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Pesan las botas. Quizás más de un kilo cada una. La caña es tan alta que, a menos que las use alguien de estatura decente, no permite articular las rodillas. Los pasos siempre se dan debajo de un agua gris. El río cloacal medía ayer unos 50 centímetros pero la marca en la roca del colector Rondeau revela que lo normal es que circule sobre el metro. Por suerte, siempre se va de pie. “En otros tenés que ir agachado”, dijo un obrero con aire de superado al oír los quejidos de los periodistas invitados a la actividad por los 100 años de gestión pública del saneamiento de Montevideo.

En estas condiciones, cada paso pesa el doble. El mameluco hace su parte: la piel no respira. El casco hace que se chorree la gota gorda. El aliento es vaho. Y el recorrido por los 1.416 metros del viejo colector entre Rondeau y Galicia y la rambla Sur se prolonga por dos horas.

El piso es de hormigón pero nunca se llega a pisarlo. Lo mejor que se puede hacer es imaginarse que hay arena. La sensación es la misma. El olor, no. La única palabra que puede describirlo es en la que está pensando usted. La forma ovalada del suelo dificulta el tránsito. A veces el túnel se ensancha y se pierde la posibilidad de sostenerse contra el muro húmedo y cubierto de lodos. Ahí es cuando más se teme por las patinadas.

Gran parte de la senda subterránea se camina debajo del granito desnudo. El panorama es igual que una mina e igual de inhóspito. Los obreros horadaron la roca a pico y pala. Les llevó desde 1903 hasta 1906 y no utilizaron dinamita. Julio Horta, director de Servicio de Obras de Saneamiento de la Intendencia de Montevideo (IMM), contó que los obreros perforaron el túnel desde las puntas y no coincidieron por 20 centímetros.

La parte más baja de la bóveda no tiene más de cuatro metros de alto. Cuando se llega a las “bajadas” (o, mejor dicho, las salidas de escape para el que se sienta atrapado) el techo se separa a más de 20 metros del suelo. El colector Rondeau ofrece dos alcantarillas intermedias para la fuga: una en Mercedes y otra en Canelones. Por sus rendijas entran los únicos haces de luz de todo el camino. El resto es oscuridad claustrofóbica. Pésimo lugar para un ataque de pánico.

Arriba ocurre la vida urbana. El colector cruza 18 de Julio a la altura de la Plaza Cagancha. Ningún bocinazo se escucha abajo. El túnel fue excavado allí a más de 30 metros de profundidad.

No hay forma de saber donde se está. No hay ninguna inscripción ni señal ni grabado ni graffiti ni nada. Uno de los consejos de Horta fue seguir siempre el sendero central para evitar que tu apellido fuera el único que no se tachara de la lista a la salida por la estación de bombeo de la calle La Cumparsita.

La descripción de “ciudad invisible” que dio Juan Canessa, director del Departamento de Desarrollo Ambiental, se ajusta a la perfección.

El tramo final pasa al costado del Cementerio Central. Fueron obvios los chistes sobre la jornada de Halloween. Pero los únicos habitantes del colector que reciben al intruso son las cucarachas. Y, frente a ellas, los humanos son minoría; en una relación de uno a varios miles. La buena nueva es que no se asomó ninguna rata.

El hecho más sorprende es que brotan algunas plantas del barro putrefacto. Sobreviven sin luz mientras que captan el alimento de la materia orgánica que proviene de las aguas servidas de la parte central de Montevideo. Si no existiera, el agua gris se volcaría en la bahía.

La IMM no prevé que el colector Rondeau se convierta en un paseo turístico como lo son las cloacas de París pero que sí pueda ser visitado, por ejemplo, durante el Día del Patrimonio siempre que no llueva y siempre que no sople el viento del sur (aunque Horta de primera tranquilizó el cuadro al aclarar que el pasaje nunca llega a taparse de agua). Debido a la magnitud e importancia del túnel, en el año 2005 la Asociación de Ingenieros del Uruguay lo incluyó entre las 100 principales obras de ingeniería construidas en el país. “Es turismo aventura”, bromeó Canessa. Pero no se someterá a la gente a la travesía completa de sudor y hedor sino que la idea es construir una plataforma debajo de Plaza Cagancha para que se pueda conocer un tramo corto. La aventura completa déjesela al Fantasma de la Ópera.

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