Las ceremonias institucionales de la asunción de Luis Lacalle Pou como nuevo jefe de Estado enaltecieron la calidad de nuestra democracia y mostraron la robustez de nuestro sistema republicano de gobierno.
Las ceremonias institucionales de la asunción de Luis Lacalle Pou como nuevo jefe de Estado enaltecieron la calidad de nuestra democracia y mostraron la robustez de nuestro sistema republicano de gobierno.
El inicio de un nuevo período de gobierno, y además de cambio del partido político en el poder, nunca es una tragedia desde el punto de vista institucional. Muy por el contrario, siempre es motivo de celebración porque es una demostración viva de una democracia madura, que es necesario cuidar hasta en los protocolos más nimios del cambio de poder.
Y ayer el país exhibió una vez más su alto estándar democrático y su sabiduría republicana.
Destacamos, en particular, el mensaje del nuevo presidente en su discurso inaugural en la Asamblea General así como sus gestos con su antecesor, Tabaré Vázquez, a quien le mostró gratitud por la tarea realizada.
Tuvo palabras muy adecuadas para los desafíos de un país que muestra una polarización y una fragmentación política que son muy retadoras para la gestión del gobierno.
Lacalle Pou reconoció el reto de liderar un gobierno de cinco partidos y reiteró que su gestión será de diálogo con todos, incluyendo a la oposición y a la sociedad civil organizada.
Pero precisó que impulsará un “diálogo con acción” porque la ciudadanía votó mayoritariamente por un cambio. Ello no supone que estará al frente un “gobierno fundacional” –que llega con la idea de arrasar con todo–, sino con la actitud de continuar lo que se hizo bien, intentar mejorar lo que se hizo mal y concretar las reformas largamente postergadas.
El mensaje del presidente fue muy claro en el sentido de que el diálogo, que está en sintonía con la “unión” que reclaman los ciudadanos, no puede ser una excusa para frenar las reformas, que él prometió sin ambages en la campaña electoral y por las que recibió el apoyo en las urnas.
No hubo mayores sorpresas en su intervención en relación a lo que prometió en la campaña electoral y que gran parte se recoge en el anteproyecto de ley de urgente consideración que evalúan los partidos integrantes del gobierno.
Planteó el conjunto de reformas tendentes a mejorar la competitividad del país y hacer frente al deterioro de la situación económica: mejora de las cuentas públicas –que sufren el deterioro más grande de los últimos 30 años–; una regla fiscal; una racionalización de los “recursos” del Estado; y la reforma urgente del sistema de seguridad social. Y una mayor apertura comercial bajo el paraguas del Mercosur como parte de la estrategia de crecimiento económico.
Reiteró sus ideas para mejorar la seguridad pública, así como el combate de las causas de la exclusión social que distorsionan la natural “convivencia pacífica”. También insistió con las grandes líneas de la reforma educativa que impulsará el gobierno.
A Lacalle Pou le llegó la hora de la verdad que, como él mismo dijo, significa que el tiempo de los discursos deja paso al tiempo de la acción.
El país inicia un período de gobierno con dos compromisos muy fuertes por parte del nuevo jefe de Estado que queremos destacar: austeridad en la gestión y la meta de que al final del mandato los uruguayos seamos “más libres”.
Son retos enormes, si se convierten en realidad, el país podrá dar un gran salto para mejor fortuna de las próximas generaciones.