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"Amateurismo y falta de experiencia”. “Papelón”. “Fracaso”. “Se comprobó que se tiraron a la pileta sin verificar si había agua”. “El teléfono de Susana junta más guita que este gobierno”. Esas frases marcan el tono generalizado de los comentarios luego del decepcionante intento del gobierno argentino por pedir dólares en el mercado doméstico. En twitter, en sus reportes profesionales y en las declaraciones a los medios, los economistas críticos del gobierno se hicieron un festín ante la comprobación de que el equipo que dirige Axel Kicillof cometió un grueso error de cálculo respecto de sus posibilidades de conseguir oxígeno financiero.

El operativo consistía en ofrecer un canje de los Boden 15 –títulos que vencen el año próximo y por los cuales se deberá pagar US$ 6.500 millones- por otro título pagadero a 10 años. Además, en una demostración de optimismo que luego se vio dolorosamente desmentida por la realidad, el ministro Kicillof ofreció un adicional de US$ 3.000 millones de ese bono largo, el Bonar 24.

El resultado fue peor de lo que hubiera esperado el más escéptico: a pesar de que el nuevo bono paga una tasa de 8,75% en dólares -un nivel de retorno insólitamente alto para la deuda soberana de un país latinoamericano-, la adhesión fue mínima. En definitiva, sólo US$ 377 millones de Boden 15 se canjearán por los Bonar 24, mientras que apenas US$ 286 millones fueron ofrecidos para comprar el nuevo bono. En otras palabras, se juntó menos del 10% de los dólares que se pretendía, y el alivio financiero para 2015 será mínimo.

En los días previos había trascendido que el Gobierno se conformaría con una respuesta de US$ 1.500 millones y hasta se especuló intensamente respecto de la posibilidad de que ya hubiese arreglado en secreto con algún peso pesado de la banca de inversión. No faltaron tampoco quienes insinuaron que los funcionarios estaban “apretando” a banqueros locales para que hicieran una inversión “semi-voluntaria” que garantizara un piso mínimo de adhesión al canje.

¿Límite a endeudamiento ?
¿Por qué las cosas salieron tan mal? Los analistas apuntan a una combinación de mala oportunidad y problemas de diseño en el canje. Por un lado, como el propio Kicillof admitió, el contexto de crisis financiera causada por la depresión del petróleo hace que los capitales estén menos propensos a la inversión en mercados emergentes.

Pero eso no lo explica todo: los analistas dicen que no ayudó el hecho de que el gobierno no ofreciera comisiones a los bancos, con lo cual no hubo mucho entusiasmo por la oferta.
E incluso señalan que, aunque la tasa de interés de 8,75% pueda parecer alta, acaso siga luciendo insuficiente para un país que técnicamente sigue en la lista negra de los “defaulteadores”.

Además, acaso el punto más preocupante, aparece la duda sobre si ya se tocó el techo en cuanto a las posibilidades de financiarse en el mercado doméstico, luego de que con una serie de medidas el gobierno ya “exprimió” de dólares a los bancos, las compañías de seguros y los inversores institucionales.

Kicillof intentó disimular el revés con el argumento de que el gobierno había recibido un espaldarazo por parte del mercado, ya que apenas un 2% de los bonistas habían pedido adelantar el cobro de sus dólares. Para el ministro, esto constituyó una demostración de que el mercado había demostrado que mantenía confianza en la capacidad de pago de la Argentina. De manera que, aunque su cara no desmentía la frustración que sentía, pudo alegar que había obtenido un éxito al desbaratar los planes para generar desestabilización financiera.

Pero lo cierto es que es bajísima adhesión a la propuesta de rescatar por adelantado el Bonar era algo que ya todo el mundo daba por descontado: la operación implicaba aceptar un precio inferior al que ofrece el mercado y, además, suponía una considerable pérdida respecto del cobro que se obtendrá en apenas unos meses.

De héroe a villano en un día
Como les pasa a muchos DT de fútbol, el ministro Kicillof pasó de recibir aplausos a ser el “capitán de la derrota”. De ser visto como un hábil gestor de la escasez financiera, a un improvisado que puede empeorar las debilidades de la economía argentina. Hasta un día antes del decepcionante resultado por el canje, todo parecía bien encaminado.
El gobierno celebraba una victoria sobre “los especuladores” al anunciar que las reservas del Banco Central había superado la marca psicológica de US$ 30.000 millones, luego de haber mirado de cerca el nivel crítico de US$ 26.000 millones.

El logro había sido posible gracias al swap de monedas con China -gestionado meses atrás por Kicillof-, así como al ingreso de divisas por las liquidaciones de las exportaciones agrícolas y la entrada de telco-dólares de la licitación por las redes de telefonía 4G. Y se esperaba que el canje de bonos coronara una seguidilla de buenas noticias, como para encarar el 2015 con oxígeno en las arcas estatales.

De hecho, la decisión de ofrecer bonos que vencen en 2024, de manera de aliviar las obligaciones financieras del año próximo era algo visto como lógico y positivo por gran parte del mercado. Tanto que los analistas le “perdonaban” a Kicillof su contradicción entre proclamar el desendeudamiento mientras, al mismo tiempo, llevaba la emisión de deuda de este año a US$ 20.000 millones.

“Argentina hoy tiene tan poca deuda y tanta inflación, que suena lógico canjear un poquito de inflación por deuda. Es decir, cuando uno empieza a financiarse un poco más con deuda y menos con la maquinita del Banco Central, puede tener una inflación más baja”, argumentaba Nicolás Dujovne, ex economista jefe del Banco Galicia. Lo cierto es que el canje de los Boden 15 por los Bonar 24 era, para la estrategia oficial, mucho más que un alivio en los vencimientos de deuda: significaba ni más ni menos que una garantía de estabilidad social y política.

Con un ingreso de US$ 3.000 millones en las arcas del Banco Central, el mensaje de solidez financiera que se habría dado al mercado habría sido suficiente como pare alejar todos los fantasmas de una devaluación del dólar oficial o de una escapada del “blue”. Pero, sobre todo, el gran objetivo era lograr que, en un año electoral, los escasos dólares disponibles pudieran ser utilizados para reactivar la economía por la vía de mayores importaciones, al no tener que destinar tanto dinero al pago de vencimientos de deuda. Según estima la consultora Melconian & Santangelo, los vencimientos de deuda en dólares, pública y privada, ascenderán a unos US$ 13.000 millones. Una cifra demasiado alta para un país que, una vez más, comprueba que se ha quedado sin crédito.

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