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Es una buena cosa descubrir que el teatro todavía mantiene rasgos únicos, recursos propios que lo despegan tanto de la literatura como del cine. Y también es una buena cosa que estos cambios se puedan apreciar en una sala de teatro de Montevideo. Esto sucede en la adaptación de Alberto Zimberg de La colección, la obra de Harold Pinter que se puede ver por estos días en el Teatro Circular.

La puesta en escena horizontal que simula una pasarela es un excelente ámbito para que se desarrolle una historia que mezcla tanto los espacios como las versiones que cuenta cada personaje sobre la verdad o la mentira de un hecho sucedido en otra ciudad, hace un tiempo reciente.

La cercanía del público y la forma en que las actuaciones rompen esos pocos metros de distancia introducen al público dentro del hechizo Pinter.

Los hechos

Paola Venditto es Stella, la esposa de James (Gustavo Bianchi). Stella es diseñadora de modas. Sebastián Serantes es Bill, un joven diseñador de modas. Bill vive con Harry, su amigo, posiblemente homosexual. Stella y Bill se encuentran una noche en Leeds, luego de un desfile. Stella regresa de Leeds y le cuenta a James que pasó una noche con Bill. James (cuyo apellido es Horne, “cornudo” en inglés) va en busca del joven con quien su mujer lo engañó, porque quiere conocerlo.

A partir de ahí se cruzan las versiones y los tres hombres quedan atrapados en suposiciones y estrategias para llegar a saber qué fue exactamente lo que sucedió en aquel hotel de Leeds.

“Stella es el disparador. La mujer es el motor, la mujer gatuna, que hipnotiza, que juega con la verdad y la mentira”, dice Alberto Zimberg, el director de la obra, en diálogo con El Observador.

“Es ella quien tiene la verdad. Ahora, cuál fue el motor en ella para disparar todo esto, realmente no lo sé. No importa tanto conocer la verdad, sino lo que generan las hipótesis de los personajes”, agrega.

La adaptación

Los cuatro personajes aparecen desde detrás de un vidrio esmerilado que los deforma y comienzan a desfilar por el escenario que simula ser una pasarela, bajo una música electrónica compuesta especialmente por Federico Deutsch.

En los primeros diálogos la obra tiene un típico inicio de Pinter: el espectador recibe una historia que ya arrancó, que viene de antes.

Entonces se conforman dos espacios diferentes, que representan los dos apartamentos de las parejas, definidos solo por dos mesas ratonas y un par de teléfonos.

El espectador acepta este código espacial y entra en el juego de captar que un par de pasos hacen trasladar a los personajes de un sitio a otro.

Esta elastización de los espacios es la gran variante de la adaptación de Zimberg. Estos terminan envolviéndose cuando los personajes caminan dentro de uno e invaden simbólicamente el otro.

Por ejemplo, James llega al apartamento de Bill y comienza a recriminarle la infedelidad de su esposa con él. Bill se defiende argumentando que es una mentira y que no pasó nada. James camina enojado como un león enjaulado, traspasa la “frontera” de su casa y se coloca detrás de Stella, que está sentada en silencio.

El resultado es estupendo: materialmente entre las palabras de uno y otra está la esposa, lo que produce una nueva gama de matices en la historia.

Pinter planteba la obra con dos espacios diferenciados y un tercer sitio para las llamadas de teléfono. La versión de Zimberg le hace ganar en complejidad y profundidad.

“Pinter me apasiona desde siempre. Mi primera dirección, en 1999, fue El amante, de Pinter. La colección continúa cierta línea de los vinculos y las relaciones entre personajes en espacios cerrados”, explica Zimberg, a quien le interesó esta adaptación porque siente que su tema todavía está vigente: las supuestas infidelidades entre parejas del mundo de la moda y las apariencias.

“Apuntamos a un espectador inteligente, que comprenda el código desde el principio y que luego sea capaz de desdibujarlo”, apunta el director, quien sitúa a esta obra de Pinter en un territorio que el Nobel inglés supo compartir con otros grandes del absurdo, como Samuel Beckett y como Eugène Ionesco.

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