La gravedad del revuelo creado por la compra de un avión presidencial no radica en si se justifica o no gastar US$ 1 millón en una aeronave pequeña para viajes oficiales sino en otros dos aspectos. Uno es la inoportunidad de la operación, en momentos en que la opinión pública está adversamente sensibilizada por la sucesión de ajustes fiscales y la percepción popular de que el gobierno no cumple la prometida disciplina en el gasto público. El otro, mucho más serio, es que el descarte reiterado de los fallos del Tribunal de Cuentas de la República (TCR) soslaya la estructura institucional.
Lo sensato es olvidar el avión
El Poder Ejecutivo se equivocó al recurrir a su propia Fiscalía de Gobierno para obtener un dictamen contrario al del TCR