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Hasta la tierra tembló en México ante la noticia del definitivo adiós de Gabriel García Márquez. Tenía 87 años (había nacido en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de 1927), por lo que su deceso no puede calificarse de inesperado. Padecía, además, diversas enfermedades que hacían de la suya, empleando el título de una de sus más hermosas novelas, la crónica de una muerte anunciada. No me gusta repetir el lugar común de que alguien no ha muerto si deja, de su pasaje por este mundo, un testimonio digno de recordarse; la muerte –ya lo dijo memorablemente Jorge Manrique hace más de 500 años– es la gran igualadora, y cubre con su oscuro manto al señor como al labriego, al potentado como al pobre, al poderoso como al humilde; y no perdona ni siquiera al poeta. Lo que sí puede asegurarse es que, como dice la canción, pasarán más de 1.000 años, muchos más, y aún habrá gente que evoque la figura del gran novelista colombiano. Forjador de un universo nuevo y distinto de palabras e imágenes, su potencia transformadora fue formidable. Me considero por debajo de las virtudes que serían necesarias para transmitir a los lectores más jóvenes lo que García Márquez significó para mi generación; me atrevo apenas a decir que contribuyó decisivamente a quitar nuestras cabezas de Europa y hundirlas en América Latina, que, por mor de su genio, aprendimos a identificar como un hábitat humano cargado de magia y de belleza, precisamente cuando los tentáculos de las tiranías asociadas pretendían convencernos de que lo único capaz de ligarnos era el terror. Que sitios como el imaginario Macondo de sus grandes fábulas, que los orientales europeizados de aquel tiempo mirábamos con cierto menosprecio, podían ser –y de hecho, lo eran, porque tal vez la mayor virtud de este genial mistagogo fue la de convencer al mundo que no hay nada más real que la poesía– teatro de la interacción de personajes cálidos, dotados de la mágica propiedad de refugiarse debajo de la piel, creíbles por más que anduvieran por el mundo rodeados de nubes de mariposas amarillas, como Mauricio Babilonia. La literatura –ningún arte, en realidad– es una competencia deportiva, de modo que decir, como anda por ahí alguien proclamando, que fue el novelista más extraordinario de todos los que nacieron en este continente desde los orígenes de los tiempos, es un despropósito, por indemostrable. Pero sí puede afirmarse, creo que sin suscitar excesivas resistencias, que fue la cabeza visible del famoso boom latinoamericano que conmovió el mundo, y no solo el que aún reza a Jesucristo y aún habla en español, como decía Rubén Darío. Tuvo la fortuna de ser ampliamente reconocido y celebrado, incluso con el Premio Nóbel que se le otorgara en 1982; Jorge Luis Borges, por ejemplo, no tuvo esa suerte, pese a sus formidables quilates artísticos, y semejante dualidad se vinculó sin duda con las respectivas posturas políticas. Mientras Borges, irónicamente o no, declaró su admiración por los militares ultraderechistas de su país y de su tiempo, Gabo –como se le conocía familiarmente– optó por establecer y mantener hasta el fin una estrecha relación con Fidel Castro, el decano de los dictadores del continente, que, desde el punto de vista de quien esto redacta, no ha sido ni un ápice mejor que sus antitéticos pares. Y ya se sabe que la Academia Sueca cojea de un solo pie cuando se trata de juzgar a los posibles ganadores de la legendaria distinción. Mucha gente pensará que, en estas breves líneas escritas con ocasión de su deceso, resulta poco elegante ocuparse de esta faceta de su vida política. Es obvio que no comparto ese juicio. Pero, como lector de mi generación, le guardaré, mientras tenga conciencia, la más afectuosa de las gratitudes por haberme permitido conocer más profundamente el ámbito geográfico y cultural en el que he nacido, y por generar en mi espíritu la sospecha de que, como Remedios la Bella, hay gente destinada a subir al Cielo en cuerpo y alma. Quiera Dios que Gabo haya sido una de ellas. l

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