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El título de lo que viene a continuación es “cómo convertir una casa de veraneo en un altillo”. Como el diseño no me lo permitía, le puse a esta historia lo que me costó escribirla. Fue un dolor de los que arañan la línea imaginaria que une una sien con la otra y adormecen toda la masa cerebral que agarran por el camino. Una migraña que sólo se explica por la inhalación directa de algún veneno matamosquitos durante toda la noche. Al otro día me decidí: no iba a dormir una noche más con ese falso “guardián de los sueños” enchufado casi en la almohada. Buscando un aparato con cable como para separármelo de la nariz, miren lo que encontré para distraerme de la fobia a los dípteros: lápiz azul de los que distribuía la ANEP 20 años atrás; lata de café modelo 80; almanaque 1985 de Conaprole; varios billetes de N$ 100; pelota del año 1975; termómetro comfortmeter de posguerra; campera como la de Mujica con tantos años como él y, para resumir, una crema curativa pronta para pruebas de resistencia a la humedad.

El tesoro estaba a la vista. Sólo que no había reparado en él ni en que, por su impecable estado, podría ser parte del acervo de un museo del futuro. Me pregunté por qué conservar esas antigüedades cuando todas habían sido sustituidas por su correlato moderno. De hecho, la mayoría conforma un altar de adornos de mal gusto y aún así se les confirió un estatus, por lo menos en mi familia, de reliquias intocables. Es bien sabida la confianza que hay en que todo pasado fue mejor. Y yo la comparto. Pero levanté esa bandera por otra causa. Escuché en la radio que una perra llamada Sofi distingue las órdenes “busca pelota” y “busca palito” con un toque en el teclado de sus dueños científicos. Qué bronca, todavía me parece bien el escepticismo tecnológico. Prefiero la época en que los perros hacían caso a los amos sin que se supiera que su proceso cognitivo es refinado. Me gustan esos misterios. Fíjense que de haber tenido GPS, el lobito que vi hace unos días nunca se hubiera acercado a la costa de La Floresta.

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