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Una plácida casa de veraneo sobre un lago alpino. Dentro, una pareja con su hijo pequeño. Vida apacible, familiera, plácida en el disfrute de una naturaleza conmovedora. De pronto, alguien golpea la puerta. Se trata de un muchacho bonachón y amable que junto a un amigo busca una pelotita de golf. El peor error de esa familia fue dejarlos entrar.

Lo que sucede después es tan fuerte visualmente que muchos espectadores quedaron prendados de violencia explícita y psicológica que el filme despliega (mutilaciones de diferente calibre y asesinatos incluídos), mientras muchos otros directamete no pudieron soportarlo y, o bien se levantaron de la burtaca del cine o bien apagaron el televisor.

Se trata de Funny games, película de 1997 del director austríaco Michael Haneke, quien a partir de esta película no solo puso su nombre entre los nuevos autores sino que dividió las aguas cinéfilas entre amantes y detractores.

A partir de entonces, los fanáticos se pusieron a buscar sus películas anteriores (no muchas, ya que había empezado a filmar en 1989) y cada nuevo filme estrenado del austríaco generaba una pequeña repercusión en la comunidad de críticos y expertos en el séptimo arte.

El golpe masivo llegó en 2009, cuando su película La cinta blanca obtuvo de manera sorpresiva la Palma de Oro. Solo tres años después, en la edición 65º que culminó este domingo pasado, Haneke lo hizo de nuevo. El jurado presidido por el italiano Nanni Moreti premió otra vez al austríaco por Amor (titulada originalmente Amour), una historia protagonizada por Jean Louis Trintignant y Emanuelle Riva que cuenta la historia de una pareja de octogenarios que debe enfrentar el inevitable final de sus vidas.

Tanto fanáticos como contras concuerdan objetivamente que Haneke se propone contar historias incómodas. Si Funny games representó un extremo de su filmografía, su cine posterior continuó explorando los aspectos más oscuros de las relaciones humanas.

Los conflictos con inmigrantes están de manifiesto en Código desconocido, con toques de violencia que se vuelven duros porque son muy reales y creíbles. En La profesora de piano la represión sexual de la protagonista detrás de su fachada de corrección social genera a la vez lástima y asco, empatía y rechazo, y finalmente, morbo. En El tiempo del lobo, una niña sobrevive a un cataclismo posapocalíptico.

Caché introduce la incomodidad en forma de mensajes extraños y misteriosos. Un hombre recibe en la puerta de su casa unos dibujos en apariencia infantiles que muestran a una figura humana con una mancha roja en la boca. Luego llega a sus mano un video y todo se complica: llega la violencia en forma de secuestro infantil y el pasado del protagonista acude a esa casa como una condena griega.

La cinta blanca describe una comunidad rural en la Alemania previa a la Primera Guerra Mundial donde se produce una serie de misteriosos accidentes. La rigurosidad del blanco y negro funciona como diálogo entre opuestos, entre la pureza y la inocencia de la blancura y la ominosa oscuridad de los sentimientos de los personajes.

El argumento puede variar pero la constante de la obra de Haneke es primero la ronda entorno a un secreto, la explosión violenta (física o simbólica) para concluir en una visión desnuda y descarnada, escarbando en la llaga de aquel secreto.

Nacido en Alemania pero criado desde niño en Austria, Haneke bien podría ser el director de la versión en cine del secuestro de su compatriota Natasha Kampusch: la sordidez en el confort de la vida europea.

Variaciones de Georg y Ana
Una particularidad dentro del autoral cine de Michael Haneke es que en casi todas sus películas los personajes principales son parejas y sus nombres son Georg y Ana. Salvo La profesora de piano, basada en su compatriota ganadora del Nobel de Literatura Elfriede Jellinek, el resto de las películas de Haneke tiene guiones escritos por el propio director. No importan las circunstancias particulares de la historia: siempre Georg y Ana sufren los demonios de las creaciones del director.

El rol femenino es fundamental en Haneke y se ha valido de los rostros de dos actrices francesas a las que ha tratado como auténticos fetiches: Isabelle Huppert y Juliette Binoche. Ellas dos fueron indistintamente Ana en los argumentos salidos de la cabeza creativa del austríaco.

De alguna forma, Amor puede funcionar como la versión final de esa relación en paralelo de las películas de Haneke.
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