La era de los inocentes
En internet hay tantas verdades como usuarios, lo que significa que la verdad no tiene sentido; es una de tantas voces entre el griterío
La verdad no existe en estado puro. Tiene que limitarse, definirse, tiene que referirse a una realidad determinada. Siempre será relativa a un sistema, a una cultura, a un acuerdo colectivo. Si no existe ese acuerdo, no hay verdad que valga.
Hay una suerte de acuerdo, hasta cierto punto, en una mayoría de las sociedades, en que la democracia es el ámbito en el que deben enfrentarse las ideas. En ese terreno, el de la
democracia, la manera de lograr que el sistema funcionara era mediante una ciudadanía bien informada, que tuviera los elementos como para decidir qué tipo de gobierno prefería.
Ahí es donde entraba a tallar el periodismo, esa suerte de historia del presente, difundido a través de diversos medios a los que la gran mayoría tenían acceso. Hasta hace un par de décadas, las fuentes de información de la ciudadanía eran muy similares. Lo que cambiaba era la manera de entenderlas.
Y entonces se impone la presencia de la world wide web, cuya traducción literal es "telaraña mundial".
Una red de tráfico de datos a través de miles de millones de computadoras en el mundo, a la cual tiene acceso más de la mitad de la población del planeta y un porcentaje muy superior en el mundo occidental.
La idea es que sería un camino de libertad, en el que cada uno pudiera beber del conocimiento universal, y hasta cierto punto todavía queda algo de ese espíritu idealista de los comienzos. Ahora nos es posible hacer las preguntas nosotros mismos y obtener respuestas de diversa índole, en lugar de escuchar las preguntas que hacen los periodistas y las respuestas que obtienen.
Esa libertad, sin embargo, ha producido un efecto perverso. Internet se divide en una serie enorme de parcelas, en las que cada uno encuentra las respuesta que quiere. El periodismo tiene reglas y requiere una formación profesional a quienes lo ejercen. La información a través de internet, no.
Ahora, en el mundo entero, ya no se trata de un Día de los Inocentes, sino que vivimos "la era de los inocentes" y la broma no tiene gracia ninguna
Es cierto que el periodismo se manifiesta a traves de la web y que busca competir con el caudal enorme de falsedades que se genera a cada instante, pero la lucha es tremenda. Las consecuencias de una derrota de la objetividad y el análisis de los hechos, frente a la impunidad de las mentiras repetidas una y mil veces, sería el final del experimento de la democracia como sistema de gobierno que conduzca al bienestar de la mayoría.
El efecto más irónico de internet es que ha provocado el aislamiento de las personas, en lugar de la unión. Ya no hay una cultura dominante en una región en particular, sino muchísimos grupos que comparten información muy distinta sobre la realidad, gente que entiende por "realidad" cosas muy distintas.
Y si a eso se le agrega el hecho de que las grandes redes sociales buscan darle al usuario lo que más le gusta y le interesa, se logra un mundo más aislado todavía, ya que nadie aprende nada nuevo, sino que recibe la información que más le agrada y que menos le incomoda.
El fenómeno ya se aprecia con toda claridad en
Estados Unidos, donde el periodismo con intención objetiva es una de las tantas opciones que tiene la ciudadanía. En las últimas elecciones presidenciales, la mayoría optó por ignorar las advertencias que hacía ese periodismo y dar crédito a los "hechos alternativos" que aparecían en sus pantallas de celular, tablet, laptop o desktop.
El 28 de diciembre, Día de los Inocentes, se solían publicar informaciones falsas, totalmente descabelladas y apocalípticas en la tapa de algunos medios uruguayos, para después aclarar, al final de la nota dentro del diario, que era una broma. Se decía: "Que la inocencia les valga".
Ahora, en el mundo entero, ya no se trata de un día, sino que vivimos "la era de los inocentes" y la broma no tiene gracia ninguna.