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Lo que mata es el gasto

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03 de julio de 2018 a las 05:00

Es común que para evaluar la gestión económica de un gobierno se ponga la mira en el déficit fiscal, porque se considera ese índice como una síntesis de su desempeño y de la seriedad con que se maneja la cosa pública.

Dead wrong, diría Thatcher. Si bien el déficit primario (ingresos del Estado menos gasto público) es un indicador de algún grado de debilidad en las cuentas y también lo es el déficit total, (el déficit primario con los intereses de la deuda incluidos) no se trata de una referencia integral ni mucho menos se puede usar como un predictor de la evolución de la economía.

Cuando el gobierno dice, por ejemplo, que su objetivo es llegar a un déficit no mayor al 2,5% del PIB, (que no cumplirá, de todos modos) plantea una meta que luce encomiable, pero que no dice nada. Porque a esa cifra se puede llegar bajando el gasto en valores absolutos hasta que la cuenta cierre, subiendo los impuestos alevosamente hasta que se logre el resultado deseado o porque la actividad crece y aumenta la recaudación, disminuyendo el peso relativo del gasto.

En otros términos, la meta de déficit no constituye el resultado de un plan. Es apenas un dique para contener los exabruptos. Pero se puede llegar a ese guarismo por varios caminos, inclusive por la suerte, como se ha probado durante 10 años. No es un indicador para el inversor, ni para los factores económicos. Basta ver cómo el PIT-CNT, con la excusa de una mejora de la educación que ha destrozado, pide más gasto estatal y simultáneamente más impuestos, para cumplir la meta sagrada del tope deficitario.

Una pregunta mayéutica, para ejemplificar: ¿qué es mejor, una economía con un gasto del 15% del PIB y un déficit de 5% o una con un gasto de 30% y un déficit de 2,5%? No es muy difícil colegir que la primera hipótesis conducirá a un mayor crecimiento de la actividad privada, la inversión y el crecimiento, que hará que el PIB aumente y la recaudación crezca, reduciendo el desequilibrio tanto en términos absolutos como relativos. Eso dicen todos los resultados estadísticos, sin excepción.

Sin embargo, para quienes creen (o les conviene creerlo) que se debe empujar el consumo como mecanismo de crecimiento, la segunda opción será la preferida, tanto que terminarán por incrementar el gasto del Estado y los impuestos para mantenerse en ese "sano" nivel de déficit. Como ventaja adicional para estos últimos un gasto mayor se contabiliza como aumento del Producto, con lo que, aún sin que se produzca ningún cambio en los fundamentos, la simple aritmética mostrará resultados aparentemente positivos. Por un rato.

Tal es el problema de Uruguay. El gobierno quiere que el déficit no supere el 2,5%. La idea parece seria y prudente. Pero como al mismo tiempo todo el Frente Amplio y seguramente una parte relevante de la sociedad quiere que aumente el gasto y la participación del Estado, la acción de ambos parámetros termina por provocar el aumento o creación de más impuestos e inflación. Con lo que el déficit no aparece como subiendo tanto, pero sube el gasto y/o la deuda. Lo que también aguanta por un rato.

Este mecanismo hace que el real crecimiento dependa siempre de cuestiones exógenas, no del propio esfuerzo, ni de la creatividad ni la industriosidad ni siquiera de la productividad. Eso es más cierto cuanto mayor sea el gasto del Estado. Los recursos privados son absorbidos por el Leviatán y como consecuencia, el ahorro y su simétrico, la inversión, caen, y caen el empleo en serio (el privado) y el bienestar.

Esa misma paradoja es la que hace que para limitar el otro déficit, el comercial, se termine impidiendo, queriendo o sin querer, la apertura al mundo, lo que también conspira contra el crecimiento del PIB, el empleo y el bienestar.

Eso es lo que está aprendiendo luego de dos años y medio de costoso posgrado Mauricio Macri en Argentina, una tragicomedia que Uruguay mira desde lejos, como si no advirtiese ninguna similitud en la esencia del problema.

La explicación de que el mundo se ha vuelto de pronto proteccionista es errónea y se debe a una visión parcial y puntual de la realidad, que no deja ver las oportunidades, una excusa para propender a un proteccionismo local suicida. El argumento de que la tasa de interés de Estados Unidos ha subido, es cierto pero no relevante, como no lo es la apreciación mundial del dólar, que además de temporaria debería ser un estímulo a exportar, no una amenaza. Y también señala que debería haber un tope al endeudamiento alegre. La suba del petróleo –difícilmente permanente– y la baja de la soja, más duradera, no son el verdadero problema sino los factores que evidencian el error ideológico de aumentar impuestos y costos laborales a niveles no competitivos globalmente.

Por eso la meta de déficit, pese a toda la prudencia que implica, no significa demasiado. En cambio, una de las metas de cualquier modelo debe ser mantener limitado el gasto del Estado o bajarlo en términos reales, no relativos a un utópico crecimiento. Otra es la apertura comercial, imprescindible para mejorar la competitividad, el empleo y el bienestar. La tercera es bajar la carga impositiva, no como resultante porcentual del crecimiento, sino al revés, para promover la inversión y el crecimiento.

La idea de que con el crecimiento se baja el peso relativo de la carga impositiva, del gasto y del proteccionismo es una transposición ideologizada y dialéctica de términos. El crecimiento, el bienestar y el empleo vendrán cuando bajen el gasto y la omnipresencia del Estado, la carga impositiva y los costos laborales de todo tipo, no a la inversa. Lo mismo ocurre con el consumo: debe ser una consecuencia de todos los demás factores previos, no una medida o un mecanismo de crecimiento.

Usar el nivel de déficit como único gálibo de la actividad económica es convalidar de antemano el gasto ilimitado y los aumentos de impuestos y deuda infinitos. Que habrá que aceptar como un acto de coherencia del frenteamplismo. Pero que constituye, en esencia, otro número de prestidigitación.

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