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Los privilegios de los políticos y la postergada licencia de María

Una historia de esclavitudes y subsidios

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24 de octubre de 2017 a las 05:00

Para qué vamos a andar con vueltas y filigranas si las cosas son tan evidentes y, esto es más subjetivo, un tanto vergonzosas. Dos informes publicó este sábado El Observador que nos develan asuntos que, por muy legales que luzcan, deberían ser revisados por aquellos que mandan y deciden sobre privilegios y desgracias propias y ajenas.

Por un lado se informó sobre algo que los políticos conocen muy bien y se cuidan de preservar: centenares de jerarcas del Estado tienen derecho, tras renunciar a su cargo, a un subsidio de un año durante el que cobran el 85% del sueldo.

Estos políticos perciben sueldos que tienen como base unos $80 mil pesos y que, en muchas ocasiones, superan los $300 mil pesos. En un gesto que se agradece, hay quienes renuncian a ese privilegio creado durante la dictadura y reformado en democracia. Otros, son capaces de trabajar apenas tres meses para renunciar luego a su cargo y así llevarse de arriba 12 suculentos sueldos complementarios.

El mismo sábado en el que informó sobre esos asuntos-, que no están en la agenda de discusión de los políticos cuando debaten acerca de dónde meter tijera para tapar los déficits fiscales-, El Observador narró la peripecia de María Casanova, una mujer de 79 años que desde hace 36 cuida, en medio de un monte cercano a Carmelo, la que es la capilla más antigua del país.

Ese lugar que está en pie desde 1732, y en donde rezaban los Narbona luego de traficar esclavos, es uno de los tantos edificios históricos que la desidia estatal ha dejado casi en ruinas.

María dice que ella es una esclava más, ya no de los Narbona, sino del Estado puesto que desde hace 36 años no se puede tomar licencia. No es que no la dejen. Lo que pasa es que si abandona la capilla, en la que nació y hoy vive, la dejaría en mano de los depredadores humanos que ya se robaron buena parte de las añosas baldosas y azulejos

Más allá de detalles legales acerca de lo que le corresponde a María, desde el Ministerio de Educación y Cultura reconocen que, sin la presencia de la señora, el lugar se hubiera venido abajo. María, entre otras cosas, se encarga de guiar a los visitantes para contarle la historia de la capilla, corta el pasto, poda los árboles, elimina roedores y espanta ladrones.

"A veces nos preguntamos qué sería de este lugar sin María", dijo a El Observador Julio César Urán a quien recién la semana pasada la Comisión de Patrimonio designó como conservador del lugar.

María teme que la ayuda, para ella y para el edificio, llegue un tanto tarde. La capilla, y su vida, están empezando a decir basta. Lo que reclama María no parece exigir demasiado por parte del Estado. Con 79 años, esta señora nunca pudo salir de Carmelo y su sueño es conocer la ciudad de Mercedes. Pero no tiene plata ni suficiente tiempo libre.

Desde el Estado reconocen que, sin María, el lugar se hubiera venido abajo. Pero, al mismo tiempo, advierten que las normas impiden que esta señora, que dice ganar 20 mil pesos por mes, goce de la licencia acumulada. No se puede, está prohibido. Al parecer, las normas esas que habilitan a los políticos a tomarse un año sabático cobrando subsidios, también dicen que a María se le fue la mano con la responsabilidad y que su relación con el Estado es, al menos, confusa.

Es posible que esta crónica exhale un penetrante tufillo a demagogia. Tal vez los privilegios de los políticos no se merecen una mirada tan crítica. Acaso, sin saberlo, María esté gozando de la protección del Estado y la capilla de Narbona no valga demasiado la pena.

Como sea, que se sepa que en un rincón de un monte carmelitano hay una servidora de 79 años que necesita una mano del Estado para salvar los 100 kilómetros que la separan de Mercedes. Un lugar que le resulta tan lejano y que, según le contaron, luce precioso sobre el Río Negro.

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