La aristocracia francesa de la segunda guerra en una nueva novela
Son cosas que pasan, de Pauline Dreyfus, denuncia las miserias de aquella época
Aunque ya contada mil veces, la historia de la conquista de
Francia por parte de la
Alemania nazi sigue fascinando a los europeos, que no paran de revisar su pasado reciente, quizás para no tropezar otra vez con la misma piedra. La rapidez y eficacia de la campaña militar alemana, el desfile de las tropas vencedoras por las calles de París y los años de ocupación, dejaron una huella indeleble en los corazones.
Son cosas que pasan, de Pauline Dreyfus, viene a demostrar una vez más que la historia oficial nunca está escrita del todo, que siempre hay espacio para una nueva mirada. En este caso, a través de la vida de la princesa Natalie de Lusignan, la autora aborda un tema no demasiado tratado en el plano literario: el papel que jugó la aristocracia francesa durante los años de ocupación y el gobierno títere de Vichy.
La
novela, muy bien escrita y dinámica, se divide en tres partes bien nítidas: el entierro de la protagonista, que funciona como prólogo ya que la obra va luego hacia atrás en el tiempo, los años de autoexilio en Cannes y el posterior regreso a París.
El comienzo es magnífico, ya que Dreyfus logra en apenas cuatro o cinco páginas situar al lector en el contexto histórico al tiempo que muestra la decadencia absoluta de una clase social en extinción, que asiste al velatorio de uno de los suyos más por obligación que como gesto verdadero de solidaridad.
Contada desde la perspectiva del encargado de la casa funeraria, la escena es memorable ya que narra a través de los ojos de un hombre que lo ha visto todo, la pérdida definitiva del brillo de antaño de una clase privilegiada que solía mirar a todos los demás, incluida la alta burguesía francesa, por encima del hombro.
La primera parte de la novela comienza cuando todo el mundo huye hacia las provincias "libres" del sur de país, incluida Natalie y su familia. La autora explica el momento: "En la zona no ocupada, nada más firmarse el armisticio de junio de 1940, todas las mujeres estaban disponibles. Donde resultaba más manifiesto era en la Costa Azul. Durante unas semanas, entre Niza y Marsella, entre Menton y Montecarlo, reinó en el aire una urgencia que movía a la gente a pasárselo bien a toda costa antes de la postrera catástrofe: la llegada de los bárbaros".
Todo lo que sigue vale la pena, ya que la descripción de las costumbres y la mentalidad de una aristocracia orgullosa de su sangre azul y de sus árboles genealógicos interminables, es soberbia por donde se la mire.
Lo fundamental es que todo se cuenta desde la naturalidad más absoluta, desde el comentario racista o clasista hacia los demás, hasta las payasadas más ingenuas, propias de una clase social que maneja sus propios códigos en cuanto a lo ridículo y la diversión.
Es fantástico cuando se narra cómo Natalie le cuenta todas las noches el mismo cuento a una de sus hijas, que es el asesinato público mediante apuñalamiento de un pariente lejano, el estirado Duque de Berry. Todos los días, además, le cambia un poco el final de la historia, que va de lo macabro a lo hilarante según el ánimo de la relatora.
La segunda parte contrasta con la primera ya que se cuenta el drama personal de Natalie, que descubre que es hija bastarda y además judía. Incapaz de aceptar esa condición a pesar de que su impávido marido la perdone con un "son cosas que pasan", la otrora princesa vive un descenso a los infiernos, aderezado con recurrentes pinchazos de morfina que consigue en el mercado negro de París.
Son cosas que pasan, con su hábil mezcla de novela histórica y epopeya personal, logra ser bastante más que un panfleto de denuncia.