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Corría el año 1978 y Tess Gallagher, con 35 años de edad y dos libros de poesía publicados, conocía a Raymond Carver, uno de los escritores estadounidenses más importantes del siglo XX y uno de los mejores exponentes del “realismo sucio”, el movimiento literario surgido en Estados Unidos en la década de 1970 y que cuenta en su nómina de autores con monstruos como John Fante, Charles Bukowski, Richard Ford y Tobias Wolf.

Nadie que haya leído De qué hablamos cuando hablamos de amor puede olvidar que sus frases cortas y penetrantes se parecen más al uppercut de un boxeador que a palabras que le dan vida a personajes sumergidos en el tabaco y la ginebra.

El punto es que Carver fue el tercer marido de Gallagher y fue quien la animó a escribir ficción en prosa. El amante de los caballos, que reúne doce cuentos, fue el primer fruto de aquel estímulo, algo que se percibe en cada página, sobre todo porque son historias de perdedores o mejor dicho de hombres que no alcanzaron hacer realidad el american dream.

Publicado originalmente en Estados Unidos en 1982, El amante de los caballos se centra en el relato que da título al libro, la historia de un hombre con el don de poder comunicarse con los caballos, don que terminará haciendo que toda su vida gire en torno a eso, olvidándose así de su familia y de una niña que se rehúsa a hablar en voz alta hasta los 11 años. En definitiva, un relato acerca de la identidad familiar y de las consecuencias en el presente de las vivencias de un pasado en el que no faltó el alcohol como punto de fuga para la soledad.

Si bien el argumento de El amante de los caballos es muy distinto de El señor que susurraba a los caballos, el filme dirigido y protagonizado por Robert Redford, se sabe que el cuento de Gallagher es el que inspiró la novela de Nicholas Evans en la que se basó la película.

El resto del libro, de poco más de 200 páginas, Gallagher –nacida en Washington en 1943 y autora de varios libros de poesía, ensayos y cuentos, como Instructions to the Double, A Concert of Tenses y At the Owl Woman Saloon, respectivamente, más el guión cinematográfico Dostoievsky junto a Carver– muestra un abanico de personajes a los que les cuesta vivir, que caen en la marginalidad, que no solo padecen por no tener trabajo sino también por estar inmersos en el alcoholismo o por estar pasando por un divorcio traumático, con deudas y toda clase de desdichas.

Por ejemplo, en El Rey Muerte la autora cuenta la historia de una pareja que debe pasar por una pesadilla diaria: convivir con un vagabundo alcohólico que ha decidido instalarse en el patio de su casa. En Las gafas Gallagher muestra los inútiles e ilusorios esfuerzos que hace una niña para que le receten unos lentes. En El pelele, la poeta reconstruye una crisis familiar en la que la mujer protagonista cambia su visión con respecto al marido, a quien ahora mira como un hombre dulce y bueno.

Pero, por sobre todos estos cuentos, el que lleva el título Chicas es sin duda el mejor y en el que la influencia de Carver se nota más. Se trata de una historia conmovedora en la que una mujer anciana, Ada, visita a Esther Cox, una amiga de la juventud. El punto es que Ada no sabe que luego de todos esos años su vieja amiga está incapacitada y no la reconoce. Pero este vacío en la memoria de Esther desaparece –o la autora hace creer al lector que desaparece– luego de un gesto cargado de ternura y simbolismo: se acuestan la una al lado de la otra y todo eso genera una luz de color verde, un fogonazo de paz que bien puede ser el campo o el pasto de un jardín o lo que sea. Una imagen que parece salida de un poema de William Carlos Williams.

De alguna manera, la narrativa de Gallagher es como una extensión de su obra poética, con algunos temas recurrentes como las dudas acerca de la propia identidad y la realidad casi fantasmal de la existencia del otro.

En El amante de los caballos, conciente o inconcientemente, Gallagher crea una estructura en la que los doce relatos conforman una rara pero contundente unidad, sobre todo porque en la mayoría de los cuentos la narradora plantea un cruce incesante entre el pasado y el presente, con personajes que de uno u otro modo tratan de reinventar sus vidas.

“De súbito percibió un hueco en el color y al mirar vio una ladera con todos los árboles talados. Se llevó la mano a la cara como si le hubieran dado una bofetada. Pero entonces volvió a verlo todo verde y dejó caer la mano hasta el regazo”, describe Gallagher.

Si bien ya han pasado más de 20 años de la ausencia de Carver, Gallagher sigue viviendo y escribiendo en la casa que su marido construyó en Port Angeles, en Washington, donde el escritor murió de cáncer de pulmón a los 50 años de edad. Y está bien que así sea, salvo que no ha logrado nada tan notorio como El amante de los caballos, un libro que ya va a cumplir 30 años.
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