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Ya el hecho de ser el primer papa sudamericano generó una revolución en la Iglesia Católica. No por cuestiones estadísticas sino porque desde Roma se envió un mensaje de apertura, estratégico, para fortalecer la institución y con la intención de acercarse más al continente donde reside la mayor porción de fieles, pero también donde el Vaticano ha cedido terreno a manos de otras religiones.

Un papa argentino era toda una novedad y también un desafío, tanto para Jorge Bergoglio como para la Iglesia. Porque desde la elección de su nombre, Francisco, hasta las últimas declaraciones, el papa ha marcado una línea de conducción que rompe con los esquemas. Durante la semana que pasó, una extensa entrevista realizada por un periodista italiano dejó nuevas huellas de su repertorio.

Francisco es sinónimo de simpleza, de cercanía con la gente y así lo expresa cuando define el rol que quiere para la Iglesia: “Una iglesia pobre, para los pobres”.

Rápidamente su carisma cautivó a los católicos y sorprendió a quienes no lo son. Mostró gestos de austeridad con la elección de su atuendo, de su crucifijo y bajó las barreras del protocolo, por ejemplo, paseándose en un papamóvil sin mamparas o deteniéndose para saludar a algún chiquito, ya sea en la plaza San Pedro, en el Vaticano, o en las calles de Río de Janeiro cuando llegó para las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Para los sudamericanos es más fácil entender que es una persona como cualquier otra, que gusta del fútbol, que toma mate y que acarrea con su maletín como lo hacía cuando solo era un sacerdote en Buenos Aires.

Con esa simpleza tiene por delante un papado con grandes desafíos, a los que no le ha escapado en sus discursos o en sus declaraciones a la prensa (ver página siguiente). Si bien Francisco todavía no ha empezado las reformas profundas (recién lleva poco más de seis meses al frente de la milenaria Iglesia Católica), ya ha marcado la línea de su accionar.

En el seno del Vaticano saben que llegó para hacer cambios o, al menos, ajustes. Entre los fieles, la visión de una religión más acorde a sus necesidades, al mundo en el que hoy toca vivir, renueva su esperanza.

Por fuera de ello, la convicción de Francisco, su vitalidad y su decir, también tiene atentos a los referentes políticos del mundo.

En cuanto a lo formal, y a las reformas que se esperan del papado de Francisco, un grupo de ocho cardenales estará encargado del asesoramiento del Sumo pontífice.

El grupo –mencionado como el G8 del papa y cuyos integrantes fueron designados por Francisco– tendrá la responsabilidad de estudiar medidas para hacer cambios profundos en la curia, hoy criticada por ser muy centrista y por su falta de transparencia.

En ese sentido, Francisco ha sido claro al decir que la Iglesia “es demasiado vaticano-centrista” y que “observa y protege los intereses del Vaticano, que son en buena parte intereses temporales”.

Asimismo, el papa sostuvo que el G8 es el inicio de “una Iglesia concebida como una organización no solo vertical sino también horizontal”.

Al referirse al grupo que estará a su lado volvió a mostrar su línea humilde, que bien puede ser espejo de lo que pretende cambiar.

“He decidido, como primera medida, nombrar un grupo de ocho cardenales que sean mi consejo. No cortesanos, sino personas sabias y que comparten mis sentimientos”, sostuvo Francisco.


El Vaticano publica balance de su banco


Entre las novedades del papado de Francisco se encuentra la publicación de los resultados del balance anual del Instituto para las Obras de Religión (IOR), conocido como el Banco del Vaticano, cuyo secretismo le había llevado a ser incluido en “la lista negra” de las instituciones financieras. Si bien esto estaba previsto desde antes de la renuncia de Benedicto XVI, llega en momentos en que Francisco goza de gran popularidad. El balance declara un beneficio neto de € 86,6 millones en 2012, de los que € 54,7 millones van a las arcas de la Santa Sede. El nuevo presidente de la entidad, Ernst von Freyberg, explicó que “el IOR está comprometido en un proceso de exhaustivas reformas”, que “incluye la implementación de estrictos procesos contra el blanqueo de capitales y la mejora de nuestras estructuras internas”.

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