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Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

Estamos ante una coyuntura delicada y el gobierno está encerrado en un dilema: evitar una inflación de dos dígitos o mejorar rápido la competitividad.

La inflación es un fenómeno monetario; nace de un desbalance entre el crecimiento de la producción de bienes y servicios y el crecimiento del circulante de billetes y otros medios de pago. Si el PIB crece 5% y la emisión de billetes crece 5%, no habrá inflación, no importa lo que pase con el dólar, el petróleo o las lechugas.

Hace mucho que el gobierno no acierta en materia de inflación: prometen un rango meta y no cumplen. Con eso su credibilidad en este tema, se ha deteriorado. La inflación se les escapó siempre al gobierno por una razón sencilla: gastó de más.

Si los pesos recaudados por impuestos, que fueron muchos más que los proyectados en los presupuestos nacionales gracias a los buenos crecimientos del PIB (el famoso "espacio fiscal" de Astori), hubiesen alcanzado para cubrir los gastos y el resto se hubiese pasado a dólares para bajar deuda externa, no habría habido problema de inflación y habríamos tenido un mejor tipo de cambio real (por mayor demanda genuina de dólares a comprar con pesos sobrantes de impuestos).

Esto es lo que corresponde a una gestión de buena factura técnica en tiempos de boom económico. En vez de eso, el gobierno gastó los pesos excedentes de impuestos y más todavía, generando alto déficit fiscal. Por eso emitió más pesos que los correspondientes al crecimiento del PIB y por eso se le fue la inflación.

Para tratar de retirar esos pesos excedentarios del mercado emitió letras de regulación monetaria en pesos a altas tasas de interés (para "esterilizar", como se dice en la jerga financiera), con lo que en el pasado derrumbó al dólar (era más rentable colocarle pesos a tasas altísimas al gobierno que tener dólares y porque además los agentes traían dólares del exterior sólo para vender en plaza y ganar esas súper tasas en pesos). De paso, esos intereses en pesos agrandaban el déficit fiscal a cambio de nada y hablamos del equivalente a cientos de millones de dólares anuales.

En resumen, este equipo económico no logró dominar la inflación cuando sobraban impuestos y era fácil controlar la emisión monetaria sin generar caída de la actividad, porque el sector privado venía volando.

Lamentablemente, como cuando el pastorcito gritaba "lobo", la credibilidad perdida juega en contra de un buen deseo. Es cierto que tener una inflación baja es clave. Pero para lograrlo de verdad y no de palabra, hay que bajar el gasto y este Presupuesto Nacional trae un aumento de 1.100 millones de dólares para los próximos ejercicios, que se suponía debían ser especialmente austeros por las perspectivas mundiales y regionales difíciles.

¿Bajar la inflación gastando más? ¿Bajar la inflación pidiendo a los privados que no suban los precios por favor? ¿Bajar la inflación apretando el tipo de cambio? No me cierra. Esas medidas heterodoxas pueden dar algún mes de tiempo, pero si vemos a la inflación como un árbol que crece demasiado, la solución no es podarle las ramas (tocar precios, dólar, etc.) porque rebrotará y con más fuerza, sino cortarle la raíz (el exceso de gasto y emisión) porque así no crecerá más.

Y si miramos la situación como una guerra, es difícil creer que este mismo Estado Mayor, que perdió cada batalla contra la inflación cuando sus fuerzas estaban intactas, ahora logre un éxito cuando sus recursos están debilitados.

Hay que bajar la prioridad del combate a la inflación a un segundo plano y darle preferencia a la mejora acelerada de la competitividad. De esta forma podremos luego entrar en un círculo virtuoso: más competitividad, más crecimiento, más impuestos recaudados y nueva chance para atacar con éxito la inflación manteniendo el gasto por abajo de la nueva y mejor recaudación.

Para mejorar la competitividad hay que dejar que el tipo de cambio avance más rápido y hay que bajar costos en toda la línea al sector privado. Un camino interesante es bajar el precio de los combustibles, al menos para la producción (¿recuerdan el gasoil productivo?). En el mundo el gasoil a la producción le bajó 30% y arrastró a muchos agroquímicos que son sus derivados.

Hay que bajar el gasoil fuerte para usos productivos, hay que dejar ir al tipo de cambio hacia un nivel del orden de 32 a 35 pesos en pocos meses y reducir otros precios como la energía eléctrica. La inflación de esta forma no bajará a un nivel razonable del 2% al 5%, pero tampoco volará al 20%; y las presiones alcistas en precios y salarios en un momento difícil se podrán soportar porque la alternativa es caída de ventas o pérdida de empleos.

Si no se acepta este cambio de rumbo, el ministro Astori se parecerá cada vez más al ministro Arismendi del final de la época militar, porque la realidad siempre es más fuerte que las palabras.
Temas:

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