Nada Surf y el secreto de poder envejecer con gracia en el rock
Con su séptimo disco, The stars are indifferent to astronomy, los neoyorquinos presumen de crecer con gracia: un trabajo de canciones impregnadas de existencialismo adulto, cruzadas con un rock ajustado que recuerda a cada segundo que todo va a
En la madurez, adultez o vejez (algunos lo llaman así aunque recién vayan pasados los 40) se abren dos caminos: la impostación permanente o la aceptación del crecimiento con la mayor gracia posible. Los ejemplos en la música están bastante claros: Axl Rose o James Hetfield. Kiss o Elvis Costello. Andrés Calamaro o Luis Alberto Spinetta.
En el caso de los integrantes de lo que desde hace algunos años se señala como la etapa fundacional de lo que hoy se conoce como indie rock (jóvenes o adolescentes estadounidenses tímidos que tocaban sus guitarras en plan distorsionado, rústico y veloz), hay ejemplos de ese crecimiento con gracia. Sin ir más lejos, los Sonic Youth que pasaron por Montevideo hace apenas unos meses lo demostraron en el escenario y, en paralelo, su líder Thurston Moore editó un disco acústico al que quizás le cabría la poco clara etiqueta de “más maduro”, sin perder frescura.
Podría decirse que Nada Surf —una de las pocas bandas de esa camada que puede presumir de haber puesto un hit de alcance masivo en MTV con la extraña y discursiva Popular— viene haciendo este tipo de rock. Ya insertos en el mundo del adulthood, las canciones de Nada Surf post década del 2000 no siempre carecen de la velocidad de los tempranos años 90 en que comenzaron a hacer ruido en la escena alternativa neoyorquina, aunque ahora parezcan acompañar más a ese escucha con el que han ido creciendo ellos también.
Para empezar, The stars are indifferent to astronomy es un disco lleno de canciones que abrevan en las inseguridades y descubrimientos de la edad adulta, no sin mirar con algo de nostalgia el tiempo perdido, claro está. “Cada vela que se haya soplado jamás es un año más de alguien tratando de encontrarle la vuelta a esto”, dice Looking through, un tema que recupera de alguna forma aquello de que la vida es lo que vemos pasar tratando de hacer otras cosas. La canción no es para nada depresiva: hay una buena sección rítmica y unas guitarras que le dicen a quien ponga el oído que estamos todos en la misma, más cerca o más lejos de esa mencionada línea de los 40. Las sensaciones son buenas.
Este sentir se contagia desde el propio inicio del disco, cuando una potente pero amable distorsión guitarrera y un estribillo como para cantar cerca del escenario (A clear eye, a clouded mind) introduce en la cuestión desde los primeros segundos.
A partir de ahí, el séptimo disco de Nada Surf será dominio de Matt Caws, un cantante y guitarrista cuya voz ha ido mejorando con el paso del tiempo y al que le parece haber pasado lo que al propio Moore y a Ira Kaplan, líder de Yo La Tengo y otro neoyorquino fundamental para el indie guitarrero: con los años esta gente ha mejorado, contrario a lo que podría haberse aventurado en aquellos años de ruido y experimentación sonora.
Si se vuelve por un momento a los años de Popular, esa canción con la que, destilando agresividad fresca y una simpleza a contracorriente de las estrellas juveniles de fútbol americano y porristas que parecen de hule se metieron en los ránkings, se puede trazar una línea paralela entre ese momento y lo que Nada Surf es hoy. Hoy es una banda de esas que, como pocas, uno descubre para acompañarse toda la vida. Es lo que tienen las bandas que no se ciernen a ningún tipo de público o nicho de mercado. Es lo que tiene hacer de la música un arte de sublimar la experiencia propia. Es lo que tienen las bandas de gente común que no quiere ser otra cosa más que eso, y estrellas de rock durante el rato que dure un concierto.