Homenaje al último gran poeta del tango
La Filarmónica de Montevideo y artistas como Alberto Magnone y Tabaré Leyton se presentan hoy en un concierto en honor a Horacio Ferrer, fallecido en diciembre
"Nací en Montevideo y fue a media mañana. Mamá tan porteña, papá tan oriental. Renacido en el medio del Río de la Plata, me acunó en sus milongas la noche tutelar. Moriré en Buenos Aires". Con esas palabras Horacio Ferrer cerró la entrevista que le hice para El Observador en enero de 2014, días antes de que se estrenara en el Sodre su espectáculo Dandy, el príncipe de las murgas.
Esas palabras quedaron repicando en mi cabeza, mientras mis ojos se humedecían sin que la vergüenza pudiera evitarlo. Sabía que estaba frente a una de las personas más luminosas que había entrevistado en mi vida y pese a que ese hombre de hablar pausado, sonrisa perenne y flor en el ojal parecía recubierto por un halo de vitalidad, intuía que con sus 80 años que no habría un nuevo encuentro.
Ferrer murió el 21 de diciembre de 2014 en Buenos Aires, como él había previsto. Se llevó consigo una existencia envidiable, en la que se convirtió en uno de los máximos poetas e historiadores del
tango en ambos márgenes del Río de la Plata. Una vida que desde su niñez incluyó este género musical y la poesía, ya que en su familia había varios tangueros y su madre había sido discípula de Alfonsina Storni.
"Nací en Montevideo y fue a media mañana. Mamá tan porteña, papá tan oriental. Renacido en el medio del Río de la Plata, me acunó en sus milongas la noche tutelar. Moriré en Buenos Aires", había dicho Horacio Ferrer a El Observador
Luego vinieron sus infinitas noches de bohemia, con el Polaco Goyeneche y
Aníbal Troilo, su dupla creativa con Astor Piazzolla y la fundación del Club de la Guardia Nueva y de la Academia Nacional del Tango de la República Argentina, entre otros logros. El más recordado de ellos es la escritura de
Balada para un loco, pero para Ferrer el trabajo que le dio más orgullo era otro: los versos que le escribió a la mujer que lo acompañó durante más de tres décadas, su adorada Lulú.
Ferrer dejó una obra muy vasta, parte de la cual estará presente en el homenaje que este lunes a las 19.30 horas varios de sus amigos le realizarán en el Teatro Solís. Álvaro Hagopián dirigirá a la Orquesta Filarmónica de Montevideo, que interpretará temas del poeta uruguayo con
música de Piazzola. Además, participarán del concierto Amelita Baltar, Tabaré Leyton, Néstor Vaz, Alberto Magnone y Jorge Nocetti.
Un hombre bueno
Leyton compartió con Ferrer cinco años, pero le bastaron para que el poeta transformara su vida como con una varita mágica. Lo conoció en Buenos Aires, antes de su debut discográfico, cuando fue invitado por el sobrino de Troilo a cantar La mariposa, un tema que Ferrer amaba. Al regresar a Montevideo lo sorprendió una llamada: era Ferrer invitándolo a cantar en la Academia Nacional del Tango de Argentina. "Volé para allá, para mí era algo inalcanzable", contó Leyton a El Observador.
"Otra cosa maravillosa que hizo Horacio por mí fue vincularme con Alberto Magnone, del que ahora soy un gran amigo. De hecho, la última gira europea la hicimos juntos", dijo Leyton.
El cantante homenajeará en el concierto a Ferrer interpretando el tema El murguista, presente en su disco Charrúa, y un tema que en Uruguay solo lo cantó cuando se realizó en el Solís el homenaje por los 80 años a Ferrer. "Se llama Milongones montevideanos y tengo el orgullo de ser el último cantor al que Horacio le escribió una canción. Es de Alberto Magnone y de él", agregó.
Para Leyton, Ferrer fue "el último gran poeta del tango", y quien incorporó el surrealismo en este género. "Ahora que ya no está, aparecen muchas voces para hablar sobre él. Pero en vida en Uruguay nunca se lo tomó en consideración, sí en Buenos Aires y en Europa, donde era una eminencia. Espero que ahora nos demos cuenta de que hubo un uruguayo que trajo poesía nueva en la segunda mitad del siglo XX y que es de una calidad maravillosa", sostuvo el cantante.
Pero, por sobre todas las cosas, afirmó Leyton (y quizá allí radicaba la magia que Ferrer irradiaba), el poeta fue "hombre bueno, que no mostraba miserias ni envidias".