Por Ricardo Peirano
Por Ricardo Peirano
Al momento de escribir estas líneas, no se sabe a ciencia cierta qué pasó en las 90 horas que transcurrieron entre que Sepp Blatter fue reelegido como presidente de la FIFA el viernes 29 de mayo y el martes 2 de junio que anunció su dimisión y la convocatoria a elecciones extraordinarias para elegir un nuevo presidente del organismo. El viernes 29, un Blatter desafiante anunciaba que llevaría el barco de la FIFA a buen puerto y que encararía una profunda renovación del organismo que preside desde 1998. El martes 2 de junio, un Blatter alicaído anunciaba su dimisión, reconocía que "la FIFA necesita una reestructuración profunda", y aceptaba que su quinto mandato, aunque haya tenido legitimidad de origen en la votación del Congreso, carece de apoyo. "No parece que este mandato tenga el apoyo de todo el mundo", dijo Blatter y dado que era impensable ser electo por unanimidad parece referirse a la falta de apoyo (y a veces a la manifiesta oposición) de América del Sur y de Europa, dos confederaciones de mucho peso en el mundo del fútbol aunque con no tantos votos entre las 209 federaciones afiliadas a la FIFA.
Sea por falta de apoyo o por temor de una investigación judicial del FBI que lo ponga en la mira o por una reflexión más serena con familiares y amigos durante el fin de semana, lo cierto es que Blatter cambió su parecer y comprendió, o aceptó, o se resignó a que su responsabilidad como timonel de la FIFA no quedaba a salvo por el hecho de que los escandalosos sucesos de corrupción en la Concacaf y la Conmebol fueran "episodios aislados" de "ciertos individuos", de los que no tenía conocimiento y que no afectaban a la organización.
Blatter parece haber comprendido, por la fuerza de los hechos, que en las organizaciones la responsabilidad suele ir hacia arriba y cuando es algo muy importante solo se detiene en el máximo nivel de gobierno aunque esa persona no tenga un control directo de la situación. Es lo que explicaba muy bien Steve Jobs, el carismático fundador de Apple, cuando hablaba del "umbral de responsabilidad" del que manda. Para Jobs, si la basura de su oficina no se recoge regularmente, se le puede preguntar al conserje cuál es el problema y el conserje podría responder: "Cambiaron la cerradura y no pude conseguir la nueva llave". Es decir, puede dar razones de por qué las cosas no se pudieron llevar a cabo. Pero entre el conserje y de presidente de la empresa, hay una línea a partir de la cual las razones o las excusas no sirven. Para Jobs, esa línea se cruza cuando una persona se convierte en gerente y traspasa el "umbral de la responsabilidad". A partir de ese momento, uno no tiene excusas por el fracaso. El gerente no puede decir: "No pude conseguir la nueva llave". Es su tarea, es su responsabilidad y es su misión conseguir esa llave y tiene, además, los recursos necesarios para conseguirlo. Por eso, las excusas dejan de tener sentido. La responsabilidad del gerente es llevar a cabo la tarea y agenciarse todos los recursos y elementos que necesite. Si no lo logra, no tiene excusas válidas.
Y lo mismo corre para el presidente de una organización no gubernamental como la FIFA, para el CEO de una empresa o para el presidente de un país. Blatter no puede decir que no sabía lo que pasaba en la FIFA aunque los conserjes que allí trabajan sí puedan decirlo. Porque en este caso era responsabilidad de Blatter saber que sí podía haber corrupción dado el volumen de dinero que se manejaba y los poderosos intereses que estaban detrás, y debía, al menos, diseñar organismos de contralor para detectar cuando había fallas sistemáticas, prolongadas en el tiempo y extendidas en muchos países. O podía, también, repartir el poder de forma que fuera más difícil hacer crecer la corrupción.
Pero la FIFA siempre se consideró por encima de las leyes y de hecho consiguió inmunidad de muchas jurisdicciones legales y tributarias locales. Todo se resolvía dentro de la FIFA y aquel que acudía a tribunales ordinarios era expulsado de su seno.
Los hechos de corrupción corresponderá que sean demostrados por la Justicia. Pero el gran pecado estuvo en la concentración del poder y en creerse por encima de todas las normas. Y de ahí la gran responsabilidad de Blatter y de quienes lo ayudaron y acompañaron a lo largo del tiempo. Por eso la "refundación de la FIFA" deberá pasar por la diseminación del poder. Si no, todo seguirá igual aunque con distintas figuras.