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La transformación de las FARC, la guerrilla más antigua en actividad en la región, en un partido político, tiene un significado muy valioso para la paz en Colombia y para el fortalecimiento de la democracia en el país.

Una organización que por más de medio siglo estuvo en los montes y selvas con el fusil al hombro, y cometiendo un sinfín de atrocidades, dejó las armas por las urnas. Un ejército insurgente de 7.000 hombres salió de la oscuridad de la naturaleza salvaje con el propósito de llegar al poder por las reglas de juego que impone un estado de derecho.

"Hemos ingresado a la vida política legal porque queremos ser gobierno o hacer parte de él", explicó Timochenko –Rodrigo Londoño en esta nueva etapa civil– luego de una semana en la que la organización discutió, analizó y aprobó su transformación en un partido político, desconociendo que la lucha armada, que las FARC-EP inauguraron en la década de 1960 bajo el liderazgo de Tirofijo, era también para llegar al poder, aunque por la alternativa socialista cubana.

Pero el hecho no tuvo en Colombia la trascendencia que uno se podía imaginar. Algo similar ocurrió cuando el Congreso aprobó un conjunto de leyes con los que se implementó el acuerdo de paz firmado por el presidente Juan Manuel Santos y el exjefe guerrillero Timochenko.

A la frialdad ciudadana por un hecho que debería haber despertado un aplauso más efusivo –en un país que tiene la cifra de desplazados internos más alta del mundo, alrededor de siete millones de personas, y unos 220 mil muertos por la guerra interna–, se sumaron en los últimos días muchas críticas de dirigentes políticos, incluso de quienes apoyaron el acuerdo de paz, por la decisión del Congreso de mantener su acrónimo de FARC en su nueva etapa de partido político y solo se apearán de la sigla EP (ejército popular), muy significativa para el grupo durante la etapa insurgente.

Es cierto que mantuvieron el nombre FARC, aunque de identificar las palabras Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, ahora identifican a Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.

Lo que debería inquietar no es tanto la permanencia del nombre de la guerra, con toda la carga que ello tiene, sino que hayan ratificado la palabra revolución como signo de identidad, a influjo del sector más radical de la organización, para conseguir el voto de la ciudadanía.

En idioma español una revolución no significa otra cosa que un cambio profundo y violento, en la política y en la economía; o un levantamiento popular. Y con la idea de que proviene del "común", que nace en el propio pueblo. Esto dice mucho más que haber mantenido el nombre de FARC.

¿Por qué no haber identificado la R con la palabra radical en su acepción de esencial, sustancial, primordial, fundamental o básico?

Porque siguen creyendo en la revolución o por lo menos lo que por ahora les da confianza y seguridad para insertarse en la actividad política legal. Y esto debería llamar la atención de todos porque no solo fracasó la toma del poder por la vía armada, sino también las ideas marxistas-leninistas para ejercer el poder.

Cuando se tiene incertidumbre por lo nuevo o inseguridad y miedo ante un mundo desconocido y hostil, uno se refugia en lo que más conoce.

Como reconoció a El País de Madrid la excombatiente Milena Ascanio, que participó en el Congreso de las FARC, en esta nueva etapa no es fácil confiar en la gente.

La sociedad y los partidos políticos deberían hacer un mayor esfuerzo por integrar a las FARC al sistema político.

Y las FARC deberían aceptar que sus ideas políticas fueron solo un sueño por falta de sentido de la realidad y que las experiencias revolucionarias del siglo XX terminaron en una gran tragedia.

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