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Los resultados del Censo Agropecuario realizado en el año 2011 han tenido en general una lectura parcial y mayormente hecha con el ojo izquierdo de funcionarios y periodistas. Los comentarios han puesto el énfasis en la concentración de la tierra en pocas manos y en la desaparición de los productores de menos de 100 hectáreas, dejando entender que una cosa ocurre porque la otra existe.

Las apuestas pagaban 1,05 a que el Movimiento de Participación Popular (MPP) tiraría arriba de la mesa su novedosa reforma agraria, con expropiaciones robinhoodescas incluídas, receta inamovible que salta como un resorte desde los años 60 cuando la productividad del agro era muy pobre –aún con 40 mil pequeños productores más de los que tenemos hoy– y que siguen repitiendo por estos días cuando toda la prosperidad que vemos a nuestro alrededor surge de la una verdadera revolución agraria.

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No vale la pena hacer mención a la propuesta ya que Luis Romero Álvarez en su columna de la semana pasada lo ha hecho con brillantez.

Es imprescindible sin embargo abordar el entrelíneas de la lectura de estos resultados. La concentración de la tierra y la desaparición de los pequeños productores son temas independientes y lo único que tienen en común es que ambos provienen del aumento del valor de la tierra. No es cierto que uno sea causa y el otro efecto. Sería lo mismo que validar lo que la tribu cree cuando el brujo les convence de que la primavera llega porque él se viste de verde.

Sería mejor preguntarnos: ¿por qué se van los productores de menos de 100 hectáreas? Se van porque, como siempre ocurrió, lo que obtienen de 100 hectáreas o menos no les alcanza para dar satisfacción a sus aspiraciones personales. La diferencia es que hoy no están dispuestos a llevar una vida de subsistencia por autoabastecimiento porque como el resto de la humanidad quieren todo lo que el consumo y la vida moderna les ofrece.

En segundo lugar, porque salir del campo con una tierra que subió 10 veces de valor hace viable el cambio de actividad. Es una opción libérrima y lejana a la tragedia. Ese productor que vendió 100 hectareas a 6 mil dólares puede hoy pagar a por lo menos 5 de sus hijos un Master en Bussines Administration (MBA) en Harvard que dura dos años y cuesta US$ 104.000, asegurándole probablemente el poder adquisitivo futuro para recomprar la chacra de su padre.

Por otro lado, e insisto en el “por otro lado”, la tierra se concentra en menos manos que hace 10 años. ¿Por qué ocurre esto? Porque la tenencia de la tierra, y sobre todo después que subió 10 veces de valor, es un negocio de bajo riesgo pero de pésima rentabilidad líquida. La única forma de hacer dinero siendo propietario es la espera durante 15 años para cosechar un negocio inmobiliario mediante su venta.

¿Quiénes entonces son candidatos futuros a ser los propietarios de la tierra? Los fondos de pensión, las aseguradoras y cualquier otro inversionista con muy buena espalda. Tampoco existe tragedia alguna en este proceso porque apostando a la valorización del activo no tendrán interés expreso en explotarla y darán oportunidad alquilándola al que la quiera trabajar.

Muy poco tienen para crecer estos terratenientes comprándole a los pequeños productores. Si el 55% de las empresas de menos de 100 hectáreas ocupa el 4,5% de la superficie es imposible que esta sea la fuente de crecimiento de la concentración de la tierra, es una lógica numérica irrefutable. Por lo tanto, dejarlo entender es una canallada.

Si el MPP quiere campesinos tiene dos caminos: 1) hacer viable una vida del siglo XXI con 100 hectáreas para lo cual deberá reconocer el fracaso de sus políticas de agricultura familiar y repensar un modelo granjero que aplique más inteligencia y menos lástima; o 2) deberá convencer a la gente sobre la felicidad que provoca la austeridad y el ascetismo, así como el daño que hace el consumismo; tendrá que hacerles ver que el desiderátum del modelo es nuestro presidente con su fusca flojo de papeles y sus catárticas tractoreadas.

Me atrevo a enmendar la atávica arenga de la izquierda carnívora que espetaba “la tierra para el que trabaja”. Lo que veremos será “la tierra para el que tiene tiempo y espalda” y “la explotación de la tierra para el que la trabaja”. No será fácil incluirla en los cantos de protesta, pero al menos será verdad.
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