y le dije, ‘Tenés toda la razón’. Pagué el almuerzo, salí corriendo, abrí la puerta, ella había puesto los pies en una palangana de plástico porque iba una pedicura a hacerle los pies. Le dije ‘¿Te querés casar conmigo?’. Y me dijo ‘bueno, vamos’. Salimos de ahí y fuimos al Registro Civil a inscribirnos”.

Vázquez y Viñas tuvieron dos hijos: un varón, que falleció en los años 70, y María Clara (también actriz, trabaja junto a su padre en Poe), que tenía dos años cuando se instaló la dictadura militar en Uruguay. “Desde muy jovencito milité en la izquierda. Las piedras me empezaron a pasar cerca; aunque nunca nos fueron a buscar, una vez allanaron la casa. Pero no tuve valor para quedarme porque me vino miedo. Hice este razonamiento: ‘¿Y si no aguanto la tortura y delato gente?’. No hubiera sido capaz de vivir con esa sombra sobre mí. Tenía un amigo belga, director de teatro en Costa Rica, y le escribí. Enseguida me llamó y me dijo ‘venite’”.

La fortuna acompañó a Vázquez apenas llegar al país centroamericano, porque coincidió con el casting del protagónico de Las brujas de Salem, papel que obtuvo y que le valió el premio a mejor actor ese año, galardón que volvió a obtener al siguiente. “Cuando se enteró Jorge Denevi, un gran amigo mío, me dijo ‘el trópico es tuyo, mi amor’, recuerda Vázquez, todavía muerto de risa por ese comentario.

Después de siete años, él y su familia se fueron a México con el teatro El Galpón y con posteridad regresaron a Uruguay. “Llegamos el 12 de octubre de 1984, primero a Buenos Aires, iba Jorge Porcel en el avión. De pronto avistamos la costa uruguaya, alguien dijo ‘Pajas Blancas’ y nos pusimos a cantar el himno. Porcel decía ‘se volvieron locos, ¿qué es lo que cantan?’”.

Después vinieron décadas de mucho trabajo, que le valieron a Vázquez cuatro premios Florencio: por Tartufo (1985), Perdidos en Yonkers (1992), Cartas de amor en papel azul (1993) y La muerte de un viajante (2000). Tarde pero seguro, a los 65 años, le llegó la oportunidad de ser parte de la Comedia Nacional, etapa que el actor recuerda con mucho cariño, hasta que, por disposición legal, tuvo que jubilarse a los 70 años de la compañía montevideana.

El teatro y la vida
“Dolor por la pérdida de Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre”, dice el poema El cuervo de Poe, que Vázquez interpreta en Paullier y Guaná, en otra de las excelentes actuaciones que ofrece en la actualidad. “Tengo que hacer mucha fuerza cuando lo digo para contener la emoción, porque se me juntan los cables de mi historia personal. Esa Leonora se llama Imilce Viñas. La primera vez que ensayé fue terrible porque se me corrían las lágrimas, no está bien, el actor tiene que provocar la emoción, pero tiene que tener un punto de control. No me gusta la lágrima fácil”, dice, y a pesar de la tristeza de sus palabras, no hay lágrimas que se asomen en sus ojos en esta ocasión.

“Hace cuatro años que se fue y es bravo vivir sin ella, pero bueno, ella tenía mucha polenta, y el tiempo que duró su enfermedad me hablaba mucho porque sabía que yo soy muy tendiente a bajonearme. Me decía “aguantá, meté para adelante, trabajá, no dejés de hacer teatro’... Mi hija vive en la casa de arriba, tengo dos nietos que son un sol, un varón de 9 y otro de 7, y un yerno con el que me llevo macanudo”, comenta, y agrega tras una pausa: “Y estoy haciendo una obra que me gusta mucho”.

Esa obra es Almacenados, espectáculo que retrata el vínculo que se establece entre un encargado de almacén a punto de jubilarse y el joven que será su sustituto. “Lo que me gustó es que es una reflexión muy sencilla de un tema que es el gran drama de la mayoría de los seres humanos, que es cuando descubren a determinada edad de su vida que lo que hicieron no tuvo sentido”. Esto es algo que, para su fortuna, no le ha sucedido. “A veces oigo cantar a Marc Anthony y digo ‘qué lindo, me hubiera encantado cantar’, o veo bailar a Gene Kelly y pienso cómo no me entrené y fui un gordo insoportable”, dice entre risas.

Con los $ 120 mil que obtuvo por el premio Búho, Vázquez piensa realizar una cena con el director de la obra, Eduardo Cervieri, y su familia, y quizá se suba a un crucero que sale de Buenos Aires, navega hacia el sur, cruza el estrecho de Magallanes y sube por el océano Pacífico hasta Valparaíso.

No obstante esta posibilidad, Vázquez hace una vida muy tranquila.

“Desde que perdí a mi compañera prácticamente no voy a ningún lado. Cocino al mediodía, baja mi hija a comer con los niños, o subo yo y cocina ella. (…) Voy poco al teatro, no hay muchas obras que me entusiasmen”, comenta.

Hacia el final de la entrevista, el actor muestra la habitación contigua al living, un cuarto rectangular lleno, entre otras cosas, de fotos de él e Imilce, libros, premios, una imagen de su adorado Marlon Brando y la computadora, en cuyo fondo de pantalla hay otra foto de su mujer.

Poco antes, Vázquez relata otra de sus entrañables escenas de vida: “Mi mujer era creyente y nos casamos por civil, y hace unos 10 años nos casamos por iglesia. Veníamos hablando, pero nunca se daba y la acompañé a hacerse un examen al riñón e hizo un rush alérgico que casi se muere. Cuando vi que estaba bien, le dije ‘la semana que viene nos casamos’, y ella dijo ‘no la que viene no, la otra, así me hago un vestido’. Nos casamos al mediodía, vino una cantidad de amigos, y la gente del barrio se enteró y nos trajo flores. Fue muy lindo y nos dio mucha energía”.
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