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"En 1977 en Inglaterra, y aún antes de asumir el poder, comenzó a gestarse una clase social conocida como ‘los millonarios de Margaret Thatcher’. No era una clase social en realidad sino una minoría que comenzaba a padecer de una fiebre consumista insaciable”, dice parte de la sinopsis de La fiesta de Abigail de Mike Leigh. Pero tal descripción no le hace justicia ni al texto ni a la magnífica puesta de Jorge Denevi, ganadora de cinco premios Florencio en 2013, que este mes volvió a las tablas del Teatro Circular.

“Yo les decía a los actores mientras los dirigía que Mike Leigh es como un Ingmar Bergman de la clase obrera”, comentó Denevi en 2012 en entrevista con El Observador ante el estreno de Éxtasis, también de Mike Leigh, con la que el uruguayo obtuvo en 2012 el premio a mejor espectáculo y a mejor director (en 2012 compartió ambos premios con la puesta de Mario Ferreira de Terrorismo y en 2013 con Las descentradas, de Mariana Percovich). La frase de Denevi parece hacerle más justicia a la obra: pues La fiesta de Abigail parte de la comedia pero se enraíza en un contexto dramático que trasciende, como las obras de Bergman, una situación sociocultural y política específica para calar hondo en la psicología de las relaciones humanas.

Por eso se siente tan cercana y actual. Esto es muy bien captado por la puesta de Denevi, amén de la muy buena recreación de escenografía y vestuario y las marcas de época de la obra. Porque más allá de la intencionalidad grotesca de las situaciones y los personajes, la obra pone a flote temas como la infelicidad marital, la hipocresía, la violencia doméstica, la frivolidad, el materialismo y el individualismo.

De la cortesía a la agresión

El título de la obra habla de una fiesta pero en realidad el texto remite a dos: una que nunca aparece en la escena, pero que pivota continuamente en la otra, que es la de una adolescente llamada Abigail, y la segunda, que es la que realizan la madre de la joven y sus vecinos, mientras esperan que la de Abigail termine.

El elenco está compuesto por la pareja anfitriona (Paola Venditto y Moré), un matrimonio que acaba de mudarse al edificio (Mariana Lobo y Claudio Castro) y Susana (Denise Daragnés), la madre de la joven.

Lo que en un principio pretendía ser una reunión social divertida, pronto se transforma en una guerra, al principio sutil, luego desatada, entre la pareja anfitriona, al estilo de ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, al tiempo que el matrimonio concurrente no se queda atrás con sus despliegues más sutiles de violencia y desprecio.

En ese fuego cruzado queda el personaje de Susana, quien contrasta por su carencia de dotes sociales con los demás, pero también por su rechazo a formar parte del desfile de poses y verborragias impunes de sus compañeros de reunión, marca de una clase social más acomodada, pero también más reprimida.

Mientras los adultos se preocupan por controlar la fiesta de los jóvenes, lo que queda en evidencia en realidad es el fino hilo que separa la tragedia de la cotidianeidad. Es brillante la forma en que la cortesía se transforma en un acto de violencia, como cuando la anfitriona sirve tragos y canapés como si se tratara de engordar a los cerdos o cuando el anfitrión le pregunta imperativamente a Susana una y otra vez si está bien.

La obra también juega de forma muy interesante con las dicotomías entre lo culto y popular, y entre lo formal y lo informal, algo que se ve en la pareja interpretada por Venditto y Moré, cuyo personaje intenta diferenciarse de su mujer haciendo alardes culturales. El punto de quiebre se da cuando el personaje se para sobre el sillón a tararear enajenado a Beethoven, en una de las escenas más desopilantes de la puesta.

Pero más allá del texto, lo más disfrutable de la obra son sus actores, quienes obtuvieron un merecido Florencio al mejor elenco, además de los galardones de mejor actor y actriz de comedia para Moré y Venditto. Quien también hubiera merecido un premio personal es Mariana Lobo, la que más risas se lleva del público, con su hilarante construcción de una enfermera con una falta total de empatía, tan naive como hiriente, y cuyas carcajadas de vacuidad continúan resonando en el espectador hasta mucho después de la función.

Pero, en definitiva, La fiesta de Abigail es una muestra de lo bien aceitado que está el elenco del Circular y del buen trabajo de Denevi, que entrega una puesta redonda, profunda y, sobre todo, muy divertida.

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