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En la noche del martes, durante el show de Beady Eye en el Teatro de Verano hubo cosas que pasaron y otras que no.

Por ejemplo, hubo mucho rock and roll sobre el escenario. Para los que tenían alguna duda sobre el estado de la voz de Liam Gallagher, las descargas vocales del hombre están recuperadas y suenan de maravilla. Incluso, en sucesivas canciones, pedía que le subieran el volumen de su micrófono.

Donde no hubo sorpresa fue en el orden riguroso de los temas del show. Beady Eye abrió con el open hitter, Four letter word, a pura descarga rockera.

El segundo golpe llegó enseguida, con Beatles and Stones, un homenaje y un desafío en una misma canción. Luego vinieron, mechadas, baladas como The morning son y The roller, rockitos como Millionaire, caricias como For anyone y The beat goes on, rock duro como Man of misery (con propaganda a la marca de ropa Pretty Green incluida), Three ring circus y Standing on the edge of the noise, el punch retro cincuentero Bring the light, o ese tipo de canciones que se podrían definir como “de Oasis”, como Kill for a dream, que culmina con un “la la la” tan pero tan Hey Jude, que varios la corearon. De esta forma, en varios tramos de la hora y media de música, Noel Gallagher estuvo presente como un manto invisible detrás de la música de Beady Eye.

Sí sorprendió la simpatía de Liam. Para los que ya habían visto a Oasis y tenían una imagen de un Gallagher distante y más bien agresivo, insultando desde su propio mundo de estrella, lo que vieron el miércoles fue otra persona.
Porque sobre el escenario hubo muy buena onda de parte del front man hacia el público uruguayo.

Primero tuvo unas palabras para la gente que estaba aferrada detrás del alambrado superior del Teatro de Verano. “Ustedes allá arriba no están aplaudiendo. Eso es bastante grosero”, les dijo, aunque pocos entendieron su tosco inglés. Luego cantó el segundo bis, Son of the stage, embanderado en un pabellón nacional que le tiraron de la platea baja. Y se despidió agradeciendo con una reverencia y un “You’ve been fucking beautiful” (han sido condenadamente hermosos). Quizás el tiempo –hoy tiene 39 años– hizo mella en el rebelde mal encarado, que se calmó, a la vez que recuperó una garganta privilegiada.

Si bien el rock estuvo en escena, en el show de Beady Eye no hubo los clásicos elementos de un concierto por estos lares: no hubo pogo, no hubo olor a sudor, no hubo vino, no hubo mucha cerveza, hubo apenas olor a marihuana. Quizás el hecho de que predominaran las mujeres ayudó a esto. Es raro lo que provocó Oasis –y ahora Beady Eye– fuera de las Islas Británicas, donde es una banda popular: es música que solo escucha la clase media alta.

Liam demostró que el brit pop de los 90 maduró y se calmó, pero sin perder arrogancia, fuerza o convicción. Su forma ruda de atacar el micrófono en cada grito en el Teatro de Verano fue un signo de que el tipo, por suerte, está intacto.
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