Estudiantes emprendedores
El director de la incubadora Ingenio, Rafael García, repasa las diferencias entre un proyecto de fin de carrera y un proyecto de emprendimiento
La mayoría de las incubadoras de empresas pertenecen a universidades. Esto es lógico pues los institutos de educación superior son –muchas veces– el lugar ideal para nutrir el caldo de cultivo emprendedor. Los estudiantes constituyen una fuerza vital que muchas veces se canaliza con éxito a nuevos emprendimientos.
Otra fuente de emprendedores universitarios son los propios académicos, que impulsan al mercado desarrollos científicos o tecnológicos surgidos de su propia actividad. De esto último, en Uruguay no hemos visto casi nada aún; aunque sí contamos con muchas historias de éxito de proyectos de estudiantes que se han convertido en empresas exitosas.
Unos cuantos “proyectos de fin de carrera”, “tesis”, “planes de negocios”, “proyecto integrador” luego se transforman en emprendimientos. Junto con las universidades y sus pre-incubadoras, desde Ingenio trabajamos para ayudarlos y apoyarlos en ese proceso.
Con el tiempo hemos aprendido que hay algunas diferencias importantes entre un proyecto de fin de carrera y un proyecto de emprendimiento. Conviene compartir estos aprendizajes.
El proyecto de fin de carrera (u otros nombres parecidos, citados arriba), es un requisito académico, usualmente el último antes de la ansiada graduación.
En todos los casos, las dificultades están muy bien acotadas, así como los plazos para ejecutar. También los beneficios están acotados: no es posible obtener más de un 12 o 100 puntos, según el caso. El esfuerzo dura un semestre, o un año, llega ‘la entrega’, la ‘defensa oral’ y luego ya está: harina y huevos, a cortarle el pelo al novel profesional, y el resto es historia. Con pocas variaciones, esta historia se repite –felizmente– decenas de veces cada año en todas las carreras y universidades.
En un emprendimiento, nada de eso es verdad. Los plazos son inciertos, las dificultades aparecen a lo largo del camino inesperadamente, los costos –en términos de esfuerzo de los emprendedores– son imprevisibles a priori. Los beneficios pueden ser mucho mayores, claro está, tanto para los emprendedores como para la sociedad.
Las diferencias tienen enormes implicancias para los grupos humanos involucrados. Es extremadamente diferente conformar un grupo que jugará con reglas muy claramente establecidas, durante un tiempo bien definido y limitado; versus una situación en la que el grupo enfrentará dificultades diversas y cambiantes, durante un plazo ilimitado.
He tenido la suerte de ver equipos emprendedores en el aula, pasar por la pre-incubación, incubación, y luego llevar adelante una empresa exitosa; y en algunos de esos casos la cohesión del grupo se mantiene y se afianza en el tiempo.
Tristemente, también he visto otro escenario: uno donde personas que juntas obtuvieron “100 puntos y felicitaciones de la mesa”, luego no funcionan como equipo empresarial y amistades de larga data quedan por el camino.
La vida es así. Creo que ayuda a los potenciales emprendedores a que comprendan las diferencias entre un proceso y otro. Y de esa forma vayan descubriendo las vicisitudes del camino de emprender.